El vampiro - Horacio Quiroga: un escalofriante descenso a la locura
Otras aplicaciones
El vampiro de Horacio Quiroga se erige como una de las piezas más perturbadoras y fascinantes del maestro del terror latinoamericano. Este relato breve nos sumerge sin concesiones en las profundidades de una mente fracturada por la tragedia, combinando el horror macabro con una profunda angustia psicológica que mantiene al lector al borde del asiento.
Argumento de El vampiro
La narrativa comienza con el escalofriante testimonio del abogado Rhode, quien relata el insólito caso de Rogelio Castelar, un hombre internado en un sanatorio psiquiátrico tras ser hallado en un cementerio desenterrando febrilmente el cadáver de una mujer con sus propias manos. Al entrevistarse con Castelar, el abogado escucha de primera mano la delirante y desesperada confesión de un hombre devorado por el horror y la confusión.
Castelar narra el fatídico día en que su casa se derrumbó e incendió, sepultando a su esposa María. En medio de la catástrofe, su desesperación lo empuja a excavar ciegamente entre los escombros humeantes, creyendo encontrar el cuerpo de su amada, cuando en realidad se trata de la sirvienta de la casa. Acompañado en su delirio por una siniestra gata negra que sobrevivió al desastre, Castelar reconstruye un macabro recorrido que difumina la frontera entre el rescate heroico y la necrofilia, dejando en el aire la espeluznante duda sobre la verdadera naturaleza de su obsesión.
Audiolibro
Lectura:
Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El vampiro
Horacio Quiroga
Sí —dijo el abogado Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.
—¡Ah! ¡Usted me entiende! —exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:
—¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!
—Óigame: Cuando yo llegué... allá, mi mujer...
—¿Dónde allá? —le interrumpí.
—Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos. ¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!
Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:
—¿Qué hace? ¡Conteste!
...
Y yo le contesté:
—¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!
Entonces se levantó un clamor:
—¡No es ella! ¡Ésa no es!
Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas. ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:
—¡Por qué! ¡Por qué!
Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome. Entonces comencé a oír de todas partes:
—Murió.
—Murió aplastada.
—Murió.
—Gritó.
—Gritó una sola vez.
—Yo sentí que gritaba.
—Yo también.
—Murió.
—La mujer de él murió aplastada.
—¡Por todos los santos! —grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían descuadrados y la remoción avanzaba a saltos. A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!
No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.
Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio. Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso, otro paso!
En el hueco de una puerta —carbón y agujero, nada más— estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera. ¡Ah! ¿No era yo, entonces? —grité desesperado—. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María! La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!
—¡Rebuscador de cadáveres! —repetí yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!
El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.
—¡Conque sabías entonces! —articuló—. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora!
¡Ah! —rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado—: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!
No necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó el abogado—, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado...
—¿Anoche? —exclamó un hombre joven de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta a los locos?
—¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.
FIN
— Horacio Quiroga
Moraleja de El vampiro
La escalofriante moraleja de "El vampiro" nos revela que los verdaderos monstruos no siempre habitan en las sombras o en los cementerios, sino en los oscuros abismos de la mente humana tras sufrir una pérdida insoportable. Quiroga nos muestra que cuando el dolor y la desesperación rebasan nuestros límites, la cordura se quiebra, y el afán por aferrarse a lo que hemos perdido puede transformar al individuo en una criatura grotesca movida por una devoción tan macabra como incomprendida.
Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo.
El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco.
Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María.
¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!
¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!
El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros...
Curiosidades de El vampiro
"El vampiro" forma parte de la obra madura de Horacio Quiroga y destaca por alejarse de la visión tradicional de las criaturas chupasangre para abordar el vampirismo desde un enfoque estrictamente psiquiátrico y necrófilo.
Cabe destacar que Horacio Quiroga escribió al menos dos cuentos distintos bajo el título de "El vampiro"; uno publicado en 1927 que aborda temáticas cinematográficas con los misteriosos "rayos N", y este, más oscuro y psicológico, que retrata un macabro caso clínico en un entorno fúnebre.
Sobre el autor de El vampiro
Horacio Quiroga (1878-1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo, considerado el gran maestro del relato breve en América Latina. Marcado por una vida repleta de tragedias familiares, suicidios y accidentes fatales, Quiroga plasmó en su obra un profundo fatalismo y una magistral destreza para el horror, la locura y la naturaleza salvaje, comparándose frecuentemente su estilo con el de Edgar Allan Poe.
Comentarios
👇 ¡Deja tu comentario! ✍️