Bola de Sebo de Guy de Maupassant: La hipocresía de la sociedad francesa

Bola de sebo de Guy de Maupassant nos transporta al duro invierno de la guerra franco-prusiana, encerrándonos en un carruaje que pronto se convierte en un microcosmos de la sociedad. Esta obra maestra del realismo desenmascara con crudeza la hipocresía, el egoísmo y la ingratitud humana frente al sacrificio desinteresado de quienes son vistos como parias.

Argumento de Bola de sebo

La trama sigue a diez pasajeros que huyen de la ciudad de Ruan, ocupada por las tropas prusianas. Entre ricos comerciantes, condes y monjas, viaja Elisabeth Rousset, una mujer de vida alegre apodada "Bola de sebo" por su figura redondeada. Durante el lento y helado trayecto, el hambre comienza a azotar a los respetables viajeros, quienes en su prisa no llevaron provisiones. Es entonces cuando Bola de sebo, previsora y bondadosa, saca una abundante canasta de manjares y la comparte generosamente con aquellos que, escasos minutos antes, la miraban con el más profundo de los desprecios.

No obstante, la verdadera bajeza moral de los viajeros se revela cuando la diligencia es detenida en una posada por un oficial enemigo. El militar prusiano exige pasar la noche con Bola de sebo como única condición para permitir que el carruaje continúe su viaje. Ella se niega rotundamente, movida por un genuino sentido patriótico. Sin embargo, los mismos pasajeros que habían calmado su hambre gracias a ella, comienzan a conspirar. Utilizando presiones, chantajes emocionales y retorcidos argumentos religiosos, la convencen de ceder. Una vez consumado el sacrificio, retoman la ruta, pero Bola de sebo se encuentra de nuevo marginada, recibiendo únicamente miradas gélidas y asco por parte de las mismas personas que salvaron su pellejo a costa de la dignidad de la joven.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

Bola de sebo

Guy de Maupassant

Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaban sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos al terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes. Compañías de francotiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero —cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes—, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, el único sostén de Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes. Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán. La Guardia Nacional, que desde dos meses atrás practicaba con gran lujo de precauciones prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas y aprestándose al combate cuando un conejo hacía crujir la hojarasca, se retiró a sus hogares. Las armas, los uniformes, todos los mortíferos arreos que hasta entonces derramaron el terror sobre las carreteras nacionales, entre leguas a la redonda, desaparecieron de repente. Los últimos soldados franceses acababan de atravesar el Sena buscando el camino de Pont-Audemer por Saint-Severt y Bourg-Achard, y su general iba tras ellos entre dos de sus ayudantes, a pie, desalentado porque no podía intentar nada con jirones de un ejército deshecho y enloquecido por el terrible desastre de un pueblo acostumbrado a vencer y al presente vencido, sin gloria ni desquite, a pesar de su bravura legendaria. Una calma profunda, una terrible y silenciosa inquietud, abrumaron a la población. Muchos burgueses acomodados, entumecidos en el comercio, esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armas de combate un asador y un cuchillo de cocina. ...

Moraleja de Bola de sebo

La moraleja de "Bola de sebo" es una punzante crítica a las falsas virtudes. Maupassant nos demuestra que la verdadera nobleza y moralidad no residen en el estatus social, la riqueza o la devoción religiosa aparente, sino en las acciones puras y la capacidad de sacrificio por los demás. La obra nos deja una reflexión cautivadora: a menudo, aquellos que la sociedad margina y etiqueta como "inmorales", poseen un corazón mucho más compasivo, humano y patriota que quienes se envuelven constantemente en pesados mantos de respetabilidad y decencia.

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Frases de Bola de sebo

  • Nadie la miraba, nadie pensaba en ella. Se sentía sumergida en el desprecio de aquella multitud de gente honrada.
  • Las personas decentes no se mezclan con esa clase de mujeres, decían con la boca llena de la comida que ella les había regalado.
  • En el fondo de todos los corazones latía un egoísmo feroz, cuidadosamente disfrazado de buenas maneras y honorabilidad.
  • Una vez pasado el peligro, las viejas jerarquías y los falsos prestigios volvieron a levantarse como muros inquebrantables entre ellos.
  • Se sentía indignada contra todos aquellos cobardes que la habían entregado y ahora la rechazaban como a una cosa sucia.
  • Lloraba por su dignidad ofendida, no por el enemigo, sino por la crueldad y traición de sus propios compatriotas.
  • El conde se acercó a ella y con voz de hipócrita dulzura, intentó persuadirla apelando astutamente a su patriotismo.

Curiosidades de Bola de sebo

"Bola de sebo" ("Boule de Suif") fue la obra que catapultó a Guy de Maupassant a la fama literaria en 1880. Fue publicada como parte de una antología llamada "Las veladas de Médan", donde varios autores escribieron relatos sobre la guerra franco-prusiana.

Gustave Flaubert, amigo íntimo y mentor de Maupassant, leyó el relato y quedó tan impresionado que lo catalogó como una obra maestra inmortal, augurando el tremendo éxito del joven escritor.

La protagonista está inspirada en una persona real, una cortesana de Ruan llamada Adrienne Legay, cuyos actos de heroísmo en la guerra contrastaron fuertemente con la cobardía de la alta sociedad de la época.

Sobre el autor de Bola de sebo

Guy de Maupassant (1850-1893) fue un destacado escritor francés, considerado universalmente como uno de los grandes maestros del relato breve. Discípulo del genial Gustave Flaubert, Maupassant se distinguió por su estilo naturalista, preciso y desprovisto de sentimentalismos falsos. A lo largo de su prolífica carrera, exploró temas como la locura, la hipocresía social, los horrores de la guerra y el pesimismo humano en obras memorables como El Horla, Bel-Ami, El collar y más de trescientos cuentos que revolucionaron la literatura contemporánea.

Cuando la ingratitud se disfraza de buenas costumbres

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