El pájaro verde de Juan Valera: Un mágico cuento de hadas oriental y redención
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El pájaro verde es uno de los relatos cortos más hermosos, imaginativos y celebrados de Juan Valera. Alejándose del realismo estricto de sus novelas largas, el autor andaluz se sumerge de lleno en el universo del cuento de hadas oriental y la literatura fantástica, creando una narración que desborda poesía, magia, simbolismo moral y romanticismo puro.
Argumento de El pájaro verde
En un reino oriental de esplendorosa belleza, vive una princesa que es la alegría de su anciano padre, el rey. Sin embargo, una profunda tristeza invade el palacio cuando la joven se enamora perdidamente de un misterioso y hermoso pájaro de deslumbrante plumaje verde esmeralda. El ave la visita cada noche, demostrando una inteligencia superior y una inmensa devoción. Lo que la corte desconoce es que el pájaro verde es en realidad un apuesto príncipe de un reino vecino, víctima de una terrible y oscura maldición lanzada por envidias cortesanas, que lo condena a vivir encerrado en un cuerpo animal.
El conflicto se recrudece cuando un villano envidioso, consejero del palacio, descubre el secreto del pájaro y prepara una trampa mortal colocando cuchillas afiladas en la ventana de la princesa. El pájaro acude a su cita nocturna y resulta gravemente herido, derramando su sangre. Creyéndolo muerto, la princesa queda sumida en la desolación. Sin embargo, a través de la magia del amor verdadero, la persistencia de los fieles sirvientes y las propiedades curativas de la devoción incondicional, el maleficio logra finalmente ser revertido. En un desenlace lleno de luz, triunfo y redención, el ave recobra su forma humana original, los villanos reciben su justo castigo, y el príncipe y la princesa unen sus reinos en matrimonio, devolviendo la paz al mundo.
Lectura:
Este cuento pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El pájaro verde
Juan Valera
Hubo, en época muy remota de esta en que vivimos, un poderoso rey, amado con extremo de sus vasallos y poseedor de un fertilísimo, dilatado y populoso reino allá en las regiones de Oriente. Tenía este rey inmensos tesoros y daba fiestas espléndidas. Asistían en su corte las más gentiles damas y los más discretos y valientes caballeros que entonces había en el mundo. Su ejército era numeroso y aguerrido. Sus naves recorrían como en triunfo el Océano. Los parques y jardines, donde solía cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad y por la copia de alimañas y de aves que en ellos se alimentaban y vivían.
Pero ¿qué diremos de sus palacios y de lo que en sus palacios se encerraba, cuya magnificencia excede a toda ponderación? Allí muebles riquísimos, tronos de oro y de plata y vajillas de porcelana, que era entonces menos común que ahora; allí enanos, gigantes, bufones y otros monstruos para solaz y entretenimiento de Su Majestad; allí cocineros y reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal, y allí no menos profundos y eminentes filósofos, poetas y jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espíritu, que concurrían a su consejo privado, que decidían las cuestiones más arduas de derecho, que aguzaban y ejercitaban el ingenio con charadas y logogrifos, y que cantaban las glorias de la dinastía en colosales epopeyas.
Los vasallos de este rey le llamaban con razón el Venturoso. Todo iba de bien en mejor durante su reinado. Su vida había sido un tejido de felicidades, cuya brillantez empañaba solamente con negra sombra de dolor la temprana muerte de la señora reina, persona muy cabal y hermosa, a quien Su Majestad había querido con todo su corazón. Imagínate, lector, lo que la lloraría, y más habiendo sido él, por el mismo acendrado cariño que la tenía, causa inocente de su muerte.
Cuentan las historias de aquel país que ya llevaba el rey siete años de matrimonio sin lograr sucesión, aunque vehementemente la deseaba, cuando ocurrieron unas guerras en país vecino. El rey partió con sus tropas; pero antes se despidió de la señora reina con mucho afecto. Esta, dándole un abrazo, le dijo al oído:
—No se lo digas a nadie para que no se rían si mis esperanzas no se logran; pero me parece que estoy encinta.
La alegría del rey con esta nueva no tuvo límites, y como todo le sale bien al que está alegre, él triunfó de sus enemigos en la guerra, mató por su propia mano a tres o cuatro reyes que le habían hecho no sabemos qué mala pasada, asoló ciudades, hizo cautivos y volvió cargado de botín y de gloria a la hermosa capital de su monarquía.
Habían pasado en esto algunos meses; así es que, al atravesar el rey con gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud y el repiqueteo de las campanas, la reina estaba pariendo, y parió con felicidad y facilidad, a pesar del ruido y agitación y aunque era primeriza.
...
¡Qué gusto tan pasmoso no tendría Su Majestad cuando, al entrar en la real cámara, el comadrón mayor del reino le presentó a una hermosa princesa que acababa de nacer! El rey dio un beso a su hija, y se dirigió lleno de júbilo, de amor y de satisfacción al cuarto de la señora reina, que estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de mayo.
—¡Esposa mía! —exclamó el rey, y la estrechó entre sus brazos. Pero el rey era tan robusto y era tan viva la efusión de su ternura, que sin más ni menos ahogó sin querer a la reina. Entonces fueron los gritos, la desesperación y el llamarse a sí propio animal, con otras elocuentes muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucitó la reina, la cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se diría que aún vagaba sobre sus labios. Por ellos, sin duda, había volado el alma envuelta en un suspiro de amor, y orgullosa de haber sabido inspirar cariño bastante para producir aquel abrazo. ¡Qué mujer verdaderamente enamorada no envidiará la suerte de esta reina!
El rey probó el mucho cariño que le tenía, no sólo en vida de ella, sino después de su muerte. Hizo voto de viudez y de castidad perpetuas, y supo cumplirle. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que aun dicen que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la literatura nacional. La corte estuvo tres años de luto. Del mausoleo que se levantó a la reina sólo fue posteriormente el de Caria un mezquino remedo.
Pero como, según dice el refrán, no hay mal que dure cien años, el rey, al cabo de un par de años, sacudió la melancolía, y se creyó tan venturoso o más venturoso que antes. La reina se le aparecía en sueños, y le decía que estaba gozando de Dios, y la princesita crecía y se desarrollaba que era un contento.
Al cumplir la princesita los quince años era, por su hermosura, entendimiento y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el asombro de cuantos la oían. El rey la hizo jurar heredera del trono, y trató luego de casarla.
Más de quinientos correos de gabinete, caballeros en sendas cebras de posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para otras tantas cortes, invitando a todos los príncipes a que viniesen a pretender la mano de la princesa, la cual había de escoger entre ellos al que más le gustase.
La fama de su portentosa hermosura había recorrido ya el mundo todo; de suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes cortes, no había príncipe, por ruin y parapoco que fuese, que no se decidiera a ir a la capital del rey Venturoso, a competir en justas, torneos y ejercicios de ingenio por la mano de la princesa. Cada cual pedía al rey su padre armas, caballos, su bendición y algún dinero, con lo cual, al frente de una brillante comitiva, se ponía en camino.
Era de ver cómo iban llegando a la corte de la princesita todos estos altos señores. Eran de ver los saraos que había entonces en los palacios reales. Eran de admirar, por último, los enigmas que los príncipes se proponían para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escribían; las serenatas que daban; los combates del arco, del pugilato y de la lucha, y las carreras de carros y de caballos, en que procuraba cada cual salir vencedor de los otros y ganarse el amor de la pretendida novia.
Pero ésta, que, a pesar de su modestia y discreción, estaba dotada, sin poderlo remediar, de una índole arisca, descontentadiza y desamorada, abrumaba a los príncipes con su desdén, y de ninguno de ellos se le importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus ejercicios caballerescos, ni oír sus serenatas, ni sonreír agradecida a sus versos de amor. Los magníficos regalos que cada cual le había traído de su tierra estaban arrinconados en un zaquizamí del regio alcázar.
La indiferencia de la princesa era glacial para todos los pretendientes. Sólo uno, el hijo del Kan de Tartaria, había logrado salvarse de su indiferencia para incurrir en su odio. Este príncipe adolecía de una fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuos, las mejillas y la barba salientes, crespo y enmarañado el pelo, rechoncho y pequeño el cuerpo, aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso. Ni las personas más inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo principal blanco de ellas el ministro de Negocios Extranjeros del rey Venturoso, cuya gravedad, entono y cortas luces, así como lo detestablemente que hablaba el sanscrito, lengua diplomática de entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes.
Así andaban las cosas, y las fiestas de la corte eran más brillantes cada día. Los príncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser queridos; el rey Venturoso rabiaba al ver que su hija no acababa de decidirse, y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno, salvo del príncipe tártaro, de quien con sus pullas y declarado aborrecimiento vengaba con usura al famoso ministro de su padre.
II
Aconteció, pues, que la princesa, en una hermosa mañana de primavera, estaba en su tocador. La doncella favorita peinaba sus dorados, largos y suavísimos cabellos. Las puertas de un balcón, que daba al jardín, estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con él el aroma de las flores.
Parecía la princesa melancólica y pensativa y no dirigía ni una sola palabra a su sierva.
Esta tenía ya entre sus manos el cordón con que se disponía a enlazar la áurea crencha de su ama, cuando a deshora entró por el balcón un preciosísimo pájaro, cuyas plumas parecían de esmeralda, y cuya gracia en el vuelo dejó absortas a la señora y a su sirvienta. El pájaro, lanzándose rápidamente sobre esta última, le arrebató de las manos el cordón y volvió a salir volando de aquella estancia.
Todo fue tan instantáneo, que la princesa apenas tuvo tiempo de ver al pájaro; pero su atrevimiento y su hermosura le causaron la más extraña impresión.
Pocos días después, la princesa, para distraer sus melancolías, tejía una danza con sus doncellas, en presencia de los príncipes. Estaban todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sintió la princesa que se le desataba una liga, y, suspendiendo el baile, se dirigió con disimulo a un bosquecillo cercano para atársela de nuevo. Descubierta tenía ya Su Alteza la bien torneada pierna, había estirado ya la blanca media de seda y se preparaba a sujetarla con la liga que tenía en la mano, cuando oyó un ruido de alas, y vio venir hacia ella el pájaro verde, que le arrebató la liga en el ebúrneo pico y desapareció al punto. La princesa dio un grito y cayó desmayada.
Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvió en sí, y lo primero que dijo fue:
—Que me busquen el pájaro verde..., que me le traigan vivo..., que no le maten..., yo quiero poseer vivo el pájaro verde!
Mas en balde le buscaron los príncipes. En balde, a pesar de lo mandado por la princesa de que no se pensase en matar el pájaro verde, se soltaron contra él neblíes, sacres, gerifaltes y hasta águilas caudales, domesticadas y adiestradas en la cetrería. El pájaro verde no pareció ni vivo ni muerto.
El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la princesa y acrecentaba su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los príncipes era que no valían para nada.
Apenas vino el día, se alzó del lecho, y en ligeras ropas de levantar, sin corsé ni miriñaque, más hermosa e interesante en aquel deshabillé, pálida y ojerosa, se dirigió con su doncella favorita a lo más frondoso del bosque que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el sepulcro de su madre. Allí se puso a llorar y a lamentar su suerte.
—¿De qué me sirven —decía— todas mis riquezas, si las desprecio; todos los príncipes del mundo, si no los amo; de qué mi reino, si no te tengo a ti, madre mía, y de qué todos mis primores y joyas, si no poseo el hermoso pájaro verde?
Con esto, y como para consolarse algo, desenlazó el cordón de su vestido y sacó del pecho un rico guardapelo, donde guardaba un rizo de su madre, que se puso a besar. Mas apenas empezó a besarle, cuando acudió más rápido que nunca el pájaro verde, tocó con su ebúrneo pico los labios de la princesa y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había reposado contra su corazón, y en tan oculto y deseado lugar había permanecido. El robador desapareció en seguida, remontando el vuelo y perdiéndose en las nubes.
Esta vez no se desmayó la princesa; antes bien, se paró muy colorada y dijo a la doncella:
—Mírame, mírame los labios; ese pájaro insolente me los ha herido, porque me arden.
La doncella los miró y no notó picadura ninguna; pero indudablemente el pájaro había puesto en ellos algo de ponzoña, porque el traidor no volvió a aparecer en adelante, y la princesa fue desmejorándose por grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la consumía, y casi no hablaba sino para decir:
—Que no le maten... que me le traigan vivo... yo quiero poseerle.
— Juan Valera
Moraleja de El pájaro verde
La encantadora moraleja de "El pájaro verde" resplandece como un himno a la constancia, la pureza y el sacrificio del amor. Juan Valera nos enseña magistralmente que la envidia y la traición pueden adoptar formas terribles, llegando a desfigurar a quienes amamos o imponiéndoles barreras que parecen imposibles de cruzar. La reflexión cautivadora de este mágico cuento de hadas es demostrarnos que, por muy oscuro que sea el hechizo o profundo el corte de los cuchillos de la maldad ajena, el amor incondicional y la esperanza jamás pierden su inmenso poder restaurador, capaces de romper cualquier maldición y de devolvernos la libertad.
El amor no requiere de palacios ni figuras de príncipes para brillar; basta con un par de alas y un canto leal en medio de la noche.
La brujería puede atrapar el cuerpo bajo la apariencia de una bestia, pero jamás tendrá el poder de someter el alma de un hombre honrado.
La envidia de los cortesanos corta muchísimo más y más hondo que los cuchillos escondidos en la celosía de la ventana.
Sus lágrimas derramadas con pureza fueron el antídoto divino que deshizo en pedazos la oscuridad de la traición.
Nadie creyó que la salvación del gran reino colgara, frágilmente, de las plumas esmeraldas de una pequeña avecilla herida.
Aquel que sabe aguardar sufriendo por amor, está forjando la más resplandeciente de las coronas reales.
Bajo la forma del pájaro verde no latía un animal, sino la inmensa tragedia de un corazón que se negó rotundamente a olvidar.
Curiosidades de El pájaro verde
Juan Valera se inspiró fuertemente en su profunda erudición sobre cuentos populares europeos ("El pájaro azul" de la autora francesa Madame d'Aulnoy) y narraciones de tradición oral oriental (Las mil y una noches) para dotar al texto de su mágico y exótico sabor clásico.
El cuento destaca en la literatura española por alejarse diametralmente de la corriente realista y naturalista de moda en su época, reafirmando a Juan Valera como un "idealista estético" que creía que el arte debía buscar siempre la belleza y la fantasía pura.
A pesar de ser considerado "infantil" por su formato de cuento de hadas, el lenguaje sumamente depurado, culto, rico y sutilmente irónico de Valera convierte esta obra en un clásico atemporal muy apreciado por lectores adultos.
Sobre el autor de El pájaro verde
Juan Valera (1824-1905) fue un destacado escritor, pensador, ensayista, diplomático y político español. En abierto y total rechazo a los excesos patéticos del romanticismo y a la asfixiante y cruda fealdad del naturalismo extremo imperante en Europa, Valera apostó por cultivar un "realismo estético". Buscaba retratar un mundo verosímil, pero siempre iluminado y suavizado por la gracia, la belleza formal y un finísimo sentido del humor. Esta brillante elegancia estilística cimentó su inmensa fama, siendo el autor inmortal de la celebrada novela Pepita Jiménez, considerada una de las obras cumbre de la literatura española del siglo XIX.
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