El hombre muerto de Horacio Quiroga: El impactante relato del último instante

"El hombre muerto" de Horacio Quiroga es un relato estremecedor que nos enfrenta a la absoluta trivialidad de la muerte en medio de la cotidianidad más serena. Con una maestría narrativa insuperable, Quiroga nos sumerge en los últimos instantes de vida de un hombre que, entre el sol abrasador y el aroma de su bananal, descubre que el universo no se detiene ante su partida.

Argumento de El hombre muerto

La historia nos sitúa en una apacible mañana en la selva misionera, donde un hombre trabajador cruza un alambrado con su machete en mano. Un tropiezo fortuito, un resbalón apenas perceptible, hace que el hierro se clave en su vientre, dándole un golpe mortal. Lo que sigue no es una agonía épica, sino una observación lúcida y pausada del entorno: el hombre ve su potrero, escucha a su hijo silbar a lo lejos y contempla su caballo malacara, dándose cuenta de que la vida continúa su curso con una indiferencia sublime mientras él, simplemente, se desvanece.

A través de esta crónica del último suspiro, el autor explora el contraste entre la conciencia humana y el mundo material. El protagonista, tendido contra un poste, intenta conciliar el hecho de que su realidad personal está llegando a su fin mientras todo lo que él construyó —su alambrado, su plantación, su familia— permanece intacto, ajeno a la tragedia que se despliega en el suelo.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

El hombre muerto

Horacio Quiroga

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo. Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía. El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento? Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir. ...

Moraleja de El hombre muerto

La moraleja de "El hombre muerto" reside en el reconocimiento de la asombrosa fragilidad humana frente a la imperturbable persistencia del universo. Quiroga nos enseña que la muerte no siempre llega con grandes estruendos, sino que puede ser un evento silencioso y casi imperceptible en el vasto lienzo de la vida. La reflexión cautivadora es que nuestro ego nos hace sentir el centro del mundo, pero la realidad nos demuestra que somos apenas un destello en la eternidad de la naturaleza; el sol seguirá brillando y los pájaros seguirán cantando, independientemente de nuestra presencia, lo que nos invita a valorar la intensidad del presente antes del inevitable silencio final.

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Frases de El hombre muerto

  • La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces que un día llegará a nuestra puerta.
  • ¿Qué ha cambiado? Nada. Y sin embargo, él es distinto.
  • Pero ahora ya no hay nada. No es nada más que la vida que se va.
  • ¡Qué tranquilidad! ¡Qué silencio! El sol está en su cenit.
  • El hombre y su cachife de bananos. El hombre y su alambrado. El hombre y su muerte.
  • Nada, absolutamente nada ha cambiado. ¡Qué bienestar, qué sol, qué paz!
  • Él está cansado, nada más. Pero el machete está allí, hundido en su vientre.

Curiosidades de El hombre muerto

Fue publicado originalmente en 1928, consolidando a Quiroga como un maestro del realismo psicológico.

El cuento destaca por su técnica de focalización interna, donde el lector experimenta la muerte de forma objetiva y subjetiva a la vez.

Refleja la obsesión del autor con la muerte accidental, un tema que marcó trágicamente su propia vida personal.

Sobre el autor de El hombre muerto

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Horacio Quiroga (1878-1937) fue un escritor uruguayo e icono de la literatura hispanoamericana. Conocido como el maestro del cuento, su obra transita entre el naturalismo y el modernismo, con una marcada influencia de Edgar Allan Poe. Vivió gran parte de su vida en la selva de Misiones, Argentina, entorno que inspiró sus relatos más célebres, donde la lucha entre el hombre y la naturaleza salvaje es una constante cargada de tragedia y fatalismo. Leer biografía.

La muerte no es nada más que la vida que se va

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