Hop-Frog de Edgar Allan Poe: La macabra e implacable venganza del bufón

Hop-Frog es uno de los últimos y más viscerales cuentos de terror gótico publicados por el maestro absoluto del género, Edgar Allan Poe. En esta obra, desprovista de elementos puramente sobrenaturales, el autor nos sumerge en un abismo de horror psicológico, demostrando que la crueldad humana, el abuso de poder y la humillación sistemática son el combustible perfecto para encender la más devastadora de las venganzas.

Argumento de Hop-Frog

El relato nos presenta a un monarca de proporciones gigantescas y temperamento extremadamente cruel, cuyo pasatiempo favorito son las bromas pesadas a expensas de los más débiles. En su corte retiene como esclavo a Hop-Frog (Sapo Saltarín), un enano deforme que camina con dificultad pero posee una fuerza tremenda en los brazos. Arrancado de su patria, Hop-Frog es forzado a servir como el bufón personal del rey y sus siete vulgares ministros, quienes disfrutan humillándolo y obligándolo a beber vino, lo cual le causa estragos mentales y físicos. Junto a él sufre cautiverio Trippetta, una hermosa bailarina enana a la que Hop-Frog ama profundamente y quien siempre intenta protegerlo de la malicia del monarca.

La tensión se quiebra cuando el rey empuja brutalmente a Trippetta y le arroja vino a la cara frente a toda la corte por atreverse a suplicar clemencia para Hop-Frog. En lugar de reaccionar violentamente en el acto, el bufón contiene su rabia y esboza una sonrisa diabólica. Con la excusa de organizar un entretenimiento inolvidable para un inminente baile de máscaras, Hop-Frog convence al rey y a sus ministros de disfrazarse de "orangutanes", atándolos juntos con cadenas y recubriéndolos de brea inflamable y lino. Durante la fiesta, frente a todos los invitados que creen presenciar un espectáculo, el bufón eleva al grupo de tiranos hacia el techo usando la cadena de la gran lámpara de araña, les acerca una antorcha y, tras un escalofriante y vengativo discurso, los quema vivos antes de escapar de la tiranía hacia la libertad junto a su amada.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

Hop-Frog

Edgar Allan Poe

No he conocido nunca a nadie tan agudamente animado a la chanza como aquel rey. Parecía vivir sólo para las bromas. Contar una buena historia del género chusco, y contarla bien, era el medio más seguro de conseguir su favor. Por eso ocurría que sus siete ministros se distinguían por sus cualidades como bromistas. Seguían todos el ejemplo del rey, que era un hombre grande, corpulento, grueso, tal como son los guasones inimitables. Que la gente engorde por las bromas o que haya en la grasa algo que predisponga a la chanza, no he sido nunca capaz de decidirlo; pero es indudable que un bromista flaco es rara avis in terris. Respecto a los refinamientos, o fantasmas del ingenio como él los llamaba, al rey le preocupaban muy poco. Sentía una especial admiración por la broma de resuello, y la soportaba con frecuencia en su longitud, por amor a ella. Los melindres le aburrían. Hubiera él preferido el Gargantúa, de Rabelais, al Zadig, de Voltaire, y por encima de todo, las chanzas efectivas se ajustaban a su gusto mejor que las de palabra. En la fecha de mi relato, los bufones de profesión no habían pasado por completo de moda en la corte. Varias de las grandes «potencias» continentales conservaban aún sus «locos», quienes iban vestidos de un modo abigarrado con gorros de cascabeles, y debían estar siempre prontos a lanzar en todo momento dichos agudos, en compensación a las migajas que caían de la mesa real. Nuestro rey, como era natural, conservaba su «loco». El hecho es que él necesitaba algo en el sentido de la locura, aunque sólo fuese para contrapesar la pesada sabiduría de los siete sabios que eran sus ministros, sin mencionarle a él. Su «loco» o bufón profesional era, además, no sólo un loco. Su valía aparecía triplicada a los ojos del rey por el hecho de ser también enano y cojitranco. En aquellos tiempos los enanos eran tan corrientes en la corte como los «locos» y muchos monarcas hubieran encontrado difícil pasarse los días (días que son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón para reírse con él, y sin un enano para reírse de él. Pero, como he indicado ya antes, sus bufones, en noventa y nueve casos de ciento, son gordos, redondos y pesados; de modo que era un motivo no pequeño de personal satisfacción para nuestro rey poseer en Hop-Frog (éste era el nombre del «loco») un triple tesoro en una misma persona. Creo que el nombre de Hop-Frog no era el que le habían puesto al bautizarle sus padrinos, sino que le fue conferido, con el asentimiento unánime de los siete ministros, dada su torpeza para andar como los otros hombres. En realidad, Hop-Frog podía avanzar únicamente con una especie de paso interjeccional, algo entre el salto y la reptación, un movimiento que producía al rey una diversión ilimitada, y por supuesto, un consuelo, pues (no obstante la protuberancia de su panza y una hinchazón constitucional de su cabeza) el monarca era considerado por toda su corte como un tipo magnífico. Pero aunque Hop-Frog, a causa de la distorsión de sus piernas, podía moverse tan sólo con mucho trabajo y dificultad por un camino o por el suelo, la prodigiosa potencia muscular con que la naturaleza parecía haber dotado a sus brazos, a modo de compensación por la deficiencia de sus miembros inferiores, le hacía capaz de realizar muchos actos de una maravillosa destreza cuando se trataba de árboles, cuerdas o cualquier otra cosa por donde trepar. En tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla que a un mono pequeño o que a una rana. No podría yo decir con exactitud de qué país procedía Hop-Frog. Debía de ser de alguna comarca bárbara de la que nadie había oído hablar, muy alejada de la corte de nuestro rey. Hop-Frog y una joven mucho menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y maravillosa danzarina) habían sido arrebatados con violencia de sus respectivos hogares, en unas provincias contiguas, y enviados como presentes al rey por uno de sus generales siempre victoriosos. En tales circunstancias no era nada sorprendente que una estrecha intimidad uniese a los dos pequeños cautivos. En realidad, llegaron a ser muy pronto dos amigos juramentados. Hop-Frog que, pese a dedicarse mucho a la broma, era poco popular, no podía prestar grandes servicios a Tripetta; pero ella, merced a su gracia y exquisita belleza (aun siendo enana), era universalmente admirada y mimada, poseía, por tanto, mucha influencia, y no dejaba nunca de emplearla, siempre que podía, en beneficio de Hop-Frog. En una gran ocasión fastuosa —no recuerdo ya cuál— el rey decidió dar una mascarada, y siempre que se celebraba una mascarada o cualquier fiesta por el estilo en su corte, los talentos de Hop-Frog y de Tripetta tenían una intervención segura en ello. Hop-Frog especialmente poseía tal inventiva en materia de espectáculos, sugiriendo nuevos personajes y creando trajes para los bailes de disfraces que parecía que nada podía hacerse sin su concurso. Había llegado la noche señalada para la fiesta. Se había decorado un magnífico salón, bajo la dirección de Tripetta, con toda la ingeniosidad posible para dar brillantez a la mascarada. La corte entera vivía en una espera febril. En cuanto a los trajes y prestancias, cada cual como puede suponerse, había hecho su elección en semejante materia. Muchos los habían decidido (así como los roles que iban a adoptar) con una semana y hasta con un mes de anticipación y al fin y al cabo, no existía la menor indecisión en ningún participante, excepto en lo que concernía al rey y a sus siete ministros. No podría yo decir por qué vacilaban, como no se tratase de otro género de bromas. Era muy probable que la dificultad en adoptar su decisión tuviera por causa su gordura. Sea como fuere, transcurría el tiempo, y como último recurso enviaron a buscar a Tripetta y a Hop-Frog. Cuando los dos amiguitos obedecieron el requerimiento del rey, le encontraron tomando su vino en compañía de los siete miembros de su consejo de ministros; pero el monarca parecía estar de muy mal humor. Sabía que Hop-Frog no era aficionado al vino, pues la bebida excitaba al pobre cojitranco hasta la locura, y la locura no es un sentimiento grato. Pero al rey le agradaban sus propias chanzas y hallaba placer en forzar a Hop-Frog a beber y (según la expresión real) «en que estuviese alegre». ...

Moraleja de Hop-Frog

La escalofriante y oscura moraleja de "Hop-Frog" sirve como una letal advertencia contra el abuso de poder y la crueldad gratuita. Edgar Allan Poe nos enseña, a través de la monstruosa justicia de su relato, que aquellos que gobiernan oprimiendo, humillando y tratando a sus subordinados como a bestias sin dignidad, terminarán inevitablemente sucumbiendo de la forma más espantosa. La reflexión cautivadora del cuento radica en que no hay furia más explosiva y perfectamente destructiva que la de un ser acorralado y despojado de su honor, demostrándonos que cuando un tirano ríe del dolor de los inocentes, él mismo está encendiendo silenciosamente la antorcha que habrá de quemarlo vivo.

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Frases de Hop-Frog

  • El que se ríe habitualmente de las deformidades ajenas ignora que su propia alma es el mayor de los monstruos.
  • La venganza de los seres humillados es como el aceite hirviendo; silenciosa al prepararse, pero espantosa al derramarse.
  • Aquel chirrido de colmillos en la oscuridad era el sonido de la paciencia de un hombre quebrándose para siempre.
  • Los tiranos son seres tan ridículos y arrogantes que ellos mismos se ponen las cadenas si crees halagar su vanidad.
  • Un monarca que castiga sin compasión es simplemente paja seca esperando inútilmente la chispa de la rebelión.
  • Habían obligado al bufón a beber veneno, y ahora el bufón les servía fuego para brindar por última vez.
  • He aquí al gran rey, coronado de fuego y terror, gritando clemencia a los oídos que él mismo se encargó de dejar sordos.

Curiosidades de Hop-Frog

El cuento, publicado en 1849, está fuertemente inspirado en un episodio histórico real y atroz de la corte francesa en 1393, conocido como el Bal des Ardents (El Baile de los Ardientes), donde el rey Carlos VI y varios nobles se disfrazaron de "hombres salvajes" untados en brea y casi mueren carbonizados por accidente.

Muchos biógrafos y críticos literarios sugieren que Poe se proyectó a sí mismo en el personaje de Hop-Frog, canalizando toda su amargura, resentimiento y deseo de venganza contra el mundo literario y los críticos de su época que tantas veces lo humillaron.

A diferencia de la mayoría de los relatos de terror oscuro y desesperanzador de Edgar Allan Poe, este cuento tiene un cierre casi triunfal, donde los protagonistas que sufren el abuso logran escapar victoriosos hacia su tierra natal.

Sobre el autor de Hop-Frog

Edgar Allan Poe (1809-1849) fue un genial poeta, cuentista, crítico literario y periodista estadounidense, mundialmente reconocido como el verdadero maestro del terror gótico y lo macabro. Su pluma oscura, atormentada y sumamente analítica revolucionó la literatura universal. No solo es el pionero indiscutible de los relatos de horror psicológico, en los que exploraba obsesivamente la muerte, el duelo y la locura de la mente humana, sino que también es el inventor del relato policial moderno. El legado de su atormentado genio perdura en obras maestras eternas como El cuervo, El corazón delator y La caída de la Casa Usher.

Donde el último chiste del bufón se escuchó entre las llamas

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