Reconciliados de Emilia Pardo Bazán: El falso perdón sostenido por el odio

Reconciliados de Emilia Pardo Bazán: El falso perdón sostenido por el odio

Reconciliados es un incisivo y perturbador relato de Emilia Pardo Bazán que pone de manifiesto su magistral capacidad para desentrañar los oscuros laberintos de la psicología humana. En esta breve pero letal narración, la autora gallega arremete contra las convenciones matrimoniales del siglo XIX, demostrando que el "perdón" socialmente impuesto rara vez es un acto de amor, sino más bien el inicio de una guerra fría e interminable.

Argumento de Reconciliados

La historia gira en torno a un matrimonio de la alta burguesía que ha sufrido un quiebre aparentemente insalvable. La esposa ha cometido una infidelidad y, tras un escándalo que ha sido sofocado a tiempo, las familias y las presiones sociales han forzado a la pareja a "perdonarse" y retomar la convivencia bajo el mismo techo. Para el mundo exterior (y para las visitas de etiqueta), representan el culmen de la madurez, la piedad cristiana y el triunfo de la institución familiar; un matrimonio "reconciliado" que ha logrado superar la tormenta.

Sin embargo, Pardo Bazán nos abre rápidamente las puertas de su intimidad para revelarnos el espantoso infierno doméstico que realmente viven. El supuesto perdón del marido no es más que una excusa sádica para tener a su esposa bajo su absoluto control y castigarla diariamente con silencios de hielo, reproches velados y desprecio encubierto. A su vez, la mujer, atrapada en su papel de arrepentida, alimenta un odio profundo y asfixiante hacia el hombre que la mantiene prisionera de su propia culpa. El relato culmina sin grandes estridencias ni violencia física, dejando una imagen desoladora: ambos cónyuges están atados de por vida, consumiéndose mutuamente en un resentimiento inagotable, confirmando que algunas heridas jamás cicatrizan, sino que se infectan eternamente bajo las ropas de la conveniencia.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

Reconciliados

Emilia Pardo Bazán

Al pasar por delante del cementerio de aldea, me detuve un instante, mirando con interés aquella tierra como hinchada de vida, de la vida natural, que nace de la muerte. Plantas lozanas y fresquísimas reían impregnadas aún del rocío nocturno, al sol que iba a bebérselo golosamente. Eran flores de jardín, plantadas allí sin inteligencia, pero con el respeto que a sus difuntos demuestra siempre la gente labriega. Azucenas, rosas, alhelíes, margaritas, medraban en el terruño relleno de elementos favorables a su desarrollo, de abono de cuerpos humanos, y transformaban en perfumes y en colores las descomposiciones del sepulcro. Pero, recientemente, el terreno había sido removido, y faltaban, en un espacio bastante grande, las gayas flores: la tierra aparecía desnuda. Se habían cavado allí sepulturas recientemente. Y el viejo Avelaneira, el curandero, que me acompañaba, me hizo saber que eran dos las sepulturas acabadas de abrir, y que los dos que allí se habían enterrado a un tiempo, unidos en muerte por el odio y no por el amor, eran los dos mayores enemigos de la parroquia. Inmediatamente quise recoger los hilos de aquella psicología que condujo a yacer vecinos a dos enemigos, y acaso a tener, cuando el cementerio recibiese nuevos huéspedes y no cupiesen sin hacerles sitio, abrazados sus huesos, confundidos, indiscernibles; porque, cuando el hombre se reduce a su última expresión, es cuando resuelve el problema de la suprema igualdad, no habiendo diferencia de tibia a tibia y de fémur a fémur... ¿Qué odio de muerte, qué irreconciliable ofensa separaba a aquellos dos hombres, que les hizo bajar al sepulcro el mismo día, y el uno por la mano del otro? Saqué la verdad, como se saca de la tierra un objeto que escondió un culpable porque probaría su delito, de las inconexas explicaciones del viejo Avelaneira, que, un tanto comprometido por aquel suceso, y temeroso de que la justicia se metiese “en lo que no le importaba”, no tenía ganas de soltar mucho la lengua. Pero sabía yo un medio infalible de que el curandero la soltase, y aún más de la cuenta, si a mano venía. Era este remedio eficaz una botella de aguardiente del Rivero, de esas que parece que tiene aceite cuando llevan en la bodega algunos años. En cuanto se hubo echado por el embudo de la garganta un par de copas de aquel néctar peligroso, Avelaneira empezó a divagar unas miajas, y, últimamente, a espontanearse, sacando yo por el hilo de su alegría aguardentosa la realidad de un hecho que a los diez días estaría olvidado por su mismo misterio. El aldeano trata de no hablar de lo que puede acarrearle alguna desazón con alguien. Y no hablando de las cosas, se borran, como si no hubiesen sucedido jamás. Ahora bien: tío Roque de Manteiga y tío Selmo de Vieites poseían tierras lindantes, que cultivaban con sus propias manos. Estaba deslindada la propiedad de cada uno cien veces y escrupulosamente, mata por mata y terrón por terrón; pero existía un arrecuncho, un retal de terreno, mal deslindado y que habían pleiteado ya en el Juzgado, camino de la Audiencia. Lo fatal de aquel rinconcete, que, según la gráfica frase del Avelaneiro, era “grande como una sepultura”, consistía en que, a favor de la pretensión de poseerlo, cada uno quería aumentarlo, y tomaba pretexto del litigio para roerle al otro, al margen, unas raspillas de esa tierra, para el aldeano más preciada que el oro. Mil veces ya se habían encontrado frente a frente los dos viejos, puesto el pie sobre lo que cada uno de ellos creía su propiedad, y se miraron con ardientes ojos de codicia, saludándose entre encías, pues dientes no les quedaban. Las manos sarmentosas se estremecían empuñando el mango del azadón, y la cólera les hacía babear, aunque por el buen parecer murmurasen: —Santos y buenos días nos dé Dios. —Muy santos y buenos. ...

Moraleja de Reconciliados

La perturbadora y afilada moraleja de "Reconciliados" nos revela que el perdón falso es infinitamente más destructivo que el odio declarado. Pardo Bazán nos enseña que forzar una unión muerta para simplemente mantener contento al "qué dirán" y guardar las sagradas apariencias de la burguesía, equivale a sepultar en vida a dos personas. La profunda reflexión de este relato es que obligarnos a convivir con el rencor amordazado convierte al matrimonio en la más perfecta de las prisiones: un espacio donde el castigo diario no se inflige con golpes, sino con silencios envenenados, demostrándonos que la dignidad y la paz mental siempre deberían valer muchísimo más que la opinión de la sociedad.

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Frases de Reconciliados

  • La sociedad burguesa adora aplaudir las reconciliaciones heroicas, porque siempre es más cómodo bendecir una mentira limpia que enfrentarse a una verdad sucia.
  • El perdón que nace del orgullo herido no es agua para apagar el fuego, sino una soga de seda para ahogar lentamente al culpable.
  • Dormían bajo el mismo techo sagrado del matrimonio, pero entre sus camas mediaba el abismo insalvable de un rencor eterno.
  • Hay silencios dentro del hogar que azotan el rostro con mucha más crueldad que el peor de los látigos.
  • Se aferraron a la mentira con la furia de los náufragos, sabiendo que si se soltaban, la opinión pública los devoraría a ambos.
  • La peor condena para el que ha fallado no es el divorcio, sino tener que mirar cada mañana a los ojos de un juez que se niega a dictar sentencia.
  • Se consideraban a sí mismos grandes mártires de la familia, ignorando que solo eran unos patéticos esclavos de la vanidad social.

Curiosidades de Reconciliados

Como en la inmensa mayoría de sus cuentos, Clarín utiliza esta historia corta como un afilado dardo crítico contra la doble moral y la beatería de las clases altas de la España de la Restauración Borbónica.

La temática central de la infidelidad femenina enclaustrada, el tedio conyugal insoportable y la hipocresía eclesiástica abordada aquí, funcionó como un claro "boceto literario" previo para los grandes temas que consagró en su novela cumbre, La Regenta.

A diferencia del romanticismo tradicional (que exigía duelos a muerte o envenenamientos para lavar el honor herido), Pardo Bazán, fiel a su pluma naturalista, muestra que en el mundo real y burgués, las tragedias se resuelven de forma mucho más gris, cobarde y psicológica.

Sobre el autor de Reconciliados

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue una insigne novelista, periodista, ensayista y aristócrata española, pionera innegable del naturalismo en su país y una de las primeras grandes voces del feminismo moderno. Defensora tenaz de los derechos de la mujer y de su acceso irrestricto a la educación superior, Pardo Bazán retrató magistralmente la decadencia moral, las supersticiones y el atraso intelectual de la España del siglo XIX. Con una prosa valiente, irónica, cruda y profundamente descriptiva, nos legó inmortales obras maestras como Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza y cientos de relatos cortos de sublime factura e ingenio literario.

Donde el perdón es solo el camuflaje perfecto para una venganza eterna

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