Los demonios de Fiódor Dostoievski: El apocalipsis moral del fanatismo ruso

Los demonios (también conocida habitualmente como Los endemoniados o Los poseídos) es una de las cuatro grandes y monumentales obras maestras de Fiódor Dostoievski. Escrita como una airada y clarividente respuesta al creciente terrorismo en la Rusia de 1870, la novela es un descenso asfixiante a las profundidades de la psicología criminal, el nihilismo y el peligro mortal de las ideologías sin raíz espiritual.

Argumento de Los demonios

La historia sacude los cimientos de una plácida y aburrida ciudad provincial rusa. Todo cambia drásticamente con la llegada de dos figuras magnéticas y oscuras: Nikolái Stavrogin, un aristócrata guapísimo, amoral, carente de empatía y absolutamente vacío por dentro; y Piotr Verjovenski, un fanático, cínico y manipulador líder de una célula revolucionaria nihilista. Piotr idolatra enfermizamente a Stavrogin y busca convertirlo en el falso ídolo o "Zar" de la sangrienta revolución que planea desatar en toda Rusia.

Utilizando engaños, chantajes y retorcidos juegos psicológicos, Piotr moviliza a un pequeño pero devoto grupo de seguidores (los "demonios") que incluyen suicidas filosóficos (Kiríllov) y exmilitares obsesionados. Su objetivo táctico es destruir sistemáticamente el orden moral de la ciudad organizando incendios, difamando autoridades y fomentando el asesinato a sangre fría para "unir a su grupo a través del derramamiento de sangre compartida". Dostoievski retrata con pavoroso realismo cómo las ideas modernas, al despojarse de Dios y de la compasión cristiana, "poseen" literalmente la mente de estos hombres, conduciéndolos a un torbellino de anarquía, asesinatos y suicidios que devora a inocentes y culpables por igual, dejando a su paso únicamente ruinas y locura.

Lectura:

Esta novela pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

Los demonios (Fragmento)

Fedor Dostoiewski

COMO INTRODUCCIÓN: Algunos entretelones de la vida del querido Stepan Trofimovich Verhovenski Puestos a dar comienzo al relato de los recientes y muy particulares sucesos ocurridos en nuestra ciudad —que hasta el momento no ha recibido ni ha merecido el mote de notable—, considero oportuno, por falta de pericia, retroceder hasta una época algo anterior y aportar ciertos detalles biográficos a propósito del querido e ingenioso Stepan Trofimovich Verhovenski. Estos datos deben ser entendidos como una introducción a la crónica que aquí se ofrece mientras queda para más adelante la historia que me propongo referir. Dicho sin rodeos: Stepan Trofimovich siempre había desempeñado entre nosotros un rol en cierto modo especial y, por así decirlo, cívico; rol que disfrutaba con pasión, hasta un punto tal que me atrevo a decir que sin él no habría podido vivir. No quiero decir con esto que fuera un histrión; Dios no lo permita, ya que le tengo un gran respeto. Es posible que todo sea cuestión de costumbre o, mejor dicho, de una propensión suya, tan notable como pertinaz, a fantasear, desde la infancia y con agrado, sobre lo bello y lo cívico de su posición. Por dar un ejemplo, se vanagloriaba siempre de su condición de «perseguido» y, si se permite la expresión, de «exiliado». Estas dos palabritas encierran cierto fulgor clásico que lo había deslumbrado de una vez para siempre y que, elevándolo gradualmente en la opinión que de sí mismo tenía, terminó ubicándolo en un pedestal tan alto como lisonjero para su vanidad. Hay una escena en cierta novela satírica inglesa del siglo pasado, en el que un tal Gulliver, que antes ha estado en el país de los liliputienses donde los habitantes no pasaban de tres pulgadas y media de altura, al volver a su tierra llegó a considerarse como un gigante hasta el punto de que, caminando por las calles de Londres, gritaba maquinalmente a los transeúntes y los carruajes que se quitasen de delante y cuidasen de que no los atropellase, imaginándose que él seguía siendo gigante y los otros liliputienses. Por eso se convirtió en el hazmerreír y en objeto de tremendos improperios. Más de un cochero zafio midió con su látigo las espaldas del gigante. ¿Eso estaba bien? ¿Hasta qué extremos puede conducirnos la costumbre? La costumbre llevó a un lugar similar al pobre Stepan Trofimovich, pero de un modo más inocente e inofensivo, si así cabe decirlo, porque se trataba de un buen hombre. Yo me inclino a creer que hacia el final todos y en todas partes le olvidaron; y, sin embargo, no cabe decir que antes fuera enteramente desconocido. No hay duda de que también él compartió algún tiempo el glorioso ideal de algunos prohombres de nuestra generación precedente y de que en cierto momento —aunque sólo en un breve instante— muchos irreflexivos de aquella época pronunciaban su nombre casi a la par de los de Chaadayev, Belinski, Granovski y Herzen —éste último acababa de irse a vivir al extranjero—. Ahora bien, la actividad de Stepan Trofimovich concluyó casi en el minuto mismo en que había empezado, como consecuencia, por así decirlo, de un «torbellino de circunstancias coincidentes». Bueno, ¿y qué? Pues que, como luego se vio, no solo no hubo «torbellino» sino ni siquiera «circunstancias», al menos en esa ocasión. Con gran asombro mío, pero de fuente absolutamente fidedigna, supe hace días que Stepan Trofimovich no solo no vivía entre nosotros, en nuestra provincia, en calidad de exiliado, como solíamos creer, sino que nunca estuvo vigilado. Después de esto, ¡júzguese de lo vigorosa que es la propia fantasía! Durante toda su vida creyó con sinceridad que era temido en ciertas esferas, continuamente, que sin pausa se le seguían y contaban los pasos, y que cada uno de los tres gobernadores que en nuestra provincia se habían sucedido en los últimos veinte años ya traía consigo, al llegar a ella para ocupar el cargo, cierta opinión preconcebida respecto de él, sugerida «desde arriba» al dársele posesión del gobierno. Si alguien hubiese asegurado entonces a Stepan Trofimovich que nada tenía que temer, se habría ofendido sin duda. Era, no obstante, hombre de aguda inteligencia y dotes sobresalientes, hombre de ciencia, si cabe definirlo así, aunque, bien mirado, en ciencia..., bueno, para decirlo de una vez, en ciencia no había hecho gran cosa, y según parece, nada en absoluto. Pero así sucede bastante a menudo con los hombres de ciencia aquí en Rusia. ...

Moraleja de Los demonios

La pavorosa y asombrosamente profética moraleja de "Los demonios" nos advierte que las peores monstruosidades de la humanidad jamás son cometidas por locos irracionales, sino por idealistas que se han desconectado completamente de la moral, la compasión y de Dios. Dostoievski nos enseña que cuando las ideologías utópicas deciden que "el fin justifica los medios", terminan inevitablemente usando el asesinato, el engaño y el terror como sus principales herramientas. La reflexión cautivadora de esta novela es revelarnos que cuando el hombre en su soberbia declara la muerte de Dios para ocupar su trono, no se convierte en un ser divino y libre, sino que es rápidamente "poseído" por los más crueles demonios del nihilismo y la autodestrucción.

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Frases de Los demonios

  • Si Dios no existe, entonces todo, absolutamente todo, está permitido; y ese es precisamente el comienzo del infierno.
  • Partiendo de la libertad más ilimitada y utópica, he llegado inevitablemente a la tiranía más monstruosa y absoluta.
  • No hay fuerza más poderosa para unir fuertemente a los hombres en un grupo que el secreto compartido de haber asesinado juntos.
  • Los verdaderos demonios no habitan en los avernos de fuego, sino que caminan elegantemente en las cabezas de nuestros jóvenes intelectuales.
  • Un intelecto superior que carece por completo de raíces éticas y amorosas, es como un relámpago que solo sirve para incendiar el bosque.
  • Destruirán el mundo entero con la noble excusa de que lo están salvando de su miseria, y bailarán sobre las cenizas creyéndose dioses.
  • El que se atreve a matarse a sí mismo solo para probar su libertad total, demuestra ser el esclavo más triste de su propia arrogancia.

Curiosidades de Los demonios

Dostoievski se inspiró directamente para escribir esta novela en un brutal suceso real ocurrido en 1869: el asesinato del estudiante ruso Iván Ivanov, mandado a matar por su propio líder intelectual (el terrorista Serguéi Necháyev) para infundir miedo y lealtad de sangre en su célula anarquista.

Debido a sus afiladas predicciones sobre cómo el socialismo radical derivaría inevitablemente en tiranías de terror y sangre, la obra fue odiada, censurada y mal vista durante gran parte de la Unión Soviética del siglo XX.

En la novela existe un capítulo extremadamente oscuro y escandaloso ("El capítulo de Tíjon" o "La confesión de Stavrogin") que fue censurado originalmente por sus editores debido a su contenido perturbador, publicándose íntegramente solo muchas décadas después.

Sobre el autor de Los demonios

Fiódor Mijáilovich Dostoievski (1821-1881) es uno de los mayores genios y novelistas de la historia de Rusia y de la literatura universal. Su obra es un abismo colosal de exploración psicológica, en la que radiografía con implacable profundidad el dolor humano, la redención, el nihilismo, la fe y la moralidad. Marcado trágicamente por su paso por el corredor de la muerte simulado y los años de crueles trabajos forzados en Siberia por ser asociado en su juventud a círculos intelectuales prohibidos, Dostoievski utilizó su torturada vida como materia prima para escribir inmortales obras maestras como Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov y El idiota.

Donde asesinar en nombre de una idea pura siempre deja las manos manchadas de sangre sucia

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