El viejo manuscrito de Franz Kafka: La inquietante caída de la civilización
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El viejo manuscrito de Franz Kafka nos transporta a un escenario donde la cotidianeidad se ve violentamente interrumpida por la presencia de lo ajeno. En este relato, la tranquilidad de una ciudad se desvanece ante una invasión que no busca el diálogo, sino la imposición del caos, dejándonos una cruda semblanza sobre la impotencia del individuo ante fuerzas que no puede comprender ni controlar.
Argumento de El viejo manuscrito
La trama se centra en el testimonio de un zapatero cuyo local está estratégicamente ubicado frente al palacio imperial. Su vida, antes pacífica, se convierte en un calvario tras la llegada de unos nómadas salvajes venidos del Norte. Estos jinetes, que no hablan el idioma local y se comunican con graznidos inquietantes, se han apoderado de la plaza, convirtiéndola en un establo a cielo abierto mientras el emperador permanece recluido en su palacio, incapaz o indiferente ante la ruina de sus súbditos.
El zapatero describe con horror cómo los invasores saquean a los comerciantes locales, devorando carne cruda y tratando a los habitantes con un desprecio absoluto. La desesperación alcanza su punto álgido cuando se hace evidente que quienes deberían defender la capital han abandonado a su gente a su suerte, dejando a los ciudadanos en un limbo de vulnerabilidad y abandono frente a una barbarie que parece ser el nuevo orden establecido.
Lectura:
Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El viejo manuscrito
Franz Kafka
Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga.
Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
...
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre.
Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quién sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
—¿En qué terminará esto? —nos preguntamos todos—. ¿Hasta cuándo soportaremos esta carga y este tormento?
El palacio imperial ha traído a los nómades, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.
FIN
— Franz Kafka
Moraleja de El viejo manuscrito
La moraleja de 'El viejo manuscrito' subyace en la denuncia de la pasividad ante la injusticia y la ineficacia de las estructuras de poder. Kafka nos advierte que el verdadero horror no reside únicamente en la invasión externa, sino en la indiferencia de quienes ostentan la autoridad y en el silencio cómplice de una sociedad que se rinde al caos. La reflexión final es que la civilización es un velo frágil que se desgarra cuando los guardianes se retiran, dejándonos solos frente a nuestras propias sombras.
El palacio imperial ha atraído a los nómadas, pero no sabe cómo expulsarlos.
No se puede hablar con los nómadas. No conocen nuestro idioma, ni siquiera tienen uno propio.
La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante misión.
Entre ellos se entienden como las grajillas. Una y otra vez se escuchan esos graznidos.
La puerta permanece cerrada; la guardia, antaño desfilando siempre solemne, se mantiene tras ventanas enrejadas.
A menudo pienso que el carnicero, por lo menos, podría ahorrarse el trabajo de matar a los animales; pero no se puede hablar con él.
No se trata más que de un malentendido, y por su causa nos arruinamos.
Curiosidades de El viejo manuscrito
Este relato fue publicado originalmente en 1919 como parte de la célebre colección "Un médico rural", consolidando el estilo críptico y alegórico de Kafka.
Muchos estudiosos ven en la figura de los nómadas una metáfora de las tensiones étnicas y políticas en la Praga de principios del siglo XX, así como una crítica a la burocracia inoperante del Imperio austrohúngaro.
Sobre el autor de El viejo manuscrito
Franz Kafka (1883-1924) fue un escritor praguense de lengua alemana cuya obra es fundamental para entender la angustia del siglo XX. A través de sus relatos y novelas, exploró temas como la alienación, la culpa y la arbitrariedad de la ley. Pese a que solicitó la destrucción de su obra inédita, su amigo Max Brod permitió que textos como La Metamorfosis y El Proceso llegaran a nosotros, definiendo lo que hoy conocemos como "kafkiano".
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