El demonio de la perversidad - Edgar Allan Poe: El abismo del sabotaje mental

El demonio de la perversidad de Edgar Allan Poe es a la vez un ensayo filosófico y un espeluznante cuento de terror psicológico. En esta breve pero perturbadora obra, el maestro del misterio disecciona uno de los impulsos más oscuros e inexplicables de la mente humana: la necesidad casi física y visceral de hacernos daño a nosotros mismos simplemente porque sabemos que no debemos hacerlo.

Argumento de El demonio de la perversidad

La historia se divide en dos partes. En la primera, el narrador, desde la celda de una prisión donde espera su condena, teoriza extensamente sobre lo que él denomina "el demonio de la perversidad". Este impulso primario es descrito como una fuerza irracional e irresistible que nos obliga a actuar en contra de nuestra propia razón, seguridad e instinto de conservación. Para ilustrarlo, el autor nos plantea ejemplos cotidianos y aterradores: la morbosa y repentina tentación de saltar cuando estamos asomados al borde de un precipicio, o la urgencia de procrastinar una tarea vital precisamente cuando sabemos que el tiempo se acaba.

En la segunda mitad, el narrador pasa a contar su propia y macabra historia criminal para demostrar la veracidad de su teoría. Relata cómo planeó meticulosamente y ejecutó el asesinato perfecto para heredar una cuantiosa fortuna. Utilizó una vela envenenada en la habitación sin ventilación de su víctima, dejándola muerta sin el más mínimo rastro de violencia ni toxinas detectables en la autopsia. Habiendo heredado la fortuna, el asesino vivió en la más absoluta impunidad y seguridad durante años. Sin embargo, en la cima de su triunfo, mientras pasea tranquilamente sintiéndose intocable, el "demonio" de la perversidad se apodera de él. Luchando desesperadamente contra sus propios labios, termina gritando su crimen a los cuatro vientos frente a una multitud en la calle, condenándose a sí mismo a la horca por el simple, absurdo e incontrolable deseo de la autodestrucción.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

El demonio de la perversidad

Edgar Allan Poe

En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que, entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador. Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación (puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios pretende obligarle a hacer: Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus tendencias esenciales y en las fases de la creación? La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un impulso radical, primitivo, elemental. ...

Moraleja de El demonio de la perversidad

La aterradora moraleja de "El demonio de la perversidad" advierte sobre la inmensa fragilidad de la razón humana frente a nuestros propios impulsos ocultos. Poe nos enseña magistralmente que nuestro peor y más implacable enemigo no siempre está afuera aguardando con una espada, sino que habita silenciosamente agazapado en los abismos de nuestra propia psique. La reflexión cautivadora de este relato es comprender que ni los crímenes más perfectos ni la lógica más fría pueden protegernos de esa oscura chispa de sabotaje interno; revelando que el peso del secreto es a veces tan insoportablemente asfixiante, que el ser humano prefiere la horca y la ruina antes que continuar cargando la sofocante condena de su propio remordimiento inconfesable.

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Frases de El demonio de la perversidad

  • Hay en nosotros un impulso incomprensible e irracional que nos empuja a obrar en contra de nuestro propio interés, simplemente porque sabemos que no debemos hacerlo.
  • Nos asomamos al borde del precipicio; sentimos terror, y en ese preciso instante surge un deseo morboso y desesperado de arrojarnos al vacío.
  • No hay pasión humana más demoníaca, más puramente incomprensible, que la de hacer el mal por el simple hecho de que se nos está prohibido.
  • La certeza de mi total seguridad fue, paradójicamente, la semilla maldita que terminó por engendrar mi absoluta y repentina destrucción.
  • Ningún verdugo asfixia tan cruelmente a un hombre como lo hace el peso asfixiante de su propio e insoportable secreto.
  • Luché contra mi propia lengua con la desesperación de un loco, pero el demonio interior fue infinitamente más fuerte que mis ansias de seguir viviendo.
  • Hoy estoy aquí, encadenado y a las puertas de la muerte, no porque me haya descubierto la justicia de los hombres, sino porque yo mismo me traicioné.

Curiosidades de El demonio de la perversidad

Publicado originalmente en 1845, el revolucionario concepto del "demonio de la perversidad" explorado por Poe se adelantó por muchísimas décadas a las teorías del psicoanálisis moderno (como la "pulsión de muerte" o Thanatos descrita detalladamente por Sigmund Freud).

En este relato, Poe perfecciona la genial figura del "narrador no fiable" y psicológicamente inestable, un recurso angustiante que ya había utilizado con magistral éxito en obras anteriores como El corazón delator y El gato negro.

La extraña, indetectable y peculiar forma de asesinato utilizada en el cuento (una vela que emite gases tóxicos letales en una habitación cerrada) demuestra la inmensa fascinación y el conocimiento de Poe por la ciencia, la química forense y las brillantes resoluciones de "misterios de habitación cerrada".

Sobre el autor de El demonio de la perversidad

Edgar Allan Poe (1809-1849) fue un genial poeta, cuentista, crítico literario y periodista estadounidense, mundialmente reconocido como el verdadero maestro del terror gótico y lo macabro. Su pluma oscura, atormentada y sumamente analítica revolucionó la literatura universal. No solo es el pionero indiscutible de los relatos de horror psicológico, en los que exploraba obsesivamente la muerte, el duelo, la culpa y la locura de la mente humana, sino que también es el inventor del relato policial moderno con la creación del detective Auguste Dupin. El legado de su atormentado genio perdura en obras maestras eternas como El cuervo, El corazón delator y La caída de la Casa Usher.

Donde nuestra propia boca es el juez más despiadado de nuestros secretos

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