El cumpleaños de la infanta de Oscar Wilde: Un cuento trágico sobre la crueldad

El cumpleaños de la infanta es uno de los cuentos de hadas más conmovedores, oscuros y melancólicos del genio literario Oscar Wilde. Lejos de los finales felices tradicionales, esta obra sumerge al lector en los inmensos y fríos pasillos de la corte española del siglo XVII, para revelarnos que la crueldad humana más atroz suele esconderse bajo los más hermosos rostros infantiles.

Argumento de El cumpleaños de la infanta

Con motivo de su duodécimo cumpleaños, la bellísima, rubia y altiva Infanta de España disfruta de unas elaboradas festividades en los jardines del palacio. La atracción principal, traída de los bosques, es un pequeño enano deforme, jorobado y de aspecto grotesco, pero dotado de un espíritu inmensamente puro y alegre. Al no haber visto nunca antes un espejo en su miserable vida en el bosque, el enano ignora por completo su fealdad física. Cuando baila para la Infanta, ella ríe a carcajadas e incluso le arroja una rosa blanca; el inocente enano, engañado por la bondad de su propia alma, asume ingenuamente que la princesa se ha enamorado perdidamente de él, y no que se está burlando a muerte de su aspecto.

Movido por la ilusión romántica, el enano se cuela en los lúgubres interiores del palacio buscando a su amada princesa para proponerle huir juntos al bosque. De repente, al atravesar un salón, se encuentra cara a cara con lo que él cree que es un monstruo espantoso que lo imita. Tras unos agónicos instantes, comprende la terrorífica verdad: el "monstruo" es su propio reflejo en el gran espejo veneciano. Al entender que la princesa no lo amaba, sino que la rosa fue una burla cruel, el dolor es tan aplastante que el enano cae fulminado en el suelo, retorciéndose hasta que su corazón se rompe. Cuando la Infanta entra y le dicen que el bufón ha muerto de pena, ella, inmutable y fría como el mármol, pronuncia su inmortal sentencia: «Para el futuro, quienes vengan a jugar conmigo no deben tener corazón».

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

El cumpleaños de la infanta

Oscar Wilde

Era el día del cumpleaños de la Infanta, la princesita real de España. Ella cumplía doce años, y el sol iluminaba con esplendor los jardines del Palacio. Por más que fuese una Princesa de sangre real, y además Infanta del inmenso imperio de España, también ella debía resignarse a no tener más que un cumpleaños cada año, lo mismo que los hijos de los plebeyos del reino. Era, por lo tanto, muy importante para todos que ese día fuera un día hermoso. ¡Y era un día lindísimo! Los arrogantes tulipanes se erguían en sus tallos, como largas filas de soldados y miraban desafiantes a las rosas, diciendo: —Hoy somos tan hermosos como ustedes. Las rojas mariposas revoloteaban alrededor, con alas empolvadas de oro, y visitaban una por una todas las flores; las lagartijas de verde tornasol habían salido de los muros para tomar el sol, y las granadas se abrían con el calor, dejando ver sus corazones rojos. Hasta los pálidos limones amarillentos, que crecían a lo largo de las arcadas sombrías, tomaban del sol un color más rico y resplandeciente, y las magnolias abrían sus grandes flores color marfil, embalsamando el aire con un perfume dulce y pungente al mismo tiempo. La Princesita con sus compañeros se paseaban por la terraza del palacio que se abría sobre aquel jardín, y después jugó a las escondidas alrededor de los jarrones de piedra y las antiguas estatuas cubiertas de musgo. Por lo general sólo se le permitía jugar con niños de su misma alcurnia, así es que casi siempre tenía que jugar sola. Pero su cumpleaños era una ocasión excepcional, y el Rey había ordenado que la niña pudiese invitar a todos los amigos que quisiera. Los movimientos de los esbeltos niños españoles tienen una gracia majestuosa; los muchachos con sus sombreros anchos, adornados de plumas, y sus capitas flotantes; las niñas, recogiendo la cola de sus largos vestidos de brocado y protegiendo sus ojos del sol con grandes abanicos negro y plata. Pero la Infanta era la más encantadora de todas, y la mejor vestida, según la aparatosa moda de aquellos tiempos. Llevaba un traje de raso gris con amplias mangas abullonadas, damasquinadas de plata, y un rígido corpiño cruzado por hilos de perlas finas. Al caminar, dos pequeños escarpines, con moñitos de cinta carmesí, se le asomaban debajo de la falda. Su inmenso abanico de gasa era rosa y nácar, y en la cabellera, que rodeaba su carita pálida como un halo de oro, llevaba prendida una rosa blanca. Triste y melancólico, el Rey observaba a los niños desde una ventana del palacio. Detrás de él estaba, de pie, su hermano, don Pedro de Aragón, a quién odiaba, y su confesor, el Gran Inquisidor de Granada, estaba sentado a su lado. El Rey estaba más triste que de costumbre, porque al ver a la Infanta saludando con gravedad infantil a los cortesanos, o riéndose detrás del abanico de la horrible Duquesa de Alburquerque, quien la acompañaba siempre, se acordaba de la Reina, la madre de la Infanta, que había venido del alegre país de Francia, para marchitarse en el sombrío esplendor de la Corte de España. Su amada reina había muerto seis meses después de nacer su hija, sin alcanzar a ver florecer dos veces los almendros del jardín. Tan grande había sido el amor del Rey por ella, que no permitió que la tumba se la robara por completo. Un médico moro al que perdonaron la vida —porque según se murmuraba en el Santo Oficio, era hereje y sospechoso de practicar la brujería—, la embalsamó, y el cuerpo de la Reina todavía descansaba en su ataúd, en la capilla de mármol negro del Palacio, tal como los monjes la habían dejado un tempestuoso día de marzo, doce años atrás. Cubierto por una capa oscura y con una bujía en la mano, el Rey iba a arrodillarse al lado del sepulcro cada primer viernes del mes. —Reina mía, Reina mía —gemía roncamente. Y a veces, olvidando la rígida etiqueta que gobierna cada acto de la vida y limita hasta las expresiones del dolor en un Rey, tomaba entre las suyas aquellas manos pálidas y enjoyadas, y trataba de reanimar con besos insensatos aquel rostro maquillado y frío. Sin embargo, esta mañana le parecía verla de nuevo tal como aquella vez en que la contempló por primera vez en el castillo de Fontainebleau, cuando él sólo tenía quince años, y ella era aún menor. Fue en aquella ocasión, cuando sellaron los esponsales ante el Nuncio de Su Santidad, el propio Rey de Francia y toda su Corte. Poco después él había regresado a El Escorial, llevando junto al corazón un rizo de cabellos rubios y el recuerdo de dos labios infantiles que se inclinaban a besarle la mano cuando subía a la carroza. Más tarde celebraron su matrimonio en Burgos, ciudad próxima a la frontera de ambos países, y en seguida entraron solemnemente en Madrid, asistieron a la tradicional misa mayor en la Iglesia de Atocha, y dictaron un auto de fe más solemne que de costumbre, por el cual más de trescientos herejes fueron entregados a la hoguera. Sí, el Rey la había amado con locura, y para su propio infortunio. Apenas permitía que se apartara de su lado, y por ella olvidaba, o al menos parecía olvidar, los graves asuntos del Estado. La amaba tanto que jamás llegó a comprender que las complicadas ceremonias con que trataba de entretenerla, sólo conseguían agravar la extraña enfermedad que ella padecía. Cuando la reina falleció, el Rey anduvo algún tiempo como privado de razón. Y sin duda habría abdicado para recluirse en el Gran Monasterio Trapense de Granada, si no hubiese temido dejar a la Infanta, que todavía no tenía un año, en manos de su hermano, cuya crueldad y ambición eran famosas en toda España. Además muchos sospechaban que don Pedro de Aragón había provocado la muerte de la Reina, ofreciéndole unos guantes envenenados cuando ella lo visitó en su castillo de Aragón. Después de pasar los tres años de luto oficial que ordenó en todos sus dominios, el Rey no toleró que sus ministros le hablasen de un nuevo matrimonio. El mismo Emperador de Alemania le ofreció la mano de su sobrina, la encantadora Archiduquesa de Bohemia, pero el Rey dijo a los embajadores que él ya había contraído nupcias con el Dolor. Esta respuesta le costó a su trono perder las ricas provincias de los Países Bajos, que se rebelaron contra él, acaudilladas por los fanáticos hugonotes. Mientras veía a la Infanta jugar en la terraza, recordaba toda su vida conyugal, con sus goces vehementes y su terrible agonía. La niña tenía, al igual que la Reina, esa petulancia deliciosa, ese gesto voluntarioso, la misma boca encantadora con arrogantes labios altivos, y misma sonrisa maravillosa de su madre cuando miraba hacia la ventana o tendía la manito para que la besaran los solemnes hidalgos españoles. Pero la risa penetrante de los niños le lastimaba los oídos, y el resplandor del sol se burlaba de su tristeza, y un perfume denso de especias orientales, como las que utilizan los embalsamadores, parecía viciarle el aire puro de la mañana. Escondió entre las manos sus facciones, y cuando la Infanta miró nuevamente hacia la ventana, las cortinas estaban corridas, y el Rey se había retirado. La Infanta hizo un gesto de desagrado y se encogió de hombros. Su padre tendría que haberla acompañado el día de su cumpleaños. ¿Qué podían importarle los aburridos asuntos del Estado?, o, ¿acaso se había ido a la sombría capilla, donde ardían continuamente los cirios, y a donde a ella no la dejaban entrar? ¡Qué tontería, cuando el sol brillaba alegremente y todo el mundo estaba contento! Además, se iba a perder el simulacro de corrida de toros, que ya anunciaban los sones de trompeta, sin contar los títeres y las demás maravillas. Su tío Pedro y el Gran Inquisidor eran más cuerdos. Habían bajado a la terraza para saludarla y decirle frases bellas y galantes. Levantó entonces su cabecita, y de la mano de don Pedro descendió lentamente las escalinatas, para dirigirse hacia un gran pabellón de seda púrpura que habían levantado a un extremo del jardín. Los demás niños la seguían por orden riguroso de precedencia, ya que iban primero aquellos que tenían una serie más larga de apellidos. Un cortejo de niños nobles, vestidos de toreros, salió a su encuentro, y el joven Conde de Terra Nova, de catorce años y belleza asombrosa, se quitó el sombrero con toda la gracia de un hidalgo y la condujo con solemnidad a un pequeño trono de oro y marfil, colocado sobre un alto estrado que dominaba la plaza. Las muchachas se apiñaron a su alrededor, agitando sus inmensos abanicos y secreteándose entre ellas. Don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron riendo a la entrada. Hasta la Duquesa, dama de facciones enjutas y duras, no parecía de tan mal humor como de ordinario, y por su rostro se veía vagar algo parecido a una sonrisa fría y desvaída. Fue por cierto una soberbia corrida de toros, mucho más bonita, pensaba la Infanta, que la corrida de verdad que había visto en Sevilla, cuando el Duque de Parma visitó a su padre. Algunos muchachos caracoleaban sobre caballos de madera y mimbre, esgrimiendo largas lanzas adornadas con gallardetes de colores brillantes; otros iban a pie agitando delante del toro sus capas escarlata y saltando ágilmente la barrera cuando arremetía contra ellos; y en cuanto al toro, era idéntico a uno de verdad, aunque sólo fuera de mimbre forrado de cuero, y mostrara una marcada tendencia a correr en dos patas por la plaza, cosa que nunca haría un toro verdadero. Sin embargo, se portó con tanta valentía, que las entusiasmadas doncellitas, terminaron subidas a los bancos, agitando sus pañuelos de encaje y voceando: —Bravo toro. Bravo, toro bravo. Finalmente el Condecito de Terra Nova logró vencer al toro, y tras de recibir la venia de la Infanta, hundió con tanta fuerza su estoque de madera en el morrillo del animal, que la cabeza cayó a tierra, dejando ver el rostro sonriente del Vizconde de Lorena, hijo del Embajador de Francia en Madrid. Después de eso, entre aplausos entusiastas, dos pajecitos moros despejaron el ruedo, arrastrando solemnemente los caballos muertos, y tras de un corto intermedio, en el que un equilibrista francés realizó unos ejercicios vertiginosos sobre la cuerda floja, aparecieron en el escenario de un teatro expresamente construido para ese día, unas marionetas italianas, representando la tragedia semiclásica de Sofonisba. La representaron tan bien y con gestos tan naturales, que al final de la obra los ojos de la infanta estaban bañados de lágrimas. Algunos niños lloriqueaban también, y hubo que consolarlos con golosinas. El mismo Gran Inquisidor se sintió tan conmovido que comentó a Don Pedro que le parecía intolerable que unos simples objetos de madera y cera, movidos por alambres, pudieran ser tan desdichados y sufrir tantas desdichas. ...

Moraleja de El cumpleaños de la infanta

La perturbadora y dolorosa moraleja de "El cumpleaños de la infanta" nos advierte que la verdadera monstruosidad jamás reside en las deformidades físicas, sino en la absoluta carencia de empatía. Wilde nos enseña que el mundo a menudo premia la crueldad disfrazada de belleza y riqueza, mientras que destruye implacablemente las almas puras. La reflexión cautivadora de este cuento de hadas triste es que la inocencia humana es frágil como el cristal; una vez que un corazón bondadoso se asoma al cruel y oscuro espejo del mundo y descubre que la bondad y el amor genuino no siempre son recíprocos, corre el inmenso peligro de romperse definitivamente en mil pedazos.

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Frases de El cumpleaños de la infanta

  • El corazón de la princesa era tan perfecto e inmaculado como su rostro, lo que significa que estaba completamente hecho de piedra.
  • La mayor bendición que puede recibir una criatura fea es la absoluta ignorancia de su propio reflejo en el mundo.
  • Para el enano, la burla resonó como la música del amor, pues la inocencia es el traductor más compasivo pero más letal que existe.
  • Al mirar el cristal, descubrió al verdadero monstruo: él mismo; destrozado no por la naturaleza, sino por la luz de la verdad.
  • No mató al enano la espada de ningún guardia, lo asesinó la carcajada vacía de quien él creía su reina.
  • Es infinitamente más doloroso descubrir que no somos amados, que soportar los azotes crueles del propio invierno.
  • "Para el futuro —dijo la Infanta— que aquellos que vengan a jugar conmigo no tengan corazón".

Curiosidades de El cumpleaños de la infanta

El cuento fue publicado originalmente en 1891 en la colección Una casa de granadas, y fue escrito como un homenaje y dedicatoria literaria al pintor español Diego Velázquez, inspirándose directamente en la princesa Margarita de su cuadro "Las Meninas".

Al igual que con "El príncipe feliz", Wilde reinventó por completo el género del cuento de hadas: en lugar de enseñar lecciones morales simples a los niños, utilizó este formato para realizar crudas y devastadoras críticas a la superficialidad de la sociedad victoriana de la que él formaba parte.

A lo largo del texto, el autor entrelaza fuertes contrastes entre la artificialidad, asfixia y falsedad de los jardines y modales de la corte, frente a la naturalidad, libertad y franqueza de los bosques de donde proviene el enano.

Sobre el autor de El cumpleaños de la infanta

Oscar Wilde (1854-1900) fue un inmenso escritor, dramaturgo y poeta de origen irlandés, erigido como la gran figura intelectual y estética de la época victoriana. Célebre en todo Londres por su brillante ingenio, su excentricidad y su agudísima crítica a la hipocresía social, Wilde alcanzó la cumbre de la fama mundial con obras teatrales inmortales como La importancia de llamarse Ernesto y su única e imprescindible novela, El retrato de Dorian Gray. Trágicamente, en la cúspide de su éxito, fue llevado a juicio, encarcelado por su homosexualidad y desterrado socialmente, muriendo en la más profunda pobreza y exilio en París.

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