El crimen de Lord Arthur Saville de Oscar Wilde: El destino, el asesinato y la comedia negra
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El crimen de Lord Arthur Saville es una de las sátiras de humor negro más exquisitas y desternillantes nacidas de la pluma de Oscar Wilde. En esta novela corta, el genio irlandés dinamita las rígidas convenciones del deber victoriano y las supersticiones esotéricas, envolviendo un macabro plan de asesinato en una comedia de enredos de guante blanco.
Argumento de El crimen de Lord Arthur Saville
Lord Arthur Saville es un joven aristócrata londinense, intachable y a punto de contraer matrimonio con la encantadora Sybil Merton. Su idílica vida se tambalea cuando asiste a una fiesta donde conoce a Septimus R. Podgers, un célebre quiromántico que lee el futuro en las líneas de la mano. Al observar la palma de Lord Arthur, el vidente palidece y le revela una profecía aterradora: en algún momento de su vida, está destinado a convertirse en un asesino. En lugar de ignorarlo, el rígido sentido del "deber" victoriano de Arthur lo lleva a una conclusión absurda y perturbadora: no puede casarse con su inocente prometida teniendo un asesinato pendiente. Debe cometer el crimen lo más rápido posible para dejar ese asunto resuelto.
Movido por esta enfermiza lógica, el noble elabora una lista de parientes ancianos o enfermos que no supondrían una gran pérdida para el mundo. Sus repetidos y cómicos intentos de envenenar a su anciana tía Clementina o hacer estallar a su tío el deán resultan en un estrepitoso y constante fracaso. Desesperado, arruinado anímicamente y a punto de cancelar su boda al no lograr convertirse en un criminal exitoso, el destino le ofrece una irónica salida. Durante un paseo nocturno por las brumosas orillas del río Támesis, se topa casualmente con el mismísimo quiromántico que le arruinó la vida. Entendiendo por fin cómo cumplir la profecía, lo arroja al río. Libre al fin de su "obligación", Lord Arthur se casa y vive feliz para siempre, demostrando la retorcida y genial brillantez de la comedia de Wilde.
Lectura:
Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El crimen de Lord Arthur Saville
Oscar Wilde
Era la última recepción que daba lady Windermere antes de la Pascua, y Bentinck-House estaba más concurrida que nunca.
Seis miembros del gabinete vinieron directamente una vez terminada la interpelación del speaker, con todas sus condecoraciones y bandas. Las mujeres bonitas lucían sus atuendos más elegantes y vistosos, y al final de la galería de retratos, se encontraba la princesa Sofía de Carlsruhe, una señora gruesa, de tipo tártaro, con unos pequeños ojos negros y unas esmeraldas magníficas, hablando con voz aguda en mal francés y riendo sin mesura todo cuanto le decían. En realidad aquello era una espléndida mescolanza de personas: Altivas esposas de pares del reino charlaban cortésmente con violentos radicales. Predicadores populares se codeaban con célebres escépticos. Todo un grupo de obispos seguía, de salón en salón, a una corpulenta prima donna. En la escalera se agrupaban varios miembros de la Real Academia, disfrazados de artistas, y dicen que el comedor se vio por un momento lleno de genios. En una palabra, era una de las veladas de mayor éxito de lady Windermere, y la princesa se quedó hasta cerca de las once y media de la noche.
Inmediatamente después de su partida, lady Windermere regresó a la galería de retratos, donde un famoso economista explicaba, con aire solemne, la teoría científica de la música a un indignado virtuoso húngaro; y comenzó a hablar con la duquesa de Paisley.
Lady Windermere lucía extraordinariamente bella, con su garganta marfilina y de líneas delicadas, sus grandes ojos azules, color miosotis, y los bucles de sus cabellos dorados. Cabellos de oro puro, no de esos que tienen un tono pajizo que hoy usurpan la hermosa denominación del oro, cabellos que parecían tejidos con rayos de sol o bañados en ámbar, cabellos que encuadraban su rostro como un nimbo de santa, con la fascinación de una pecadora. Se prestaba a un interesante estudio psicológico. Desde muy joven, descubrió en la vida la importantísima verdad de que nada se parece tanto a la ingenuidad como la indiscreción y, por medio de una serie de escapatorias arriesgadas, inocentes por completo la mitad de ellas, adquirió todas las ventajas de una definida personalidad. Había cambiado más de una vez de marido. En la Guía Social de Debrett, aparecían tres matrimonios a su crédito, pero como no cambió nunca de amante, el mundo dejó de murmurar en sordina sus escándalos. En la actualidad contaba cuarenta años, no tenía hijos y la dominaba aquella pasión desordenada por los placeres que constituye el secreto para conservarse joven.
De repente miró ansiosa a su alrededor por el salón, y dijo con una voz clara de contralto:
—¿Dónde está mi quiromántico?
—¿Tu qué, Gladys? —exclamó la duquesa con un estremecimiento involuntario.
—Mi quiromántico, duquesa. Ya no puedo vivir sin él.
—¡Querida Gladys, tú siempre tan original! —murmuró la duquesa, intentando recordar lo que era en realidad un quiromántico, y confiando en que no podía ser lo mismo que un pedicuro.
—Viene a verme la mano dos veces por semana, con regularidad —continuó lady Windermere— y es muy interesante lo que estudia en ella.
“¡Dios mío! —pensó la duquesa—. Después de todo debe ser una especie de pedicuro de las manos. ¡Qué terrible! En fin..., supongo que será un extranjero. Así no resultará tan atroz.
...
—Tengo que presentárselo.
—¡Presentármelo! —exclamó la duquesa—. ¿Quieres decir que está aquí?, y empezó a buscar su abanico de carey y un chal de encaje viejo, preparándose para marchar en seguida.
—Claro que está aquí. No podría dar una sola reunión sin él. Me dice que tengo una mano puramente psíquica, y que si mi dedo pulgar hubiese sido un poco más corto, sería una perfecta pesimista y ya estaría recluida en un convento.
—¡Ah, sí! —exclamó la duquesa tranquilizándose—. Dice la buena ventura, ¿no es eso?
—Y la mala también —respondió lady Windermere—, y otras cosas por el estilo. El año próximo, por ejemplo, correré un gran peligro, en tierra y por mar al mismo tiempo. De manera que tendré que vivir en globo, haciéndome subir la comida en una canastilla todas las tardes. Eso está escrito aquí sobre mi dedo meñique o en la palma de la mano; ya no recuerdo dónde.
—Pero verdaderamente eso es tentar a la Providencia, Gladys.
—Mi querida duquesa, la Providencia puede resistir ya, a estas alturas, las tentaciones. Creo que cada quien debía hacerse leer la mano una vez al mes, con objeto de saber qué es lo que no debe hacer. Si no tiene nadie la amabilidad de ir a buscar a míster Podgers en seguida, iré yo misma.
—Iré yo, lady Windermere —dijo un joven alto y guapo que estaba presente y que seguía la conversación con una sonrisa divertida.
—Muchas gracias, lord Arthur, pero temo no le reconozca usted. —Si es tan extraordinario como usted dice, lady Windermere, no se me escapará. Dígame únicamente cómo es, y dentro de un momento se lo traigo.
—¡Bueno! No tiene nada de quiromántico. Quiero decir... que no tiene nada misterioso, nada esotérico, ningún aspecto romántico. Es un hombrecillo grueso, con una cabeza cómicamente calva y unas grandes gafas con montura de oro, un personaje entre médico de cabecera y abogado rural. Siento que sea así, pero no es mi culpa. ¡La gente es tan molesta! Todos mis pianistas tienen el tipo exacto de poetas, y todos los poetas, el de los pianistas. Recuerdo que la temporada pasada invité a comer a un horroroso conspirador, hombre que, según se decía, hizo polvo a una infinidad de gente, y llevaba constantemente una cota de mallas y un puñal oculto en la manga de la camisa. ¿Creerán que cuando vino parecía un anciano clérigo, encantador, y estuvo contando chistes toda la noche? La verdad es que estuvo muy divertido, y todo eso; pero yo me sentía terriblemente disilusionada. Cuando le pregunté por su cota de mallas, nada más se rió, y me dijo que era demasiado fría para usarla en Inglaterra... ¡Ah, ya está aquí míster Podgers! Bueno, míster Podgers, desearía que leyese usted la mano de la duquesa de Paisley... Duquesa, tiene usted que quitarse el guante... No, no, el de la izquierda... el otro...
—Mi querida Gladys, realmente no creo que esto sea debido —replicó la duquesa desabrochando, displicente, un guante de cabritilla, bastante sucio.
—Lo que es interesante nunca está bien —dijo lady Windermere—. On a fait le monde ainsi. Pero debo presentarla, duquesa de Paisley... Como diga usted que tiene un monte en la luna más desarrollado que el mío, no volveré a creer en usted.
—Estoy segura, Gladys, de que no habrá nada de eso en mi mano —intervino la duquesa en tono solemne.
—Mi señora está en lo cierto —contestó míster Podgers, echando un vistazo sobre la mano regordeta de dedos cortos y cuadrados. El monte de la luna no está desarrollado. Sin embargo, la línea de la vida es excelente. Tenga la amabilidad de doblar la muñeca... gracias... tres rayas clarísimas sobre su rescette... Vivirá hasta una edad muy avanzada, duquesa, y será en extremo feliz... Ambición muy moderada, línea de la inteligencia sin exageración, línea del corazón...
—Sea usted discreto míster Podgers —interrumpió lady Windermere.
—Nada sería tan agradable para mí —respondió míster Podgers, inclinándose—, si la duquesa diese lugar a ello; pero siento tener que admitir que descubro una gran constancia en el afecto, combinada con un sentimiento arraigadísimo del deber.
—Siga usted míster Podgers —dijo la duquesa, complacida.
—La economía no es una de sus menores cualidades —continuó míster Podgers, y lady Windermere empezó a reír.
—La economía es un buen hábito —afirmó la duquesa, asintiendo—, cuando me casé con Paisley tenía once castillos, y ni una sola casa en condiciones de vivirse.
—Y ahora tiene doce casas, ni un solo castillo —exclamó lady Windermere.
—Bueno, querida —añadió la duquesa—, me gusta...
—El confort —dijo míster Podgers—. Y los adelantos modernos, y el agua caliente instalada en todos los dormitorios. Mi señora está en lo cierto. El confort es lo único que nuestra civilización nos puede dar.
—Ha descrito usted admirablemente el carácter de la duquesa, míster Podgers, y ahora tiene usted que decirnos el de lady Flora —y respondiendo a un gesto de cabeza de la sonriente anfitriona, una muchacha alta, con cabellos de color de arena dorada, muy escocesa, de hombros cuadrados, salió de detrás del sofá con un andar desmañado, y tendió su mano larga, huesuda, y de dedos espatulados.
—¡Ah! ¡Una pianista!, ya veo —exclamó míster Podgers—, una excelente pianista pero quizá apenas musical. Muy reservada, muy honrada, y con un gran cariño por los animales.
—¡Eso justamente! —exclamó la duquesa, volviéndose hacia lady Windermere—. ¡Absolutamente cierto! Flora tiene dos docenas de perros Collie en Macloskie, y convertiría nuestra casa de campo en una ménagerie, si su padre se lo consintiese.
—Bueno, eso es lo que hago yo con mi casa todos los jueves en la noche —dijo riendo lady Windermere—, nada más que a mí me gustan más los leones que los perros
— Oscar Wilde
Moraleja de El crimen de Lord Arthur Saville
La hilarante moraleja de "El crimen de Lord Arthur Saville" nos advierte sobre lo peligroso y ridículo que resulta rendir nuestra voluntad a las supersticiones y profecías. Wilde nos demuestra satíricamente que no hay mayor absurdo en el mundo que intentar cumplir un supuesto "destino" que nosotros mismos nos hemos impuesto por ceguera o sugestión. La reflexión cautivadora del relato radica en cómo las rígidas e hipócritas normas del "deber" burgués pueden retorcer la moralidad humana, llevando a un hombre a pensar que cometer un asesinato premeditado es una obligación de honor necesaria para tener un matrimonio pacífico.
Para él, el asesinato no era una cuestión de pasión, sino un fastidioso deber que debía cumplirse antes de la boda.
Es peligroso conocer el propio destino, especialmente cuando se carece por completo de sentido común.
El mundo es un teatro donde los tontos actúan y los charlatanes leen las líneas de la mano.
No sentía el menor remordimiento por planear el crimen; su única y verdadera angustia era la terrible falta de puntualidad del veneno.
La superstición es el refugio aristocrático para las mentes que no están dispuestas a aceptar la enorme responsabilidad del libre albedrío.
Asesinó al profeta no por ira, sino con el enorme alivio de un caballero que por fin logra saldar una cuenta pendiente.
Resulta asombroso descubrir que el crimen más perfecto y exitoso de un hombre puede nacer puramente de sus intenciones más románticas e ingenuas.
Curiosidades de El crimen de Lord Arthur Saville
El relato fue publicado originalmente en 1887 en una revista y más tarde incluido en la antología El crimen de Lord Arthur Saville y otras historias (1891), consolidando a Wilde como un maestro de la sátira y el humor absurdo antes de sus grandes éxitos teatrales.
Wilde utiliza magistralmente la figura del "quiromántico" para burlarse ferozmente de la enorme moda y obsesión que la alta sociedad victoriana sentía por el esoterismo, las sesiones de espiritismo y la adivinación.
La historia invierte y pervierte de forma brillante el arquetipo clásico de la tragedia griega (como el de Edipo), donde el protagonista intenta evitar la profecía a toda costa; aquí, el héroe victoriano hace todo lo posible y ridículo por intentar cumplirla lo más rápido posible.
Sobre el autor de El crimen de Lord Arthur Saville
Oscar Wilde (1854-1900) fue un inmenso escritor, dramaturgo y poeta de origen irlandés, erigido como la gran figura intelectual y estética de la época victoriana. Célebre en todo Londres por su brillante ingenio, su excentricidad y su agudísima crítica a la hipocresía social, Wilde alcanzó la cumbre de la fama mundial con obras teatrales inmortales como La importancia de llamarse Ernesto y su única e imprescindible novela, El retrato de Dorian Gray. Trágicamente, en la cúspide de su éxito, fue llevado a juicio, encarcelado por su homosexualidad y desterrado socialmente, muriendo en la más profunda pobreza y exilio en París.
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