Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen: El alto precio de decir la verdad
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Un enemigo del pueblo es una de las obras de teatro más poderosas, polémicas y dolorosamente vigentes de Henrik Ibsen. Escrita en 1882, este drama realista disecciona con implacable precisión el peligroso funcionamiento de las masas, la corrupción de la prensa y la inmensa cobardía que aflora cuando la verdad amenaza los intereses económicos de una sociedad entera.
Argumento de Un enemigo del pueblo
El Doctor Thomas Stockmann es un médico idealista y optimista que descubre una verdad aterradora: las famosas aguas del balneario termal de su ciudad —la principal y casi única fuente de riqueza y turismo del pueblo— están gravemente contaminadas por bacterias mortales provenientes de las curtiembres locales. Movido por un profundo sentido del deber cívico, decide hacer público su informe para que el ayuntamiento cierre las instalaciones y repare las cañerías, esperando ser recibido como un héroe y salvador de los ciudadanos.
Sin embargo, la realidad le asesta un golpe brutal. Su propio hermano, Peter Stockmann, el poderoso alcalde de la ciudad, se opone rotundamente a cerrar el balneario, argumentando que la reparación arruinaría económicamente a todos los habitantes. Lo que comienza como un debate técnico se transforma en una guerra sucia. La prensa, que inicialmente apoyaba al doctor, se vende al mejor postor; los políticos manipulan a la opinión pública, y los mismos ciudadanos a los que intentaba salvar terminan apedreando su casa. En el tenso clímax de la asamblea, el doctor es declarado oficialmente "un enemigo del pueblo". Aislado, arruinado pero moralmente inquebrantable, Stockmann concluye con la inmortal sentencia de que el hombre más fuerte del mundo es aquel que está más solo.
Lectura:
Esta obra pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
Un enemigo del pueblo
Henrik Ibsen
ACTO PRIMERO
Salón del doctor Stockmann, modestamente amueblado, pero atractivo. En el lateral derecho, dos puertas; la de primer término comunica con el despacho, y la otra, con el vestíbulo. En el lateral opuesto, frente a esta última, otra puerta que da a las restantes habitaciones. Hacia el centro del mismo lateral, una estufa, y más en primer término, un sofá; ante él, mesa ovalada, cubierta con un tapete. Sobre ella, una lámpara encendida, con pantalla. Al foro, puerta abierta al comedor, por encima de cuya mesa, dispuesta para cenar, hay otra lámpara encendida también. Anochece.
En el comedor está sentado BILLING, con la servilleta anudada al cuello.
La SEÑORA STOCKMANN, en pie junto a la mesa, le ofrece una fuente con asado de buey. Los cubiertos, en desorden sobre el mantel, muestran claramente que ya han comido los demás.
SEÑORA STOCKMANN.
— Como ha llegado con una hora de retraso, señor Billing, tendrá que aceptar la comida fría.
BILLING. (Comiendo.)
— ¡Mejor! Esto está exquisito.
SEÑORA STOCKMANN.
— Ya sabe usted lo puntual que es mi marido siempre, y...
BILLING.
— Si quiere que le diga la verdad, no me importa en manera alguna. Al contrario, casi prefiero comer solo. Así estoy más tranquilo.
SEÑORA STOCKMANN.
— Bien, bien; si come usted más a gusto... (Escucha.) Debe de ser Hovstad que llega.
BILLING.
— Es probable.
(Entra el ALCALDE PEDRO STOCKMANN, con abrigo, gorra de uniforme y bastón.)
EL ALCALDE.
— Se la saluda con todos los respetos, querida cuñada.
SEÑORA STOCKMANN. (Pasando al salón.)
— ¡Ah! ¿Es usted? Buenas noches. ¡Qué amable lo de venir a vernos!
EL ALCALDE.
— Pasaba por aquí... (Mira hacia el comedor.) ¡Ah! ¿Tiene usted invitados, según veo?
SEÑORA STOCKMANN. (Algo confusa.)
— No, no; es que ha dado la casualidad... (Con precipitación.) ¿No quiere usted tomar algo?
EL ALCALDE.
— ¿Yo? No, muchas gracias, ¡Dios me libre! ¡Comida seria por la noche! ¡Buena digestión iba a hacer!
SEÑORA STOCKMANN.
— ¡Oh!, por una vez....
EL ALCALDE.
— No, no, muchísimas gracias. Yo me limito a mi té y mi pan con mantequilla. A la larga es más sano... y más económico.
SEÑORA STOCKMANN. (Sonriente.)
— ¿No irá usted a decir que Tomás y yo somos unos derrochadores?
EL ALCALDE.
— ¡Por Dios, querida cuñada! Usted, no; lejos de mí esa idea. (Señala al despacho del doctor.) ¿Está en casa?
SEÑORA STOCKMANN.
— No; ha salido a dar una vuelta con los chicos después de cenar.
EL ALCALDE.
— ¿Está usted segura de que eso es higiénico? (Escuchando.) Parece que ahí viene.
SEÑORA STOCKMANN.
— No, no es él. (Llaman a la puerta.) ¡Adelante! (Entra el periodista HOVSTAD.) ¡Ah! ¿Es usted, Hovstad? Pues...
HOVSTAD.
— Sí, tiene usted que perdonarme; pero me entretuvieron en la imprenta, y... Buenas noches, señor alcalde.
EL ALCALDE. (Saluda y se muestra algo inquieto.)
— Viene usted por algún asunto importante, ¿no?
HOVSTAD.
— Hasta cierto punto. Se trata de un artículo para el periódico.
EL ALCALDE.
— Me lo figuraba; he oído contar que mi hermano está dando buen resultado como colaborador de la Voz del Pueblo.
HOVSTAD.
— En efecto, escribe cada vez que tiene que decir una verdad.
SEÑORA STOCKMANN. (A HOVSTAD, señalando el comedor.)
— ¿No quiere usted... ?
...
EL ALCALDE.
— Por supuesto, no seré yo quien se lo reproche. Escribe para el círculo de lectores del cual puede esperar mejor acogida. Por lo demás, personalmente no tengo ninguna animadversión contra su periódico; créame, señor Hovstad.
HOVSTAD.
— Le creo.
EL ALCALDE.
— Al fin y al cabo, en nuestra ciudad reina un loable espíritu de tolerancia que es el auténtico espíritu de ciudadanía. Y eso gracias a que nos une un interés común, un interés que comporta la esperanza de todo ciudadano honrado...
HOVSTAD.
— ¿Alude usted al balneario?
EL ALCALDE.
— ¡Exacto! El establecimiento es algo magnífico. Estoy seguro de que estos baños constituirán una riqueza vital para la ciudad; no lo dude.
SEÑORA STOCKMANN.
— Lo mismo afirma Tomás.
EL ALCALDE.
— Y es un hecho. Dígalo, si no, el gran desarrollo que ha experimentado la ciudad en no más que los dos últimos años. Se nota que hay gente, vida, movimiento. De día en día va subiendo el valor de los terrenos y de los inmuebles.
HOVSTAD.
— Y disminuye el paro.
EL ALCALDE.
— Ciertamente. Además, por fortuna para los burgueses, las contribuciones han disminuido también, y disminuirán todavía sólo en cuanto este año tengamos un buen verano, con forasteros y una crecida cantidad de enfermos que consoliden la fama de los baños.
HOVSTAD.
— Por lo que he oído, existen bastantes probabilidades de que sea así.
EL ALCALDE.
— Las primeras impresiones son, por lo pronto, muy prometedoras. Todos los días llegan peticiones de alojamiento.
HOVSTAD.
— El artículo del doctor viene muy a tiempo.
EL ALCALDE.
— ¡Ah! ¿sí? ¿Conque ha escrito algo más?
HOVSTAD.
— Sí; lo escribió este invierno. Es un artículo en que recomienda el balneario, y hace un resumen de sus excelentes condiciones sanitarias. Entonces no se lo publiqué, porque...
EL ALCALDE.
— ¡Ah! Diría algo inconveniente, y no me extraña.
HOVSTAD.
— No, nada de eso. Es que conceptué preferible aguardar hasta la primavera, cuando empieza la gente a preparar el veraneo.
EL ALCALDE.
— Muy acertado, verdaderamente acertado, señor Hovstad.
SEÑORA STOCKMANN.
— Tomás es incansable si se trata del balneario.
EL ALCALDE.
— Para esa está a su servicio.
HOVSTAD.
— Y no olvidemos que, en realidad, fue él quien lo fundó.
EL ALCALDE.
— ¿Él? ¿Usted cree? No es la primera vez que oigo esa opinión. Pero entiendo, en resumidas cuentas, que yo a mi vez tengo una pequeña parte en esa fundación.
SEÑORA STOCKMANN.
— Nunca ha dejado de reconocerlo Tomás.
HOVSTAD.
— ¿Quién lo niega, señor alcalde? Usted puso el asunto en marcha. Lo que quise decir es que la primera idea fue del doctor.
EL ALCALDE.
— ¡Sí, sí! Jamás le han faltado ideas a mi hermano... Desgraciadamente. Pero, si se trata de ponerlas en práctica, hay que buscar otros hombres, señor Hovstad. Con franqueza, no pensaba que aquí, en esta misma casa...
SEÑORA STOCKMANN.
— Pero, querido cuñado...
HOVSTAD.
— Señor alcalde, ¿cómo puede... ?
SEÑORA STOCKMANN.
— Pase usted y tome algo mientras llega mi marido, señor Hovstad. Espero que no tardará ya mucho.
HOVSTAD.
— Gracias. Tomaré un bocado únicamente. (Pasa al comedor.)
EL ALCALDE. (Aparte.)
— ¡Estos hijos de campesinos tienen siempre tan poco tacto!
SEÑORA STOCKMANN.
— ¡Vamos, cuñado, déjese ya de pequeñeces! No vale la pena preocuparse por semejante cosa. Usted y Tomás pueden compartir los honores de la fundación como buenos hermanos.
EL ALCALDE.
— Así debiera ser, pero, por lo visto, el mundo no nos otorga un honor equivalente.
SEÑORA STOCKMANN.
— ¡Qué más da! Usted y Tomás se hallan de completo acuerdo, y eso es lo que importa. (Presta atención.) Creo que ya está aquí. (Se dirige a abrir la puerta del vestíbulo.)
DOCTOR STOCKMANN. (Desde fuera.)
— Mira, Catalina; viene conmigo otro convidado: nada menos que el capitán Horster. ¿Qué te parece? Tenga la bondad, señor Horster, cuelgue el abrigo ahí en la percha. ¡Oh! ¿no lleva abrigo? Figúrate, Catalina: le encontré en la calle, y casi no quería subir. (Entra HORSTER y saluda a la SEÑORA STOCKMANN, en tanto que el doctor dice desde la puerta:) ¡Andad, niños, adentro! ¡Fíjate, ya se les abre otra vez el apetito! Venga, señor Horster, va a probar un rosbif que... (Empuja a HORSTER hacia el comedor. EJLIF y MORTEN los siguen.)
SEÑORA STOCKMANN.
— Pero, Tomás, ¿no ves que...?
DOCTOR STOCKMANN. (Volviéndose en el umbral.)
— ¡Ah! ¿Tú aquí, Pedro? (Va hacia él y le tiende la mano.) ¡Cuánto me alegro de verte!
EL ALCALDE.
— Sí. Lo peor es que tengo que irme en seguida a comer.
DOCTOR STOCKMANN.
— Pero, hombre, ¿qué estás diciendo? Oye, quédate un momento, ahora mismo nos traen el ponche. Supongo que no te habrás olvidado del ponche, Catalina.
SEÑORA STOCKMANN.
— No, no, descuida; ya está hirviendo el agua. (Va al comedor.)
EL ALCALDE.
— ¿Ponche? ¡No faltaba más que eso!
DOCTOR STOCKMANN.
— Sí, sí. Ya verás qué buen rato pasamos.
EL ALCALDE.
— Gracias. No me gustan estos festines de ponche y...
DOCTOR STOCKMANN.
— ¡Pero si no es ningún festín!
EL ALCALDE.
Pues yo diría... (Mira hacia el comedor.) ¡Y que comen lo suyo esos tragones!
DOCTOR STOCKMANN.
— ¿Verdad que resulta una bendición ver comer a la gente joven? Sirve de aperitivo, ¿sabes? ¡Eso es vida! Deben comer, Pedro. Necesitan fuerzas. El día de mañana habrán de enfrentarse con la materia para arrancarle nuevos secretos, y...
EL ALCALDE.
— ¿Podrías decirme qué secretos puede tener aquí la materia?
DOCTOR STOCKMANN.
— Pregúntaselo a la juventud. Y ella te responderá cuando llegue el momento. Aunque entonces, probablemente, ya no existiremos ni tú ni yo. Dos viejos esperpentos como nosotros...
EL ALCALDE.
— ¡Hum! No empleas una expresión muy delicada, que digamos.
DOCTOR STOCKMANN.
— En puridad, no conviene tomar al pie de la letra mis palabras. Como estoy tan alegre... Entre tanta animación me siento de veras feliz. Vivimos tiempos prodigiosos. Diríase, ni más ni menos, que de un momento a otro va a surgir un nuevo mundo...
EL ALCALDE.
— ¿Esas tenemos?
DOCTOR STOCKMANN.
— Claro, tú no puedes comprenderlo como yo. Te has pasado aquí toda tu vida, y es natural que el medio te haya adormecido la sensibilidad. Pero yo, que he debido permanecer todos estos años en el Norte, casi en el Polo, sin ver a nadie, sin nadie que me dijera una palabra para hacerme reflexionar, tengo la percepción palpable de que ahora vivo en medio de la actividad y el movimiento de una de las ciudades más grandes del mundo.
EL ALCALDE.
— ¿Una gran ciudad? ¿La juzgas así?
DOCTOR STOCKMANN.
— Ya sé que las condiciones de existencia son deficientes, máxime en comparación con otras lugares. Pero aquí hay vida, y el futuro se acusa positivamente prometedor. Lo principal es un futuro por el cual luchar y trabajar... (A su mujer.) Catalina, ¿ha venido el cartero?
SEÑORA STOCKMANN. (Desde el comedor.)
— No, no ha venido.
DOCTOR STOCKMANN.
— ¡Y para colmo, tener asegurado el pan de cada día! Pedro: eso es algo que sólo se sabe apreciar cuando, como nosotros, se ha vivido precariamente.
EL ALCALDE.
— El caso es que...
— Henrik Ibsen
Moraleja de Un enemigo del pueblo
La contundente y atemporal moraleja de esta obra reside en la denuncia de la tiranía de la mayoría y el cinismo económico. Ibsen nos enseña que la verdad y la justicia no son, en absoluto, asuntos democráticos que puedan resolverse levantando la mano en una asamblea, especialmente cuando el dinero está en juego. La reflexión cautivadora de este drama nos advierte que la sociedad actual prefiere aplaudir las mentiras cómodas y rentables antes que abrazar las verdades dolorosas, demostrándonos que el precio a pagar por ser verdaderamente íntegro es, casi siempre, la persecución, la burla pública y la más absoluta de las soledades.
El hombre más fuerte del mundo es aquel que se queda más solo al defender sus ideales.
La mayoría nunca tiene la razón. Esa es una de esas inmensas mentiras sociales contra las que todo hombre libre debe rebelarse.
Cuando la verdad interfiere con el bolsillo de los ciudadanos, rápidamente la declaran un crimen de alta traición.
Me llamáis enemigo del pueblo simplemente porque me niego a unirme a la manada de lobos que os está llevando al matadero.
La prensa libre es un mito; los periódicos solo imprimen las verdades que los suscriptores y los alcaldes están dispuestos a tolerar.
Una sociedad basada enteramente en la mentira es como un edificio con cimientos de fango; tarde o temprano terminará por aplastarlos a todos.
Prefiero que apedreen los cristales de mi casa cien veces antes que manchar mi alma con una sola mentira rentable.
Curiosidades de Un enemigo del pueblo
Ibsen escribió esta obra casi como una venganza personal en respuesta al violento rechazo público e indignación que generó su obra anterior, "Espectros" (que trataba el tema tabú de la sífilis y la hipocresía eclesiástica).
La trama guarda asombrosas e intencionales similitudes biográficas con la vida real del propio Henrik Ibsen, quien se sintió exiliado y atacado brutalmente por la conservadora sociedad noruega por atreverse a decir "verdades incómodas".
A pesar de tener más de cien años, la obra se representa continuamente en la actualidad en todo el mundo debido a su feroz vigencia, al abordar el encubrimiento de desastres medioambientales por culpa del poder político y el interés corporativo.
Sobre el autor de Un enemigo del pueblo
Henrik Ibsen (1828-1906) fue un genio, dramaturgo y poeta noruego, considerado universalmente como el "padre del drama realista moderno" y el autor teatral más representado del mundo después de William Shakespeare. Rompió violentamente con las tradiciones del teatro romántico de su época, bajando los conflictos de los grandes castillos a las salas de estar de la burguesía común. Sus obras se caracterizan por una despiadada crítica social, el desenmascaramiento de la hipocresía y una profunda exploración psicológica de los personajes. Entre sus dramas inmortales destacan Casa de muñecas, Espectros, Peer Gynt y Hedda Gabler.
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