La misa del ateo de Honoré de Balzac: El milagro de la gratitud

La misa del ateo (La Messe de l'athée) es un relato corto e indispensable dentro de la inabarcable Comedia Humana de Honoré de Balzac. Esta joya literaria fusiona la frialdad del análisis científico con la más profunda ternura humana, explorando cómo la gratitud puede derribar las más férreas convicciones del intelecto.

Argumento de La misa del ateo

El respetado y brillante cirujano Desplein es una eminencia en todo París. Su fama se basa tanto en su absoluto genio médico como en su cinismo, materialismo y su declarado y feroz ateísmo. Sin embargo, su discípulo y amigo, el joven médico Horace Bianchon, se queda completamente estupefacto al descubrir, por pura casualidad, a su maestro arrodillado y orando fervorosamente en secreto durante una misa en la iglesia de Saint-Sulpice. Incapaz de contener su curiosidad ante semejante contradicción, Bianchon decide interrogar al viejo cirujano.

Desplein le confiesa entonces el secreto que define su vida: en su lejana juventud, siendo un estudiante de medicina asfixiado por la más absoluta y miserable pobreza, a punto de rendirse y morir de hambre, fue salvado por Bourgeat, un humilde e ignorante aguador. Bourgeat, un católico devoto, lo acogió en su pobre buhardilla, compartió su comida y gastó todos los ahorros de su dura vida para pagar los libros y estudios de Desplein, viéndolo como a un hijo. Tras la muerte de Bourgeat, Desplein, a pesar de no creer en Dios, decidió asistir a misa cuatro veces al año para pagar el servicio por el alma de su benefactor. El cirujano concluye que esta misa, pagada con el sudor de la ciencia, es el único altar donde su ateísmo se arrodilla ante la santidad incuestionable del sacrificio humano.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

La misa del ateo

Honoré de Balzac

Un médico al que debe la ciencia una hermosa teoría fisiológica, y que, joven aun, logró abrirse plaza entre las celebridades de la Escuela de París, centro de luces; al que rinden homenaje todos los médicos de Europa, el doctor Bianchon, ejerció la cirugía antes de dedicarse a la medicina. Sus primeros estudios fueron dirigidos por un gran cirujano francés, por el ilustre Desplein, que pasó para la ciencia con la rapidez de un meteoro. Según confesión de sus enemigos, Desplein se llevó a la tumba su método intransmisible. Como todos los hombres de genio, no tenía descendientes y se lo llevó todo consigo. La gloria de los cirujanos se parece a la de los actores, cuyo talento deja de apreciarse tan pronto como desaparecen, y cuya fama sólo dura lo que su vida. Los actores y los cirujanos, lo mismo que los grandes cantantes y los artistas que centuplican con su ejecución el poder de la música, sólo son héroes del momento. Desplein ofrece un ejemplo de la semejanza que existe entre el destino de estos genios transitorios. Su nombre, tan célebre ayer y tan olvidado hoy, permanecerá dentro de la especialidad a que se dedicó, sin franquear nunca sus límites. Pero ¿no es necesario que concurran circunstancias inauditas para que el nombre de un sabio pase del dominio de la ciencia, al dominio de la historia general de la humanidad? ¿Poseía Desplein esa universalidad de conocimientos que hacen de un hombre el verbo o la figura de un siglo? Desplein poseía un golpe de vista divino, penetraba la enfermedad y al enfermo con una intuición adquirida o natural que le permitía no engañarse nunca en los diagnósticos y determinar el momento preciso, la hora el minuto en que era necesario operar, sacando siempre partido de las circunstancias atmosféricas y de las particularidades del temperamento. Para marchar de este modo de acuerdo con la naturaleza ¿habría estudiado acaso la incesante misión de los seres y de las sustancias elementales, contenidas en la atmósfera o que provee la tierra al hombre que las absorbe y las prepara para sacar de ellas un jugo particular? ¿Procedía, acaso, con ese poder de deducción y analogía a que es debido el genio de Cuvier? Sea de ello lo que fuere es lo cierto que este hombre se había hecho el confidente de la carne y la comprendía lo mismo en su pasado que en su porvenir, basándose en el presente. Pero ¿ha resumido toda la ciencia en su persona como lo hicieron Hipócrates, Galeno y Aristóteles? ¿Condujo toda una escuela hacia nuevos mundos? No. Si es imposible negar a este perpetuo observador de la química humana la antigua ciencia del magismo, es decir, el conocimiento de los principios en fusión las causas de la vida, la vida antes de la vida, lo que ha de ser antes de ser, es preciso confesar, para ser justo que, desgraciadamente, todo en él fue personal; aislado toda su vida por el egoísmo, el egoísmo mata hoy su gloria. Su tumba no está provista de la estatua sonora que repite al porvenir los misterios que el genio establece a expensas suyas. Pero sin duda el talento de Desplein era solitario de sus creencias y, por consiguiente, mortal. Para él, la atmósfera terrestre era un saco generador, veía la tierra como un huevo en su cascarón y no pudiendo saber quién era primero en el orden de la existencia, si el huevo o la gallina, no admitió ni lo uno ni lo otro. No creía ni en el animal anterior ni en el espíritu posterior al hombre. Desplein no estaba en la duda, afirmaba. Su ateísmo puro y franco se pareció al de muchos sabios, que son la mejor gente del mundo, pero que niegan la existencia de Dios del mismo modo que algunas gentes religiosas niegan la posibilidad de que pueda haber ateos. Esta opinión no tiene nada de particular en un hombre acostumbrado desde sus primeros años a disecar el ser por excelencia, antes, durante y después de la vida, y a escudriñar todos sus órganos sin encontrar en ellos esa alma única, tan necesaria para todas las teorías religiosas. Reconociendo en el hombre un centro cerebral, un centro nervioso y un centro aéreo-sanguíneo, de los cuales, los dos primeros se suplen tan bien uno al otro, que tuvo en los últimos días de su vida la firme convicción de que el sentido del oído no era absolutamente necesario para oír, ni el sentido de la vista absolutamente necesario para ver y que el plexo solar lo reemplazaba sin duda alguna, Desplein se confirmó en su ateísmo con este hecho, a pesar de no tener ninguna relación con Dios. Según se dice, este hombre murió en la impenitencia final en que mueren, desgraciadamente, muchos hermosos genios a los que ojalá Dios quiera perdonar. Empleando la misma frase de sus enemigos, diremos que la vida de este hombre ofrecía muchas pequeñeces, o mejor dicho, muchos contrasentidos aparentes. Sin conocer nunca los móviles que hacen obrar a ciertos espíritus superiores, los envidiosos o los necios echan mano inmediatamente de ciertas contradicciones superficiales para hacer un acto de acusación, por el cual les hacen figurar momentáneamente. Si más tarde el éxito corona las combinaciones atacadas poniendo de manifiesto la correlación de los preparativos y de los resultados, siempre subsisten, poco o mucho, las calumnias que le precedieron. Igualmente, en nuestros días, Napoleón fue condenado por nuestros contemporáneos cuando desplegaba las alas de su águila sobre Inglaterra, y hubiera sido preciso el 1822 para explicar el 1804 y las bateas de Bolonia. Siendo la gloria y la ciencia de Desplein inatacables, sus enemigos criticaban la rareza de su humor y de su carácter, siendo así que lo que tenía el gran cirujano era sencillamente lo que los ingleses llaman excentricity. Vestido a veces elegantemente, como Crebillon, el trágico, demostraba de pronto una singular indiferencia en su manera de vestir y tan pronto se le veía en coche como a pie. Tan pronto brusco como amable, áspero y avaro en apariencia, pero capaz de ofrecer su fortuna a sus maestros desterrados que le hicieron el honor de aceptarla por algún tiempo, ningún hombre ha inspirado ni ha sido objeto de juicios más contradictorios. Aunque capaz para lograr una condecoración, que los médicos no debieran solicitar con intrigas y de dejar caer en la corte un libro de oraciones de su bolsillo, no dudéis de que en su interior se burlaba de todo y que sentía un profundo desprecio por los hombres, después de haberlos observado de arriba a abajo y después de haberlos comprendido tal cual son en medio de los actos más solemnes y más mezquinos de la vida. En los grandes hombres, las cualidades suelen guardar proporción. Si, entre esos colosos, existe alguno que tiene más talento que gracia, su gracia es aún mayor que la de aquel de quien se dice únicamente: «Es un hombre muy gracioso». Todo genio supone, necesariamente, un don de segunda vista, una vista moral. Esta vista puede aplicarse a alguna especialidad; pero el que ve la flor puede ver el sol. El que oyó a un diplomático salvado por él: «¿Cómo está el Emperador?» y le respondió: «El cortesano vuelve, el hombre sabrá abrirse paso», éste no es solamente cirujano o médico, sino que es también prodigiosamente ocurrente. Así pues, el observador paciente y asiduo de la humanidad legitimará las exorbitantes pretensiones de Desplein y le creerá, como se creía él mismo, apto para ser tan buen ministro como buen médico. Entre los enigmas que ofrece a los ojos de sus contemporáneos la vida de Desplein, hemos escogido uno de los más interesantes, porque su solución se encontrará al final del relato, vengándole de ciertas acusaciones. ...

Moraleja de La misa del ateo

La inmensa y emotiva moraleja de "La misa del ateo" nos demuestra que la gratitud es, por derecho propio, la religión más pura y universal del ser humano. Balzac nos enseña que el intelecto y la ciencia pueden negar la existencia de los cielos, pero el corazón humano es incapaz de ignorar el sacrificio de quienes nos amaron. La reflexión cautivadora de esta historia es que no hace falta compartir las creencias de una persona para honrar su memoria; y que el homenaje más sublime que puede existir en este mundo es aquel en el que un hombre doblega sus propias e inquebrantables convicciones intelectuales, únicamente por amor y agradecimiento a la bondad ajena.

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Frases de La misa del ateo

  • El bisturí puede revelar todos los nervios del cuerpo humano, pero es incapaz de encontrar la inmensa grandeza de la gratitud.
  • No hay dogma ni templo que pueda superar en santidad al pan que un hombre pobre comparte con quien se muere de hambre.
  • Me arrodillo en esa iglesia no para buscar a mi Dios, sino para honrar ciegamente al Dios del hombre que me salvó la vida.
  • La ciencia me enseñó a dudar de todo el universo, excepto de la deuda eterna que mi corazón ha contraído con la bondad.
  • Aquel ignorante aguador fue mi única academia, mi familia y la religión más pura que jamás haya conocido la ciudad de París.
  • El cinismo es una armadura de hielo que se derrite irremediablemente ante el fuego de un recuerdo verdaderamente noble.
  • Si alguna vez llega al paraíso, espero que ese humilde trabajador mire hacia abajo y vea que el orgullo de la ciencia se inclinó ante su fe.

Curiosidades de La misa del ateo

El relato está dedicado por Honoré de Balzac a su amigo íntimo, el doctor Auguste Roux, quien sirvió en gran medida como inspiración para el complejo, frío y a la vez tierno personaje del eminente doctor Desplein.

El cuento se inscribe en las "Escenas de la vida privada" de La Comedia Humana. El personaje de Horace Bianchon es el médico recurrente por excelencia de toda la obra de Balzac, apareciendo en docenas de otras novelas del autor cuidando a personajes a punto de morir.

En la Francia del siglo XIX, la dicotomía y la enorme tensión entre la ciencia positivista ascendente y la religión católica tradicional era un tema de acalorado debate, que Balzac resuelve magistralmente uniendo ambas corrientes mediante la fuerza del amor fraternal.

Sobre el autor de La misa del ateo

Honoré de Balzac (1799-1850) fue un monumental novelista francés y el principal representante, fundador y maestro del realismo literario europeo. Conocido por su inagotable y extenuante capacidad de trabajo (escribía hasta 15 horas diarias impulsado por el café negro), concibió un proyecto literario gigantesco titulado La comedia humana. Este inmenso ciclo literario, compuesto por cerca de un centenar de novelas interconectadas, pretendía describir y catalogar absolutamente todas las clases sociales y arquetipos de la sociedad francesa de su tiempo. Entre sus inmortales obras destacan Papá Goriot, Eugenia Grandet y Las ilusiones perdidas.

Donde el intelecto rechaza a Dios, pero el corazón venera eternamente al prójimo

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