El blanco y el negro de Voltaire: La eterna lucha entre el destino y el libre albedrío

El blanco y el negro (Le Blanc et le Noir) es una de las joyas menos conocidas pero más fascinantes de los célebres "cuentos filosóficos" de Voltaire. Ambientada en la exótica y mística región de Cachemira, la obra utiliza el atractivo formato de los cuentos de magia orientales para abordar uno de los dilemas más antiguos y complejos de la humanidad: la lucha entre el bien y el mal, y el papel del libre albedrío.

Argumento de El blanco y el negro

El joven y valiente Rustan emprende un largo viaje lleno de peligros para reunirse con su amada, la princesa de Cachemira. En su travesía, se encuentra continuamente acompañado e influenciado por dos sirvientes diametralmente opuestos: uno es de tez completamente blanca y carácter bondadoso, prudente y sabio; el otro es un hombre de tez negra, impulsivo, lisonjero y astuto. El viaje de Rustan se convierte en una montaña rusa de infortunios, batallas, rescates y traiciones, donde cada decisión que toma parece estar manipulada por los consejos de uno de estos dos enigmáticos compañeros.

Al final de la narración, tras una sangrienta y fatal resolución de su aventura amorosa, Voltaire descorre el velo del misterio: el sirviente blanco y el sirviente negro no son hombres comunes, sino dos poderosos genios o entidades celestiales cósmicas (uno protector y el otro destructor) que han apostado sobre el destino del joven humano. A través de este ingenioso giro, el autor francés expone su sátira filosófica contra el fatalismo y el maniqueísmo, cuestionando irónicamente hasta qué punto nuestras desgracias son culpa de nuestras propias debilidades y cuánto responden a los caprichos incomprensibles de la Providencia divina.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

El blanco y el negro

Voltaire

Todo el mundo en la provincia de Candahar conoce la aventura del joven Rustán. Era hijo único de un mirza de la región; como quien dice un marqués en Francia o un barón en Alemania. Su padre, el mirza, tenía una fortuna considerable. El joven Rustán debía casarse con una doncella o mirzesa de su condición. Las dos familias deseaban apasionadamente. El debía ser el consuelo de sus padres, hacer feliz a su mujer y serlo con ella. Pero por desgracia había visto a la princesa de Cachemira en la feria de Kabul, que es la feria más importante del mundo, e incomparablemente más frecuentada que las de Basora y Astracán; y he aquí por qué el anciano príncipe de Cachemira había ido a la feria en unión de su hija. Había perdido las dos piezas más raras de su tesoro: una era un diamante del tamaño del dedo pulgar, en el cual se había grabado el retrato de su hija, gracias a un arte que entonces dominaban los indios y que posteriormente se ha perdido; la otra era un venablo que iba por sí mismo adonde uno deseaba; lo cual no es nada extraordinario entre nosotros, pero que lo era en Cachemira. Un faquir de Su Alteza le robó esas dos joyas; las llevó a la princesa. —Guardad cuidadosamente estos dos objetos —le dijo—; vuestro destino depende de ellos. Luego partió y nunca volvió a saberse de él. El duque de Cachemira, sumido en la desesperación, decidió ir a la feria de Kabul para ver si de todos los mercaderes que allí van de las cuatro partes del mundo, alguno de ellos tuviera su diamante y su arma. En todos sus viajes se hacía acompañar por su hija. Ella llevaba su diamante bien oculto en el cinturón; y en cuanto al venablo, que no podía ocultar tan fácilmente, lo había dejado cuidadosamente encerrado en Cachemira en su gran cofre de la China. Rustán y ella se vieron en Kabul; se amaron con toda la sinceridad de su edad y todo el fuego de sus países. La princesa, en prenda de su amor, le dio su diamante, y Rustán, antes de separarse, le prometió que iría a verla secretamente a Cachemira. El joven mirza tenía dos favoritos que le servían de secretarios, de escuderos, de mayordomos y de ayudas de cámara. Uno se llamaba Topacio: era apuesto, bien formado, blanco como una circasiana, dócil y servicial como un armenio, juicioso como un guebro. El otro se llamaba Ebano: era un negro bastante bien parecido, más rápido, más ingenioso que Topacio, y a quien ninguna empresa parecía difícil. El les comunicó el proyecto de su viaje. Topacio trató de disuadirle con el celo circunspecto de un servidor que no quiere contrariar a su amo; le hizo ver todo lo que arriesgaba. ¿Cómo dejar a dos familias en la desesperación? ¿Cómo hundir un puñal en el corazón de sus padres? Rustán vaciló; pero Ebano le confirmó en su idea y disipó todos sus escrúpulos. El joven carecía de dinero para emprender un viaje tan largo. El prudente Topacio le aconsejaba que no lo tomara a préstamo; Ebano se encargó de ello. Sustrajo hábilmente el diamante a su amo, mandó hacer una imitación en todo semejante a la joya verdadera, que devolvió a su lugar, y empeñó el diamante a un armenio por varios millares de rupias. Cuando el marqués tuvo sus rupias, todo estuvo a punto para la marcha. Su equipaje fue cargado a lomos de un elefante; ellos iban a caballo. Topacio dijo a su amo: —Yo me tomé la libertad de poner objeciones a vuestra empresa; pero después de hacer objeciones, hay que obedecer; soy vuestro, os amo, os seguiré hasta el fin del mundo: pero consultemos por el camino al oráculo que está a dos parasangas de aquí. Rustán consintió. El oráculo respondió: «Si vas hacia Oriente, estarás en Occidente.» Rustán no comprendió nada de esta respuesta. Topacio afirmó que no presagiaba nada bueno. Ebano, siempre complaciente, le convenció de que era muy favorable. Aún había otro oráculo en Kabul; y allí fueron. El oráculo de Kabul respondió con estas palabras: «Si posees, no poseerás: si vences, no vencerás; si eres Rustán, no lo serás.» Este oráculo pareció todavía más ininteligible que el otro. —Tened mucho cuidado —decía Topacio. —No temáis nada —decía Ebano. Y este último, como ya puede imaginarse, tenía siempre razón ante su amo, cuya pasión y cuya esperanza alentaba. Al salir de Kabul atravesaron un gran bosque, se sentaron en la hierba para comer y dejaron pacer a los caballos. Cuando se disponían a descargar al elefante que llevaba la comida y el servicio, se dieron cuenta de que Topacio y Ebano habían desaparecido de la pequeña caravana. Les llamaron; en el bosque resonaron los nombres de Ebano y de Topacio. Los criados les buscaron por todas partes y llenaron el bosque con sus gritos; volvieron sin haber visto nada, sin que nadie hubiese respondido. —Lo único que hemos encontrado — dijeron a Rustán— es un buitre que luchaba con un águila y que le arrancaba todas sus plumas. La descripción de este combate picó la Curiosidad de Rustán; se dirigió a pie hacia el lugar y allí no vio ni buitre ni águila; pero vio a su elefante, aún completamente cargado con su equipaje, que era atacado por un enorme rinoceronte. El uno embestía con el cuerno, el otro golpeaba con la trompa. El rinoceronte, al ver a Rustán, abandonó la lucha; los criados se hicieron cargo del elefante, pero les fue imposible encontrar los caballos. —¡Qué cosas tan extrañas ocurren en los bosques cuando uno viaja! —exclamaba Rustán. Los criados estaban consternados, y el amo desesperado por haber perdido al mismo tiem po sus caballos, a su querido negro y al juicioso Topacio, por quien seguía sintiendo un gran afecto, a pesar de que nunca fuera de su parecer. La esperanza de estar muy pronto a los pies de la bella princesa de Cachemira le consolaba, cuando tropezó con un gran asno rayado al que un rústico, vigoroso y terrible daba cien bastonazos. Nada más hermoso, ni más raro, ni más ligero en la carrera que los asnos de esta especie. Aquél respondía a la lluvia de estacazos del villano con unas coces capaces de desarraigar un roble. El joven mirza tomó, como era justo, el partido del asno, que era un animal encantador. El rústico huyó diciendo al asno: —Me las pagarás. El asno dio las gracias a su libertador en su lenguaje, se acercó, se dejó acariciar y acarició. Rustán, después de haber comido, montó en él y tomó el camino de Cachemira con sus criados, que le seguían, unos a pie y otros montados en el elefante. Apenas se vio sobre el asno, cuando este animal se dirige hacia Kabul en vez de seguir el camino de Cachemira. Aunque su amo tira de la brida, le da sacudidas, aprieta las rodillas, le clava las espuelas, arroja la brida, tira hacia sí, le azota a derecha y a izquierda, el terco animal sigue corriendo en dirección a Kabul. Rustán sudaba, se agitaba, se desesperaba, cuando encontró a un mercader de camellos que le dijo: . —Señor, vais montado en un asno muy ladino que os lleva adonde no queréis ir; si queréis cedérmelo, yo os daré a cambio cuatro de mis camellos que vos mismo elegiréis. Rustán dio gracias a la Providencia por haberle proporcionado un trato tan ventajoso. —Topacio se equivocaba por completo — dijo— cuando me anunciaba que mi viaje sería desgraciado. Montó en el más hermoso de los camellos y los otros tres le siguieron; y volvió a reunirse con su caravana, viéndose ya en el camino de su dicha. Apenas habían andado cuatro parasangas cuando les cortó el paso un torrente profundo, ancho e impetuoso que arrastraba grandes rocas blanqueadas de espuma. Las dos orillas eran horribles precipicios que deslumbraban los ojos y helaban el corazón; ningún medio de cruzar, ninguna manera de ir a la derecha o a la izquierda. ...

Moraleja de El blanco y el negro

La moraleja cautivadora de "El blanco y el negro" nos revela que la vida humana es un eterno campo de batalla entre la razón que nos protege y las pasiones oscuras que nos tientan. Voltaire nos enseña magistralmente que, aunque nos guste culpar a la "mala suerte" o a la Providencia divina de nuestras tragedias, la mayoría de las veces el desastre es el resultado directo de nuestras propias elecciones. El relato reflexiona sobre nuestra profunda debilidad: casi siempre preferimos escuchar la voz lisonjera y fácil del "genio negro" que nos ofrece atajos inmediatos, en lugar de obedecer a la voz aburrida y prudente del "genio blanco", ignorando que el atajo más rápido suele llevar directo al abismo.

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Frases de El blanco y el negro

  • Los mortales tienen la arrogante costumbre de acusar al destino de las desgracias que ellos mismos han forjado con su imprudencia.
  • El mal siempre viste las sedas más seductoras, mientras que la verdad y la prudencia caminan descalzas y en silencio.
  • Creía ser el dueño absoluto de su viaje, ignorando que era tan solo un peón en el eterno ajedrez de los espíritus.
  • No hay peor ceguera que la del hombre enamorado; pues confunde invariablemente la luz del genio negro con el amanecer.
  • Aquel que rechaza el buen consejo por resultar aburrido, termina invariablemente comprando su dolor a un precio altísimo.
  • La tragedia de la humanidad es que siempre necesita sangrar para comprender que las alas del diablo a veces parecen de ángel.
  • El mundo es una extraña mezcla, donde para apreciar el blanco de la virtud, siempre es necesario estrellarse contra lo negro de la culpa.

Curiosidades de El blanco y el negro

Como muchos filósofos de la Ilustración, Voltaire utilizó el "exotismo oriental" (el escenario asiático) no por mero interés geográfico, sino como un escudo literario para evitar la censura eclesiástica en Francia al discutir temas peliagudos de teología.

El cuento es en gran parte una alegoría de la filosofía zoroástrica y maniqueísta, que postula que el universo está dividido en una lucha equilibrada y cósmica entre el Dios del Bien y el Dios del Mal.

A lo largo del texto, Voltaire inserta sutilmente severas críticas a la religión organizada y a los monarcas absolutos, que actúan con la misma arrogancia divina que los genios de su relato al jugar con las vidas humanas.

Sobre el autor de El blanco y el negro

François-Marie Arouet, aclamado universalmente bajo el seudónimo de Voltaire (1694-1778), fue un escritor, filósofo, historiador y abogado que se erigió como la figura más prominente e influyente de la Ilustración francesa. Con un ingenio sarcástico y una pluma letal, dedicó su larguísima vida a la defensa acérrima de las libertades civiles, la libertad de expresión y la crítica brutal al dogmatismo y la intolerancia religiosa ("Écrasez l'infâme!"). A través de sus numerosos ensayos, dramas teatrales y sus famosos "cuentos filosóficos", como Cándido o Micromegas, sembró las semillas ideológicas de la modernidad y la tolerancia en Europa.

Donde el libre albedrío es a menudo el títere de nuestros propios instintos

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