El conde llora y otros cuentos de Emilia Pardo Bazán: Relatos de pasiones y miserias
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El conde llora y otros cuentos es una extraordinaria muestra de la maestría narrativa de Emilia Pardo Bazán en el formato breve. Con su afilada pluma naturalista, la autora gallega disecciona las emociones humanas y los contrastes sociales, arrancando las máscaras de la aristocracia para mostrarnos la innegable vulnerabilidad que late bajo los ropajes más suntuosos.
Argumento de El conde llora y otros cuentos
En el cuento que da título a esta antología, Pardo Bazán nos presenta a un conde altivo, frío y orgulloso, conocido por su carácter implacable y su incapacidad para mostrar compasión o debilidad ante los demás. Su vida está regida por las estrictas normas de su estatus social y el deseo de mantener una imagen invulnerable. Sin embargo, un evento íntimo y doloroso resquebraja sus férreas defensas. En la intimidad de sus aposentos, lejos de los ojos de la corte y el pueblo llano, la tragedia lo alcanza y, contra toda expectativa, el poderoso conde se derrumba en lágrimas, revelando una humanidad que había intentado asfixiar toda su vida.
Los demás relatos de esta colección ("otros cuentos") acompañan y enriquecen esta visión descarnada de la existencia. Pardo Bazán pasea al lector por diversos escenarios, desde los salones de la alta burguesía madrileña hasta los campos agrestes de Galicia. En cada historia, la autora explora las pasiones ocultas, la hipocresía, la crueldad y los instintos más profundos de sus personajes. Ya sea retratando el egoísmo humano o la violencia contenida, la antología es un brillante fresco naturalista que nos recuerda que, independientemente del estrato social, nadie puede escapar de la frágil condición que nos hace humanos.
Lectura:
Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El conde llora
Emilia Pardo Bazán
Se había levantado lleno de satisfacción. Desde el amanecer, un sol de primavera rasgaba la niebla, bebiendo sus argentados jirones y barriéndolos diligente, con presteza mágica. La tierra parecía desperezarse, después del letargo del invierno, y un poco de calor tibio acariciaba su superficie...
El conde vistió la blusa, no sin haber cumplido antes esos ritos de aseo necesario al hombre civilizado. Pasó por las luengas y enredadas greñas el peine y el cepillo; atusó lo propio la barba, y, ya atusada, la encrespó otra vez, distraídamente, con la mano: se lavó en agua fría, con jabón inodoro, y reluciente la tez con las abluciones, experimentando una sensación de salud y agilidad en el cuerpo robusto, de patriarca, salió al patio, donde ya esperaban los pobres convocados para recibir la limosna.
Un criado, advertido de la presencia del conde, se presentó solícito, para ayudarle. En realidad, era el criado quien se encargaba de todo lo fatigoso. Los primeros días el conde bajaba por su propia mano los sacos llenos de trigo, los canastos rebosantes de hogazas, las latas colmadas de té y de azúcar; pero como el servidor Efimio desempeñase esta tarea mucho más pronta y hábilmente que su señor, acabó el conde por dejársela encomendada. Lo que el conde traía era el donativo en metálico, la parte que correspondía a cada mes, de los tres mil rublos que anualmente se repartían en Yasnaya Poliana a los necesitados y a los mujicks, demasiado borrachos para que pudiesen labrar la tierra. Y aun este dinero se lo colocaba el administrador o capataz de la finca, por orden de la condesa, en los bolsillos de la blusa en paquetitos pulcros.
El aspecto de la pobrallada era pintoresco hasta lo sumo, en aquella mañana radiante, primaveral. La fealdad que generalmente caracteriza el mujick se doraba y se revestía de algo sonriente y bueno, bajo la claridad pura del astro, que descendía sobre el grupo como bendición y esperanza. La ropa parecía menos vieja; los mismos andrajos se encendían. Los semblantes expresaban esa infantil curiosidad y esa astucia no menos pueril del aldeano y del mendigo, ante el rico y el señor que se toma la molestia de ocuparse de su bien. ¿Por qué lo haría? ¿Sería cierto que era un santo, igual a los bienaventurados Basilio, Trófimo, Sergio, Alejandro y demás del calendario ruso? Pero éstos hacían penitencia, oraban, mientras que el conde escribía no se sabía qué cosas que publicaban los periódicos y que los aldeanos no habían leído ni leerían nunca, entre otras razones, porque no sabían leer.
Y, en su cándida picardihuela, estudiaban al barinio, esperando siempre que un día u otro le acometiese un acceso más fuerte de liberalidad, y a pesar de la oposición de su mujer y sus hijos, se decidiese a distribuir sus bienes entre los pobres. ¡Aquél sería un gran día para la aldea! Porque, naturalmente, sólo los de la aldea tendrían opción; si alguno de los poblados vecinos asomase, le ajustarían cuentas con un garrote, por atreverse a mezclarse en lo que no le incumbía. Y el ensueño del reparto era una secreta alegría más, en la jubilosa y fresca luminosidad de la mañana.
El conde avanzaba ya, y Efimio, impasible como corresponde a un buen criado, entreabría el saco de trigo y presentaba la medida para regular la distribución.
— Tú, Iván, acércate... ¿Cuántos hijos tienes? Se te dará una medida por cabeza...
El rebaño se puso en movimiento, marmoneando esas bendiciones plañideras que son comunes al aldeano y al pordiosero. Llevaban prevenidas alforjas, talegos remendados, y alguna mujeruca apañaba en su delantal. Los niños, sin esperar a que se terminase la distribución, mordían a dentelladas el pan excelente, bien cocido y crocante, del conde. Se oían risotadas ahogadas inmediatamente por un torniscón de las madres, que no consideraban respetuosa la risa en presencia del barinio. El cual miraba a los niños con especial predilección. Al mismo tiempo que creía que la raza humana debiera extinguirse, no había cosa que le interesase como un niño.
Sobre todo, fijaba su atención un muchachuelo como de unos diez años.
Si el conde hubiese sido una naturaleza estética, el chiquillo, lejos de atraer su mirada, la rechazaría. Para los que conocen un cuadro célebre de Murillo, Santa Isabel, es ocioso describir al muchacho que el conde contemplaba, fascinado de compasión. El mismo aspecto de sufrimiento sin enfermedad conocida, a menos que fuese una de esas afecciones parasitarias que a los refinados, y aun a los que no lo son, les infunden ganas de desviarse mil leguas. Y el rapaz, mientras con la diestra empuñaba la hogaza hincándole el diente, con la siniestra hacía el característico gesto de rascarse la pelona que tan felizmente sorprendió el gran realista sevillano. El sol caía oblicuo aún, bañando en lumbre clara la testa del tiñoso. El conde hizo un gesto, entre familiar y dominador. De mala gana, empujado por su madre, aproximose el rapaz.
—¿Eres hijo único? — el conde ignoraba por qué abría el interrogatorio con esta pregunta, la primera que se le había ocurrido.
— Tiene cinco hermanitos, barinio — respondió por el chico la madre, gimiente —. El mayor es él. Los otros son demasiado pequeños para venir. Hay uno que podría, pero le tengo enfermito, acostado sobre unas pieles de oveja.
— Efimio — ordenó el conde —, que ese niño tenga desde hoy unas mantas limpias en que envolverse.
El que se rascaba, envalentonándose un poco, advirtió:
— Yo no tengo manta.
— Que haya una manta nueva para éste también — dispuso el conde.
— León Nicolaievitch — suplicó la mujer —, sería bueno que nos enviases médico y medicinas. La fiebre del niño es muy tenaz. Llevamos ya tres meses de verle postrado. Acaso algún poder dañino le tiene así, para que sean castigados en él los pecados que cometimos. Apiádate de nosotros, barinio, porque sólo tú nos puedes amparar...
— Se os darán medicinas; el doctor irá y dirá cualquier cosa, el muy pedante — exclamó el conde, que no podía resistir a los médicos —. Pero vosotros, barred y asead un poco la isba, y haced que el niño no esté entre inmundicia y pieles de oveja, que pueden transmitirle contagios del ganado.
Al hablar así, el conde luchaba entre su repugnancia a los modernos refinamientos y a las prescripciones científicas, y su conciencia, que le decía que eran las pieles infestadas lo que había contagiado seguramente al morriñoso que veía, y probablemente al febricitante que en la isba aguardaba socorros.
— Y tú — añadió dirigiéndose al muchacho — vas a quedarte hoy aquí, hasta que te freguemos. Efimio — ordenó —, hay que rapar a este muchacho, enjabonarle bien la cabeza con jabón negro, mudarle.
Torcieron el gesto, a la vez, el servidor y el protegido del conde. Efimio consentía en auxiliar a la distribución de limosna, pero todo tiene sus límites. En fin, había que llevarle el genio al señor, por expreso encargo de la señora condesa, y el ayuda de cámara calculó que saldría del apuro encargando la tarea al último de los mozos de cuadra, Alejo, asaz bruto para aceptar tales comisiones.
El chico, en cambio, remiso, miraba a su madre. Ésta, comprendiendo que de la limpieza no saldría el muchacho sin alguna ropa mejor de la que usaba, le empujó hacia Efimio, que se le llevó en dirección a los cobertizos próximos a las cuadras y establos.
Ya había comido el conde, en familia, excelentes potajes de legumbres y deliciosos platos de leche que la condesa dirigía al cocinero, cuando, al salir a hacer un poco de ejercicio saludable, se le presentó el muchachillo. Parecía otro. La crasitud y el tono gris de la miseria habían desaparecido de su piel, que aparecía linfática, pero suave y ligeramente rosada aún del estregón. En su cráneo se rizaban sortijillas de pelo corto, lavado, que brillaba como oro blanquecino. Sus ojos, purificados, eran de un cándido azul.
—¿Te han tratado bien? — inquirió el conde.
— Sí, barinio.
—¿Te han dado de comer abundantemente?
— Sí, barinio.
— Ese traje, ¿te gusta más que el que tenías?
— Ya lo creo, barinio.
— Dime si deseas algo más... Toma — añadió el conde, poniéndole en las manos algunos kopecks.
— Barinio, deseo algo — repuso el chico, y sus ojos resplandecieron de codicia.
—¿Qué deseas? ¿Golosinas?
— No... Deseo un potrito, para montar y correr. ¡Un potrito negro! ¡Un potrito tan hermoso! Efimio dice que tú lo das todo a los pobres. ¡Dame el potrito!
El conde hizo una señal negativa.
— No tengo potrito que darte. Vete con tu madre, que te estará aguardando.
El niño clavó en el conde aquellas dos turquesas de sus pupilas. La mirada tenía una expresión casi sobrenatural. Era la mirada del devoto que ve caer del altar a la santa icona, rota en pedazos. Porque el señor mentía: en sus cuadras existían numerosos potros de su yeguada, especialmente uno negro, del cual los hijos del conde se prometían maravillas. Y el niño veía derrumbarse algo, y el barinio sufría el peso de aquella mirada, como se sufre vergonzoso suplicio.
Al fin, el chico agachó la cabeza, y, con un movimiento especial (no es fácil decir si de reproche o resignación), volvió las espaldas y emprendió el camino de su isba.
El conde quedó inmóvil. Un sentimiento de desolación infinita se había apoderado de él. ¡Dar un potro! ¿Y si el potro fuese lo único que representaría la caridad? Lo otro..., lo sobrante... Él tenía un potro que dar al niño... El niño sabía que podían dárselo, que el señor mentía...
Y, con el alma triste hasta la muerte, el conde sintió que sus ojos se humedecían ante lo fallido de su caridad con límite, de su caridad burguesa...
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El Contador
Allá en tiempos, fue el conde de Montiel hombre de sociedad, «sportman», espadachín, y hasta tuvo sus ribetes de político. Hoy le imponían vida metódica los años y los achaques, y ni aportaba por teatros ni aceptaba invitaciones. Su único solaz era una apacible tertulia por la tarde, al amor del brasero tachonado, enorme, en la tienda de la anticuaria conocida por «la Galana», donde se reunían otros aficionados, y hecha abstracción de la vida moderna y actual, se respiraba el polvo de varios siglos, más o menos remotos. Embozados en las capas o sumidos en el cuello de piel del abrigo, los buenos señores discutían tenazmente, una semana entera, acerca de un plato mudéjar o de un díptico gótico. Allá fuera resonaba la lucha y se encrespaba el oleaje del mundo. Ellos no se enteraban siquiera.
La misma paz que en casa de «la Galana» disfrutaba el conde en la suya propia. También la condesa se había jubilado. Mundana y animadísima en sus mocedades, ahora devota y delicada de salud, no salía sino a la iglesia y a ciertas visitas de confianza. Nadie reconocería a la famosa Ángeles Luzán en 1875, alma de las fiestas y tormento de las modistas, en la señora de anticuado atavío que frecuenta las Pascualas tosiqueando y se tapa la boca al salir de misa, cuidando con igual solicitud el alma inmortal y el deteriorado cuerpo. Y nadie, al entrar en la morada de los Montieles, donde la calma del anochecer de la existencia tiende un crespón de apagados tonos sobre el mobiliario fastuoso y los densos cortinajes, creería que allí vibraron los violines y rieron las flautas de la orquesta del baile, ni que en el solemne comedor, ante las imponentes tapicerías flamencas, corrió el rubio champaña y susurró el amoroso deseo...
Más dichosos, quizás, más unidos seguramente que cuando eran jóvenes, los esposos, fundidos en la única aspiración egoística de conservarse todo lo posible, no solían discutir, sino en el punto de las antiguallas. A cada cajita de oro, a cada miniatura, a cada arcón o pieza de loza que entraba por la puerta, la condesa gruñía. ¡Manía de amontonar vejestorios, un capital muerto, un estorbo para el día de mañana! Cuando Frasquita Montiel — la hija de los condes, que vivía en Sevilla con su esposo — heredase tanto trasto, ¿cómo se desharía de ellos? Porque además, la condesa abrigaba la convicción de que su marido no sabía comprar, de que le clavaban, de que no entendía lo bastante. «Si tuvieses tú el acierto y el ojo del pobre Luis»... repetía a todas horas. Al oírlo irritábase el conde hasta el furor. Lo del «pobre Luis» se refería a un primo de la condesa, el vizconde de Venadura, amigo íntimo y comensal de la casa, fallecido en la epidemia del dengue. El conde aborrecía la memoria del vizconde, mortificante para su amor propio, invocada siempre en demostración de algún chasco, de alguna serranada de chamarileno, y a la vez, tenía dada orden de que se le avisase cuando saliesen a la venta objetos de la dispersa colección de aquel «pobre Luis», para adquirirlos todos, ¡todos, sin falta!
Una tarde, al entrar el conde en casa de la Galana, ésta le dijo misteriosamente, llevándole a un rincón:
— Ha caído el contador italiano... el de las pinturas.
¡Alegría! ¡El contador de las pinturas nada menos! ¡La mejor pieza, la joya de la colección del vizconde! En voz baja, apasionadamente, se convino el precio: un bonito pico... Bueno, lo que fuese, no se pasa un hombre quince años encaprichado por un mueble incomparable para regatear si la suerte se lo depara. ¡El contador! ¡Por fin los sobrinos y herederos del vizconde se decidían a venderlo!
«Que esté en casa mañana a primera hora», advirtió el comprador, con fiebre de entusiasmo senil.
Aquella noche apenas durmió. Al salir la condesa a sus madrugadoras piadosas prácticas, ya estaba el conde — afeitado, vestido, pulcro — esperando su adquisición, como se espera a una hermosa mujer. Así que trajeron el mueble, atendió a su colocación en el despacho con cuidado infinito; despidió al mozo dando generosa propina, y echó el pasador de la puerta. ¡Que nadie le interrumpiese! Necesitaba mirar, remirar, palpar codicioso el tesoro. De este sí que no diría la condesa... Hay en Madrid centenares de contadores florentinos pero ¿dónde se hallará uno que a éste puede compararse? Las doce tablitas que lo decoran — delicadas escenas mitológicas — parecen debidas al pincel de Correggio. Los bronces, cincelados a mano, no tienen rival ni por el dibujo ni por la ejecución. Las incrustaciones y realces son de piedras preciosas, ágatas, lázuli, coralinas. Las columnitas del templete central, cristal de roca tallado, y la encantadora figurina central, la Venus, de oro puro, con cinturón de pedrería. La riqueza de los materiales se olvida ante los primores de la labor artística, del Renacimiento, ante la armonía de los tonos intensos y sombríos de metales y piedras, con el suave colorido de las magistrales pinturas. El conde las detallaba embelesado.
Había en su gozo algo de ese sentimiento inicuo, pero profundamente humano, que puede llamarse así: el triunfo de la supervivencia. Venadura sería más inteligente, convenido, pero ya se pudría en la Sacramental... y era Montiel quien disfrutaba del hermosísimo contador, con ansias de dueño celoso. ¡Después de envidiarlo tantas veces, estaba allí, allí! En los cajones iba Montiel a guardar sus papelotes, su correspondencia, inmediatamente, tomando plena posesión de «lo suyo».
Abrió la puerta del templete con la linda llave trabajada como una joya: la puerta giró, y se descubrió el interior, que olía vagamente a finas maderas, a cedro y ciprés. Experto en los misterios de tales muebles, Montiel adivinó, allá detrás un «secreto». La pared del fondo del templete estaba hueca y debía de girar. Apoyó la yema del dedo, se esforzó un poco... ¡Efectivamente! La chapa de madera se arrolló sobre sí misma, y descubrió el escondrijo y el inevitable paquete de cartas. Sonrió Montiel, con la sonrisa de los viejos, que es una mueca hecha al pasado, y tomó los ya amarillentos papeles.
«Hola, hola... Conque Luisín...». La letra le sorprendió de tanto como la conocía. Se frotó los ojos. Tardó más de un minuto en comprender. «¡Estaré delirando...!». Era letra de la condesa, su letra «de antes», cuando tenía firme el pulso, clara la vista, roja y fuerte la sangre...
Desató el paquete y leyó a saltos, al azar. Lo inmenso de la traición le aturdía: era, en su género, cosa tan extraordinaria como el mueble. ¡Decir que jamás le había cruzado por la imaginación la sombra de una sospecha! A su ceguera aludían reiteradamente las cartas, que respiraban seguridad absoluta. Organizado, tranquilo, envuelto en precauciones hábiles, el ultraje vivía en su hogar, le acompañaba a la mesa, a paseo, al teatro, disfrazado de amistad y parentesco. Detalles horribles surgían de la lectura, latigazos que le azotaban el rostro. Sus pupilas se inyectaban; crispábanse sus puños. ¡Matar! Y resolvía el modo. De noche, al retirarse a su cuarto, sobre la sien de su mujer el cañón de las pistolas de duelo, inglesas, que estaba viendo relucir en la panoplia. ¿Qué? ¿No era justo? ¿Merecía más ni menos la que todavía la víspera nombraba cariñosamente a «aquel pobre Luis»?
Paseando por el cuarto con agilidad y rapidez de mozo, el conde se detuvo ante el mueble. A pesar suyo, volvió a complacerse en su belleza. Por instinto lo cerró, ocultando en el secreto los papeles malditos. Así que desaparecieron, sintió que su ira, de pronto, se calmaba y se abatía su valor, su resolución de héroe calderoniano. El cansancio de la vejez se sobrepuso. ¡Polvo y ceniza todo! ¡Polvo y ceniza el ofensor, polvo y ceniza, en breve, la ofensora y el ofendido, polvo cuanto nos rodea...! ¡Viejos ya, viejos, de piernas temblonas, de blando pecho, de ojos marchitos, de labios sin turgencia, de manos arrugadas, flácidas, muertas para la caricia y para el golpe! ¡Ridículo ayer por el engaño, más ridículo hoy por la venganza! Y la casa en confusión, y los criados llenos de terror, y la justicia, y los periódicos, y las burlas de los «amigos», y tanto frío como hará en la cárcel.
Suspiró; echó la llave al mueble, y sentándose en un sitial de guardamesí se dedicó a mirar el contador otra vez. El placer de poseerlo, una especie de desquite de ultratumba, le invadió el alma. ¡Pobre Luis! Que descanse, que descanse en el helado nicho... El conde pensó en su dulce casa, en las estufas, en la comida sana y sabrosa, en la tertulia al brasero. «Esta tarde les diré a los otros que vengan a ver mi contador»...
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El Corazón Perdido
Yendo una tardecita de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. «Debe de habérsele perdido a alguna mujer», pensé al observar la blancura y delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas — como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal —, el lugar que ocupa el corazón.
Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro!, la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna; que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco ésta tenía corazón! Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.
Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho, ¡por fin!, distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué — pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo tenía tan vivo y tan despierto — se me ocurrió hacer la prueba de presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los guijarros.
Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse a suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la calle.
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El Fantasma
Cuando estudiaba carrera mayor en Madrid, todos los jueves comía en casa de mis parientes lejanos los señores de Cardona, que desde el primer día me acogieron y trataron con afecto sumo. Marido y mujer formaban marcadísimo contraste: él era robusto, sanguíneo, franco, alegre, partidario de las soluciones prácticas; ella, pálida, nerviosa, romántica, perseguidora del ideal. Él se llamaba Ramón; ella llevaba el anticuado nombre de Leonor. Para mi imaginación juvenil, representaban aquellos dos seres la prosa y la poesía.
Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana «cáscara de huevo», y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del mismo tono oscuro y caliente a la vez que el café, se fijaban en mí de un modo magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma.
Los señores de Cardona eran ricos y estimados. Nada les faltaba de cuanto contribuye a proporcionar la suma de ventura posible en este mundo. Sin embargo, yo di en cavilar que aquel matrimonio entre personas de tan distinta complexión moral y física no podía ser dichoso.
Aunque todos afirmaban que a don Ramón Cardona le rebosaba la bondad y a su mujer el decoro, para mí existía en su hogar un misterio. ¿Me lo revelarían las pupilas color café?
Poco a poco, jueves tras jueves, fui tomándome un interés egoísta en la solución del problema. No es fácil a los veinte años permanecer insensible ante ojos tan expresivos, y ya mi tranquilidad empezaba a turbarse y a flaquear mi voluntad. Después de la comida, el señor de Cardona salía; iba al Casino o a alguna tertulia, pues era sociable, y nos quedábamos Leonor y yo de sobremesa, tocando el piano, comentando lecturas, jugando al ajedrez o conversando. A veces las vecinas del segundo bajaban a pasar un ratito; otras estábamos solos hasta las once, hora en que acostumbraba a retirarme, antes de que cerrasen la puerta. Y, con fatuidad de muchacho, pensaba que era bien singular que no tuviese don Ramón Cardona celos de mí.
Una de las noches en que no bajaron las vecinas — noche de mayo, tibia y estrellada —, estando el balcón abierto, y entrando el perfume de las acacias a embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y resolví declararme. Ya balbucía entrecortadas las palabras, no precisamente de pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oír las de la dama, y me fue poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza, la narración de un episodio amoroso.
— Mi único remordimiento, mi único yerro — murmuró acongojada doña Leonor — se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.
Y vi, a la luz de los brilladores astros, que se deslizaba de las pupilas oscuras una lágrima lenta...
Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal resolución. El marqués, a quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en artístico fumoir y a las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente:
— No me sorprende el paso que usted da; pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy a decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos a que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto..., porque gusto sería, de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor!
Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del marqués, yo puse cara escéptica, quizá hasta insolente.
— Veo que no me cree usted — añadió el marqués entonces —. No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra; pero ni usted ni nadie tiene derecho a suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene a su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo o de otro consulte... al señor Cardona. He dicho «al señor». No me mire usted con esos ojos espantados... Óigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etcétera. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos le ha contado a su marido «todo».... es decir, «nada»...; pero «todo» para ella; y el marido ha venido aquí como usted, sólo que más enojado, naturalmente, a pedirme cuentas, a querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, a estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona... o él me habría matado a mí (no digo que no pudiese suceder). Por fortuna no me aturdí, y preguntando a Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que a la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla o en Londres. Con igual facilidad, probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esta señora, a quien después he procurado conocer (¡por la memoria de mi madre le juro a usted que antes, ni de vista!...), sufre alguna enfermedad moral.... y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro, ¡vaya usted a saber por qué!, ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará a no admirarse de casi nada.
Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible. No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del dandi, me dediqué desde aquel punto, no a cortejar a Leonor, sino a observar a Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle espontanearse, y fui sacando, hilo a hilo, conversaciones referentes a la fidelidad conyugal, a los lances que puede originar un error, a las alucinaciones que a veces sufrimos, a los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión a sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara a cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó:
—¿Qué? ¿Ya te han enviado allá a ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura!
No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo:
— Has de saber que cuando fui a casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado a Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba. Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné a la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento le sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos a hablar de esto en la vida!
Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme a solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus oscuros ojos, nublados por la quimera.
FIN
— Emilia Pardo Bazán
Moraleja de El conde llora y otros cuentos
La moraleja central de estos relatos es un rudo despertar sobre la falsedad del orgullo humano. Pardo Bazán nos enseña que las jerarquías sociales, la riqueza y el poder son meros disfraces que utilizamos para convencernos de nuestra propia invulnerabilidad. La reflexión cautivadora de "El conde llora" es que el dolor, la tragedia y la muerte son los grandes igualadores de la vida; no importa cuánto intentemos asfixiar nuestros sentimientos bajo normas de etiqueta o machismo, la naturaleza emocional del ser humano siempre encontrará una grieta para emerger y recordarnos que, en el fondo, todos somos igualmente frágiles.
El orgullo aristocrático es una armadura muy pesada que se oxida irremediablemente con la primera lágrima genuina.
Se puede engañar al mundo con una máscara de hielo, pero jamás se puede engañar al propio corazón en la soledad de la alcoba.
La tragedia no sabe leer escudos de armas ni entiende de linajes cuando decide golpear la puerta.
En su llanto se ahogaron todas las vanidades de cien generaciones de hombres implacables.
El sufrimiento humano es el único idioma universal que iguala al siervo y al amo.
Aquel hombre de piedra descubrió, demasiado tarde, que el corazón que no se usa termina por romperse de un solo golpe.
No hay mayor derrota para la soberbia que el silencio que sigue a un llanto que no pudo ser contenido.
Curiosidades de El conde llora y otros cuentos
Emilia Pardo Bazán, a pesar de pertenecer ella misma a la aristocracia (poseía el título de Condesa), fue una de las críticas más feroces y analíticas de la superficialidad y la decadencia de su propia clase social.
Los cuentos de Pardo Bazán fueron pioneros en introducir la cruda corriente del naturalismo en España (inspirada en Émile Zola), explorando cómo el entorno, la genética y la sociedad determinan fatalmente las acciones humanas.
A lo largo de su carrera, la autora gallega escribió casi 600 cuentos, siendo considerada una de las maestras indiscutibles del relato corto en la literatura europea del siglo XIX.
Sobre el autor de El conde llora y otros cuentos
Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue una insigne novelista, periodista, ensayista y aristócrata española, pionera innegable del naturalismo en su país y una de las primeras grandes voces del feminismo moderno. Defensora tenaz de los derechos de la mujer y de su acceso a la educación superior, Pardo Bazán retrató magistralmente la decadencia moral y el atraso rural de la España del siglo XIX. Con una prosa valiente, cruda y profundamente descriptiva, nos legó inmortales obras maestras como Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza y cientos de relatos brillantes.
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