Resurrección de León Tolstói: La purificación del alma ante la injusticia del mundo

Resurrección es la última gran novela escrita por el gigante literario ruso León Tolstói. Muy distinta a sus épicas históricas anteriores, esta obra es un punzante, introspectivo y feroz ataque contra la hipocresía de las instituciones estatales, el sistema judicial y la falsa moralidad burguesa, planteando la ardua búsqueda de la auténtica pureza espiritual.

Argumento de Resurrección

El príncipe ruso Dmitri Nekhlúdov lleva la vida superficial y disipada propia de la aristocracia de San Petersburgo. Un día, al ser convocado como miembro de un jurado en un caso de asesinato por envenenamiento, su mundo se viene abajo: reconoce a la acusada en el banquillo. Se trata de Katiusha Máslova, una joven sirvienta inocente a la que él había seducido y abandonado fríamente en su juventud. Al quedar embarazada y ser repudiada, Katiusha había sido arrojada a un abismo de pobreza que la empujó a la prostitución y, finalmente, a verse trágicamente implicada en un crimen que no cometió.

Desgarrado por un repentino y abrumador despertar moral, Nekhlúdov se da cuenta de que él es el verdadero responsable de la ruina de la mujer. Cuando Katiusha es injustamente condenada al exilio y a trabajos forzados en Siberia debido a la ineptitud y burocracia de los jueces, el príncipe decide sacrificar toda su vida de lujos. Dona sus vastas tierras a los campesinos y la sigue en su penoso destierro a través del infierno helado ruso, decidido a salvarla. A través de este doloroso peregrinaje entre los más miserables, ambos personajes experimentan una "resurrección" moral, descubriendo que la salvación no se dicta en los tribunales, sino que germina únicamente a través de la redención, el sacrificio y el amor puro.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

Resurrección

León Tolstói

En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales y a los pájaros; la primavera era la primavera, incluso en la ciudad. El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hinchaban sus botones a punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos, y las moscas, calentadas por el sol, bordoneaban en las paredes. Todo estaba radiante. Únicamente los hombres, los adultos, continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamente. Consideraban que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de todos los seres vivientes, belleza que predisponía a la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e importante; lo importante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse en amos los unos de los otros. Así, en la oficina de la prisión de una cabeza de partido se consideraba como sagrado e importante no el hecho de que la primavera regocijase y encantase a todos los hombres y a todos los animales, sino el de haber recibido la víspera una hoja timbrada y numerada que contenía la orden de conducir aquel mismo día, 28 de abril, a las nueve de la mañana, al Palacio de Justicia a tres detenidos: dos mujeres y un hombre. Una de esas mujeres, considerada la más culpable, debía ser conducida por separado. Y he aquí que, de conformidad con semejante aviso, el 28 de abril, a las ocho de la mañana, el vigilante jefe entró en el sombrío e infecto corredor del departamento de mujeres. Iba seguido por la vigilanta, mujer de aspecto cansado, de cabellera gris, vestida con una camisola cuyas mangas estaban adornadas de galones y la cintura recamada de azul. —¿Viene usted a buscar a Maslova? —preguntó, acercándose con el guardián a una de las celdas que daban al corredor. El vigilante, con un ruido de chatarra, hizo funcionar la cerradura y abrió la puerta, por la que se escapó un aire más nauseabundo aún que el del pasillo. —¡Maslova! ¡Al tribunal! —gritó. Luego cerró la puerta y aguardó. Incluso en el patio de la prisión, el aire que llegaba de los campos era fresco y vivificante. Pero en aquel corredor, la atmósfera se mantenía pesada y malsana, infectada de estiércol, de podredumbre y de brea, lo que hacía que todo recién llegado, desde el mismo momento de su entrada, se pusiera triste y taciturno. La vigilanta lo notó también, por muy acostumbrada que estuviese a aquel aire viciado. Apenas entró en el corredor experimentó una especie de fatiga y somnolencia. En la celda común de las presas se oían voces y el ruido de pasos producidos por pies descalzos. —¡Vamos! ¡Más aprisa! ¡Te digo que te apresures, Maslova! —gritó el vigilante jefe por la rendija de la puerta entornada. Dos minutos después apareció una mujer joven, bajita, de pecho amplio, vestida con un capotón de tela gris puesto encima de una camisola y de una saya blanca. Con paso seguro se acercó al vigilante y se detuvo a su lado. Llevaba medias de tela y, como calzado, unos trapos bastos arreglados en la misma cárcel a manera de zapatos; se cubría la cabeza con una pañoleta blanca que coquetamente dejaba escapar los bucles de una abundante cabellera negra. Su rostro tenía esa palidez particular que sigue a un largo enclaustramiento y que recuerda el tinte de las simientes de patatas guardadas en los sótanos. La misma palidez había invadido igualmente sus manos, pequeñas y anchas, y su cuello lleno, que emergía de la gran abertura del capotón. Y en aquel color mate del rostro se destacaban unos ojos negros, brillantes y vivos, uno de los cuales bizqueaba ligeramente. La joven se mantenía erguida, adelantando su amplio busto. Al llegar al corredor levantó la cabeza, miró directamente al vigilante a la cara y se detuvo en una actitud que daba a entender que estaba dispuesta a hacer todo lo que se le mandase. La puerta de la celda iba a cerrarse cuando apareció el rostro pálido, arrugado y severo de una anciana que se puso a hablarle a Maslova. Pero el vigilante rechazó con el batiente de la puerta la cabeza de la presa, que desapareció. Una risa de mujeres resonó en el interior. Maslova sonrió igualmente y se acercó a la mirilla enrejada. Desde el otro lado la vieja le gritó con voz ronca: —Sobre todo, procura no decir demasiado! ¡Repite siempre lo mismo y nada más! —¡Bah! —dijo Maslova sacudiendo la cabeza—. Me pase lo que me pase, nada podrá ser peor de lo que es. Todo es una misma cosa. —Desde luego que todo es una cosa, y no dos —dijo el vigilante jefe, convencido de haber hecho un brillante juego de palabras—. ¡Vamos, en marcha! El ojo de la vieja, pegado tras la mirilla de la puerta desapareció y Maslova siguió al guardián con cortos y precipitados pasos. Bajaron la ancha escalera de piedra, pasaron ante las celdas de los hombres, más malolientes aún y más ruidosas que las de las mujeres, y, bajo las miradas de los inquilinos de las celdas, llegaron así a la oficina de la cárcel, donde aguardaban dos soldados con el fusil en bandolera. El escribiente que se encontraba allí dio a uno de los soldados una hoja impregnada de olor a tabaco y dijo, señalando a la detenida: —Hazte cargo. ...

Moraleja de Resurrección

La moraleja demoledora de "Resurrección" es que los sistemas humanos (las leyes, los tribunales, los gobiernos) son incapaces de impartir justicia real, pues solo castigan las consecuencias externas de la desigualdad y la miseria, ignorando deliberadamente sus propias culpas sistémicas. Tolstói nos enseña que la única verdadera salvación y purificación posible proviene de un duro despertar de la conciencia individual. La reflexión cautivadora de la novela es que no podemos vivir dignamente mientras seamos cómplices silenciosos del sufrimiento ajeno; solo asumiendo la responsabilidad por el dolor que causamos y renunciando al egoísmo logramos "resucitar" a la luz del espíritu.

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Frases de Resurrección

  • El mal que hacemos en nuestra arrogante juventud crece en la sombra para atormentarnos implacablemente en nuestra vejez.
  • Nuestros tribunales son un teatro absurdo donde los hipócritas, ataviados con togas, encierran a las víctimas que ellos mismos han empujado al abismo.
  • La verdadera religión no se encuentra recitando dogmas en templos dorados, sino lavando las heridas de los parias en el fango de la tierra.
  • Para que un hombre pueda limpiar por completo su alma, primero debe tener el inmenso valor de destruir por completo su propio ego.
  • Toda la inmensa maquinaria del Estado se dedica exclusivamente a justificar la violencia del fuerte contra la debilidad del pobre.
  • Se sentía manchado por el oro y la respetabilidad; y descubrió, extrañamente, que las cadenas de Siberia le devolvían la libertad.
  • La única forma de perdonarnos a nosotros mismos es dedicar la vida a sanar el inmenso daño que esparcimos en nuestra ceguera.

Curiosidades de Resurrección

La publicación de esta novela provocó tal revuelo social por su dura crítica al estado eclesiástico que la Iglesia Ortodoxa Rusa excomulgó oficialmente a León Tolstói en 1901.

Tolstói no se quedó ni un solo rublo de las ganancias de este exitoso libro; donó absolutamente todo el dinero recaudado a la secta pacifista de los "Dujobores" para financiar su emigración masiva a Canadá huyendo de la represión zarista.

A diferencia de sus obras anteriores, Tolstói escribió Resurrección cuando ya había abrazado un anarquismo cristiano y pacifista, convirtiendo la novela en un poderoso manifiesto espiritual que influyó enormemente en pensadores como Mahatma Gandhi.

Sobre el autor de Resurrección

Lev Nikoláyevich Tolstói, conocido en español como León Tolstói (1828-1910), fue un novelista y pensador ruso reverenciado universalmente como uno de los más grandes gigantes de la literatura de todos los tiempos. Creador de colosales frescos históricos y psicológicos como Guerra y paz y Anna Karenina, su maestría narrativa es inigualable. En su madurez, sufrió una profunda crisis espiritual que lo alejó de la aristocracia, convirtiéndolo en un asceta defensor del anarquismo pacifista, la no violencia y la hermandad humana; doctrinas que lo enfrentaron drásticamente con los poderes establecidos del Imperio Ruso.

Donde los jueces condenan los cuerpos, pero solo el dolor absuelve las almas

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