El hombre de la máscara de hierro de Dumas: El prisionero que hizo temblar un imperio
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El hombre de la máscara de hierro es la cumbre épica, dramática y melancólica con la que el genio de Alejandro Dumas cierra definitivamente el mítico ciclo de "Los tres mosqueteros". Esta deslumbrante novela histórica nos sumerge en las oscuras entrañas del absolutismo francés, donde la lealtad de los viejos héroes será puesta a prueba hasta la mismísima muerte por culpa del secreto más peligroso del reino.
Argumento de El hombre de la máscara de hierro
El brillante, manipulador y ambicioso Aramis (ahora obispo de Vannes e influyente miembro de los jesuitas) ha descubierto un secreto de Estado capaz de hacer temblar a toda Francia: el cruel y frívolo rey Luis XIV tiene un hermano gemelo idéntico, llamado Philippe. Para evitar una sangrienta guerra de sucesión, este gemelo fue apartado al nacer y ha vivido toda su vida pudriéndose en el más oscuro anonimato dentro de la prisión de La Bastilla, con su rostro condenado a permanecer eternamente oculto bajo una espantosa máscara de hierro. Movido por la sed de poder y creyendo que Philippe sería un gobernante más justo, Aramis idea un plan maestro: liberar al prisionero y sustituir en secreto al mismísimo Rey de Francia durante una opulenta fiesta en el palacio de Vaux-le-Vicomte.
El plan se ejecuta con una precisión aterradora, y Philippe ocupa brevemente el trono mientras Luis XIV es arrojado a las mazmorras. Sin embargo, la traición es descubierta. El honorable D'Artagnan, ahora capitán de los mosqueteros del rey, se ve atrapado en el más doloroso de los dilemas morales: debe elegir entre su juramento sagrado e inquebrantable de lealtad a la corona y el amor profundo por sus antiguos amigos (Aramis, Porthos y Athos), quienes ahora son declarados traidores al Estado. El clímax de la novela es una tragedia desgarradora donde la vieja gloria de los mosqueteros se enfrenta a los cañones de un mundo moderno y despótico que ya no tiene espacio para el honor romántico, sellando para siempre el destino del infortunado prisionero de la máscara.
Lectura:
Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El hombre de la máscara de hierro
Alejandro Dumas
TRES COMENSALES ADMIRADOS DE COMER JUNTOS
Al llegar la carroza ante la puerta primera de la Bastilla, se paró a intimación de un centinela, pero en cuanto D’Artagnan hubo dicho dos palabras, levantóse la consigna y la carroza entró y tomó hacia el patio del gobierno.
D’Artagnan, cuya mirada de lince lo veía todo, aun al través de los muros, exclamó de repente:
—¿Qué veo?
—¿Qué veis, amigo mío? —preguntó Athos con tranquilidad.
—Mirad allá abajo.
—¿En el patio?
—Sí, pronto.
—Veo una carroza; habrán traído algún desventurado preso como yo.
—Apostaría que es él, Athos.
—¿Quién?
—Aramis.
—¡Qué! ¿Aramis preso? No puede ser.
—Yo no os digo que esté preso, pues en la carroza no va nadie más.
—¿Qué hace aquí, pues?
—Conoce al gobernador Baisemeaux —respondió D’Artagnan con socarronería—, llegamos a tiempo.
—¿Para qué?
—Para ver.
...
—Siento de veras este encuentro —repuso Athos—, al verme, Aramis se sentirá contrariado, primeramente de verme, y luego de ser visto.
—Muy bien hablado.
—Por desgracia, cuando uno encuentra a alguien en la Bastilla, no hay modo de retroceder.
—Se me ocurre una idea, Athos —repuso el mosquetero—, hagamos por evitar la contrariedad de Aramis.
—¿De qué manera?
—Haciendo lo que yo os diga, o más bien dejando que yo me explique a mi modo. No quiero recomendaros que mintáis, pues os sería imposible.
—Entonces...
—Yo mentiré por dos, como gascón que soy.
Athos se sonrió.
Entretanto la carroza se detuvo al pie de la puerta del gobierno.
—¿De acuerdo? —preguntó D’Artagnan en voz queda.
Athos hizo una señal afirmativa con la cabeza, y, junto con D’Artagnan, echó escalera arriba.
—¿Por qué casualidad?... —dijo Aramis.
—Eso iba yo a preguntaros —interrumpió D’Artagnan.
—¿Acaso nos constituimos presos todos? —exclamó Aramis esforzándose en reírse.
—¡Je! ¡je! —exclamó el mosquetero—, la verdad es que las paredes huelen a prisión, que apesta. Señor de Baisemeaux, supongo que no habéis olvidado que el otro día me convidasteis a comer.
—¡Yo! —exclamó el gobernador.
—¡Hombre! no parece sino que os toma de sorpresa. ¿Vos no lo recordáis?
Baisemeaux miró a Aramis, que a su vez le miró también a él, y acabó por decir con tartamuda lengua:
—Es verdad... me alegro... pero... palabra... que no... ¡Maldita sea mi memoria!
—De eso tengo yo la culpa —exclamó D’Artagnan haciendo que se enfadaba.
—¿De qué?
—De acordarme por lo que se ve.
—No os formalicéis, capitán —dijo Baisemeaux abalanzándose al gascón—, soy el hombre más desmemoriado del reino. Sacadme de mi palomar, y no soy bueno para nada.
—Bueno, el caso es que ahora lo recordáis, ¿no es eso? —repuso D’Artagnan con la mayor impasibilidad.
—Sí, lo recuerdo —respondió Baisemeaux titubeando.
—Fue en palacio donde me contasteis qué sé yo que cuentos de cuentas con los señores Louvieres y Tremblay.
—Ya, ya. Y respecto a las atenciones del señor de Herblay para con vos.
—¡Ah! —exclamó Aramis mirando de hito en hito al gobernador—, ¿y vos decís que no tenéis memoria, señor Baisemeaux?
—Sí, esto es, tenéis razón —dijo el gobernador interrumpiendo a D’Artagnan—, os pido mil perdones. Pero tened por entendido señor de D’Artagnan que, convidado o no, ahora y mañana, y siempre, sois el amo de mi casa, como también lo son el señor de Herblay y el caballero que os acompaña.
—Esto ya lo daba yo por sobreentendido —repuso D’Artagnan—, y como esta tarde nada tengo que hacer en palacio, venía para catar vuestra comida, cuando por el camino me he encontrado con el señor conde.
Athos asintió con la cabeza.
—Pues sí, el señor conde, que acababa de ver al rey, me ha entregado una orden que exige pronta ejecución; y como nos encontrábamos aquí cerca, he entrado para estrecharos la mano y presentaros al caballero, de quien me hablasteis tan ventajosamente en palacio la noche misma en que...
Ya sé, ya sé. El caballero es el conde de La Fere, ¿no es verdad?
—El mismo.
—Bien llegado sea el señor conde —dijo Baisemeaux.
—Se queda a comer con vosotros —prosiguió D’Artagnan—, mientras yo, voy adonde me llama el servicio.
Y suspirando como Porthos pudiera haberlo hecho, añadió:
—¡Oh vosotros, felices mortales!
—¡Qué! ¿os vais? —dijeron Aramis y Baisemeaux a una e impulsados por la alegría que les proporcionaba aquella sorpresa, y que no fue echada en saco roto por el gascón.
—En mi lugar os dejo un comensal noble y bueno.
—¡Cómo! —exclamó el gobernador—, ¿os perdemos?
—Os pido una hora u hora y media. Estaré de vuelta a los postres.
—Os aguardaremos —dijo Baisemeaux.
—Me disgustaríais.
—¿Volveréis? —preguntó Athos con acento de duda.
—Sí —respondió D’Artagnan estrechando confidencialmente la mano a su amigo. Y en voz baja, añadió:
—Aguardadme, poned buena cara, y sobre todo no habléis más que de cosas triviales.
Baisemeaux condujo a D’Artagnan hasta la puerta. Aramis, decidido a sonsacar a Athos, le colmó de halagos, pero Athos poseía en grado eminentísimo todas las virtudes. De exigirlo la necesidad, hubiera sido el primer orador del mundo, pero también habría muerto sin articular una sílaba, de requerirlo las circunstancias.
Los tres comensales se sentaron, a una mesa servida con el más substancial lujo gastronómico.
Baisemeaux fue el único que tragó de veras; Aramis picó todos los platos, Athos sólo comió sopa y una porcioncilla de los entremeses. La conversación fue lo que debía ser entre hombres tan opuestos de carácter y de proyectos.
Aramis no cesó de preguntarse por qué singular coincidencia se encontraba Athos en casa de Baisemeaux, cuando D’Artagnan estaba ausente, y por qué estaba ausente D’Artagnan, y Athos se había quedado. Athos sondeó hasta lo más hondo el pensamiento de Aramis, subterfugio e intriga viviente, y vio como en un libro abierto que el prelado le ocupaba y preocupaba algún proyecto de importancia. Luego consideró en su corazón, y se preguntó a su vez por qué D’Artagnan se saliera tan aprisa y por manera tan singular de la Bastilla, dejando allí un preso tan mal introducido y peor inscrito en el registro.
Pero sigamos a D’Artagnan que, al subirse otra vez en su carroza, gritó al oído del cochero:
—¡A PALACIO Y A ESCAPE!
Lo que pasaba en el Louvre durante la cena de la Bastilla. Saint-Aignán, por encargo del rey, había visto a La Valiére; pero por mucha que fuese su elocuencia, no pudo persuadir a Luisa de que el rey tuviese un protector tan poderoso como eso, y de que no necesitaba de persona alguna en el mundo cuando tenía de su parte al soberano.
En efecto, no bien hubo el confidente manifestado que estaba descubierto el famoso secreto, cuando Luisa, deshecha en llanto, empezó a lamentarse y a dar muestras de un dolor que no le habría hecho mucha gracia al rey si hubiese podido presenciar la escena.
Saint-Aignán, embajador, se lo contó todo al rey con todos sus pelos y señales.
—Pero bien —repuso Luis cuando Saint-Aignán se hubo explicado—, ¿qué ha resuelto Luisa? ¿La veré a lo menos antes de cenar? ¿Vendrá o será menester que yo vaya a su cuarto?
—Me parece, Sire, que si deseáis verla, no solamente deberéis dar los primeros pasos, mas también recorrer todo el camino.
—¡Nada para mí! ¡Ah! ¡muy hondas raíces tiene echadas en su corazón ese Bragelonne! —dijo el soberano.
—No puede ser eso que decís, Sire, porque...
—Sí, Sire, pero...
—¿Qué? —interrumpió con impaciencia el monarca.
—...Pero advirtiéndome que, de no hacerlo yo, lo arrestaría vuestro capitán de guardias.
—¿No os dejaba en buen lugar desde el instante en que no os obligaba?
—Sí a mí, Sire, pero no a mi amigo.
—¿Por qué no?
—Es más claro que la luz, porque fuese arrestado por mí o por el capitán de guardias, para mi amigo el resultado era el mismo.
—¿Y esa es vuestra devoción, señor de D’Artagnan? ¿una devoción que razona y escoge? Vos no sois soldado.
—Espero que Vuestra Majestad me diga qué soy.
—¡Un frondista!
—En tal caso desde que se acabó la Fronda, Sire...
—¡Ah! Si lo que decís es cierto...
—Siempre es cierto lo que digo, Sire.
—¿A qué habéis venido? Vamos a ver.
—A deciros que el señor conde de La Fere está en la Bastilla.
—No por vuestro gusto, a fe mía.
—Es verdad, Sire: pero está allí, y pues allí está, importa que Vuestra Majestad lo sepa.
—¡Señor de D’Artagnan! ¡estáis provocando a vuestro rey!
—Sire...
—¡Señor de D’Artagnan! ¡estáis abusando de mi paciencia!
—Al contrario, Sire.
—¡Cómo! ¿al contrario decís?
—Sí, Sire: porque he venido para hacer que también me arresten a mí.
—¡Para que os arresten a vos!
—Está claro. Mi amigo va a aburrirse en la Bastilla; por lo tanto, suplico a Vuestra Majestad me dé licencia para ir a hacerle compañía. Basta que Vuestra Majestad pronuncie una palabra para que yo me arreste a mí mismo; yo os respondo de que para eso no tendré necesidad del capitán de guardias.
El rey se abalanzó a su bufete y tomó la pluma para dar la orden de aprisionar a D’Artagnan.
—¡No olvidéis que es para toda la vida! —exclamó el rey con acento de amenaza.
—Ya lo supongo —repuso el mosquetero—, porque una vez hayáis cometido ese abuso, nunca jamás os atreveréis a mirarme cara a cara.
—¡Marchaos! —gritó el monarca, arrojando con violencia la pluma.
—No, si os place, Sire.
—¡Cómo que no!
—He venido para hablar persuasivamente con el rey, y es triste que el rey se haya dejado llevar de la cólera; pero no por eso dejaré de decir a Vuestra Majestad lo que tengo que decirle.
—¡Vuestra dimisión! ¡vuestra dimisión! —gritó el soberano.
—Sire —replicó D’Artagnan—, ya sabéis que no estoy apegado a mi empleo; en Blois os ofrecí mi dimisión el día en que negasteis al rey Carlos el millón que le regaló mi amigo el conde La Fere.
—Pues venga inmediatamente.
—No Sire, porque no es mi dimisión lo que ahora estamos ventilando. ¿No ha tomado Vuestra Majestad la pluma para enviarme a la Bastilla? ¿Por qué, pues, muda de consejo Vuestra Majestad?
—¡D’Artagnan! ¡gascón testarudo! ¿quién es el rey aquí? ¿vos o yo?
—Vos, Sire, por desgracia.
—¡Por desgracia!
—Sí, Sire, porque de ser yo el rey...
—Aplaudiríais la rebelión del señor de D’Artagnan, ¿no es así?
—¡No había de aplaudirla!
—¿De veras? —dijo Luis XIV encogiendo los hombros.
—Y —continuó D’Artagnan—, diría a mi capitán de mosqueteros, mirándole con ojos humanos y no con esas ascuas: “Señor de D’Artagnan, he olvidado que soy el rey: he bajado de mi trono para ultrajar a un caballero”.
—¿Y vos estimáis que es excusar a vuestro amigo el sobrepujarlo en insolencia? —prorrumpió Luis.
—¡Ah! Sire —dijo D’Artagnan—, yo no me quedaré en los términos que él, y vuestra será la culpa. Yo voy a deciros lo que él, el hombre delicado por excelencia, no os ha dicho; yo os diré: Sire, habéis sacrificado a su hijo, y él defendía a su hijo; lo habéis sacrificado a él, siendo así que os hablaba en nombre de la religión y la virtud, y lo habéis apartado, aprisionado. Yo seré más inflexible que él, Sire, y os diré: Sire, elegid. ¿Queréis amigos o lacayos? ¿soldados o danzantes de reverencias? ¿grandes hombres o muñecos? ¿queréis que os sirvan o que ante vos se dobleguen? ¿que os amen o que os teman? Si preferís la bajeza, la intriga, la cobardía, decidlo, Sire; nosotros, los únicos restos, qué digo, los únicos modelos de la valentía pasada, nos retiraremos, después de haber servido y quizá sobrepujado en valor y mérito a hombres ya resplandecientes en el cielo de la posteridad. Elegid, Sire, y pronto. Los contados grandes señores que os quedan, guardadlos bajo llave; nunca os faltarán cortesanos. Apresuraos, Sire, y enviadme a la Bastilla con mi amigo; porque si no habéis escuchado al conde de La Fere, es decir la voz más suave y más noble del honor, ni escucháis a D’Artagnan, esto es, la voz más franca y ruda de la sinceridad, sois un mal rey, y mañana seréis un rey irresoluto; y a los reyes malos se les aborrece, y a los reyes irresolutos se les echa. He ahí lo que tenía que deciros, Sire: muy mal habéis hecho al llevarme hasta ese extremo.
Luis XIV se dejó caer frío y pálido en su sillón; era evidente que un rayo que le hubiese caído a los dos no le habría causado más profundo asombro: no parecía sino que iba a expirar. Aquella ruda voz de la sinceridad, como la llamó D’Artagnan, le entró en el corazón cual la hoja de un puñal.
D’Artagnan había dicho cuanto tenía que decir, y haciéndose cargo de la cólera del rey, desenvainó lentamente, se acercó con el mayor respeto a Luis XIV, y dejó sobre el bufete su espada, que casi al mismo instante rodó por el suelo impelida por un ademán de furia del rey, hasta los pies de D’Artagnan.
Por mucho que fuese el dominio que sobre él tenía, el mosquetero palideció a su vez, y temblando de indignación, exclamó:
—Un rey puede retirar su favor a un soldado, desterrarlo, condenarlo a muerte; pero aunque fuese cien veces rey, no tiene derecho a insultarlo deshonrando su espada. Sire, nunca en Francia ha habido rey alguno que haya repelido con desprecio la espada de un hombre como yo. Esta espada mancillada ya no tiene otra vaina que mi corazón o el vuestro, y dad gracias a Dios y a mi paciencia de que escoja el mío.
Y abalanzándose a su espada, añadió:
—Sire, caiga mi sangre sobre vuestra cabeza.
Y apoyando en el suelo la empuñadura de su espada, D’Artagnan se precipitó con rapidez sobre la punta, dirigida contra su pecho. El rey hizo un movimiento todavía más veloz que el de D’Artagnan, rodeó el cuello de éste con el brazo derecho, y tomando con la mano izquierda la espada por la mitad de la hoja, la envainó silenciosamente, sin que el mosquetero, envarado, pálido y todavía tembloroso, le ayudase para nada. Entonces, Luis XIV, enternecido, se sentó de nuevo en el bufete, tomó la pluma, trazó algunas líneas, echó su firma al pie de ellas, y tendió la mano al capitán.
—¿Qué es ese papel, Sire? —preguntó el mosquetero.
—La orden al señor de D’Artagnan de que inmediatamente ponga en libertad al señor conde de La Fere.
D’Artagnan asió la mano del rey y se la besó; luego dobló la orden, la metió en su pechera y salió, sin que él ni su majestad hubiesen articulado palabra.
—¡Oh corazón humano! ¡norte de los reyes! —murmuró Luis cuando estuvo solo—. ¿Cuándo leeré en tus senos como en un libro abierto? No, yo no soy un rey malo ni irresoluto, pero todavía soy un niño.
— Alejandro Dumas
Moraleja de El hombre de la máscara de hierro
La dolorosa y profunda moraleja de "El hombre de la máscara de hierro" nos expone la crueldad absoluta y devoradora que exige el mantenimiento del poder político. Dumas nos enseña que los tronos y los imperios rara vez se sostienen sobre la justicia, sino que cimentan su estabilidad sobre el sacrificio impío de la sangre inocente y la ocultación sistemática de la verdad. La reflexión cautivadora de esta magistral tragedia nos recuerda que el deber ciego hacia una institución (como el de D'Artagnan hacia su rey) a menudo nos obliga a cometer las mayores atrocidades contra nuestra propia conciencia, condenando al exilio a nuestro propio corazón humano.
El mayor crimen de aquel joven no fue haber hecho nada malo, sino haber nacido con el rostro exacto del hombre más poderoso de la tierra.
Para mantener el brillo cegador del trono, las realezas siempre necesitan enterrar a sus propios demonios en la oscuridad más absoluta de los sótanos.
El honor de un soldado le ordena proteger a su rey, pero la conciencia de un hombre le exige llorar a escondidas por el prisionero.
Cuando el poder absoluto se ve amenazado en un espejo, no rompe el cristal; destruye para siempre a la persona que produce el reflejo.
Encerraron su rostro bajo gruesas placas de hierro porque su mirada limpia y sin pecado era el único juez capaz de avergonzar a todo un imperio.
Los viejos mosqueteros descubrieron con amargura que sus espadas de acero ya no servían en un mundo moderno gobernado por la traición, los cañones y el veneno.
Aquel candado se cerró sobre su cabeza, apagando la luz del sol, y convirtiendo a un hermano en un fantasma silencioso de la historia.
Curiosidades de El hombre de la máscara de hierro
El personaje real de "El hombre de la máscara de hierro" existió históricamente y murió en La Bastilla en 1703 (su nombre verdadero sigue siendo uno de los mayores misterios de la historia de Francia). Aunque el rumor más extendido es que usaba una máscara de terciopelo negro, fue la imaginación literaria (promovida primero por Voltaire y consolidada mundialmente por Dumas) la que la transformó en una terrorífica máscara de hierro.
Esta novela no es un libro suelto, sino que corresponde a la tercera y última parte de la gigantesca y épica novela El vizconde de Bragelonne, la secuela final de los famosos mosqueteros.
El trágico, heroico y melancólico tono de esta obra contrasta brutalmente con la energía juvenil y optimista de "Los tres mosqueteros", despidiendo para siempre y con un sacrificio brutal a los cuatro personajes inmortales que Dumas había creado veinticinco años atrás.
Sobre el autor de El hombre de la máscara de hierro
Alexandre Dumas, conocido habitualmente como Alejandro Dumas (1802-1870), fue uno de los más grandes y prolíficos novelistas y dramaturgos de la literatura francesa. A pesar de sufrir la marginación por sus raíces raciales y el racismo de la sociedad de su época (su abuela era una esclava negra de Haití), su inmenso talento para crear trepidantes novelas históricas, de misterio y de capa y espada lo convirtió en el autor más popular de su tiempo. Su genio y su desbordante imaginación han dejado un legado inmortal e insuperable con clásicos eternos de aventuras como El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros y El paje del duque de Saboya.
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