Una habitación propia de Virginia Woolf: El brillante manifiesto de la libertad femenina
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Una habitación propia (A Room of One's Own) es un ensayo deslumbrante, revolucionario y profundamente lúcido que cimentó para siempre las bases de la crítica literaria feminista. Con una prosa poética, irónica e implacable, Virginia Woolf disecciona siglos de historia para responder a una pregunta aparentemente simple: ¿por qué las mujeres no han escrito tantas obras maestras como los hombres?
Argumento de Una habitación propia
El ensayo se desarrolla a partir de una serie de conferencias que la autora impartió sobre "Las mujeres y la novela". Woolf guía al lector a través de un paseo imaginario por los pasillos de las universidades de Oxford y Cambridge y la biblioteca del Museo Británico, comprobando empíricamente cómo a lo largo de la historia a las mujeres se les prohibió el acceso a las bibliotecas, se les negó la educación y fueron confinadas a la pobreza dependiente del matrimonio. La tesis central e inamovible de Woolf es que "una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción".
Para ilustrar la colosal injusticia histórica, la autora inventa la figura de "Judith Shakespeare", una supuesta hermana del gran dramaturgo William Shakespeare. Dotada del mismo genio brillante que su hermano, Judith huye a Londres buscando ser actriz y escritora. Sin embargo, a diferencia de William, las puertas de los teatros se le cierran en las narices, es objeto de burla y abuso, y termina suicidándose en el anonimato y la miseria, destrozada por las convenciones de una sociedad patriarcal. Woolf argumenta maravillosamente que el genio creativo requiere libertad mental, y la libertad mental exige, irremediablemente, seguridad económica y el silencio sagrado de un espacio inviolable.
Lectura:
Este ensayo pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y educativos.
Una habitación propia (Fragmento)
Virginia Woolf
Pero, me diréis, le hemos pedido que nos hable de las mujeres y la novela. ¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia? Intentaré explicarme. Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela, me senté a orillas de un río y me puse a pensar qué significarían esas palabras. Quizás implicaban sencillamente unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado. Pero, pensándolo mejor, estas palabras no me parecieron tan sencillas. El título las mujeres y la novela quizá significaba, y quizás era éste el sentido que le dabais, las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas; o quizás estos tres sentidos estaban inextricablemente unidos y así es como queríais que yo enfocara el tema. Pero cuando me puse a enfocarlo de este modo, que me pareció el más interesante, pronto me di cuenta de que esto presentaba un grave inconveniente. Nunca podría llegar a una conclusión.
Nunca podría cumplir con lo que, tengo entendido, es el deber primordial de un conferenciante: entregaros tras un discurso de una hora una pepita de verdad pura para que la guardarais entre las hojas de vuestros cuadernos de apuntes y la conservarais para siempre en la repisa de la chimenea. Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela. He faltado a mi deber de llegar a una conclusión acerca de estas dos cuestiones; las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver. Mas para compensar un poco esta falta, voy a tratar de mostraros cómo he llegado a esta opinión sobre la habitación y el dinero. Voy a exponer en vuestra presencia, tan completa y libremente como pueda, la sucesión de pensamientos que me llevaron a esta idea. Quizá si muestro al desnudo las ideas, los prejuicios que se esconden tras esta afirmación, encontraréis que algunos tienen alguna relación con las mujeres y otros con la novela. De todos modos, cuando un tema se presta mucho a controversia —y cualquier cuestión relativa a los sexos es de este tipo— uno no puede esperar decir la verdad. Sólo puede explicar cómo llegó a profesar tal o cual opinión. Cuanto puede hacer es dar a su auditorio la oportunidad de sacar sus propias conclusiones observando las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. Es probable que en este caso la fantasía contenga más verdad que el hecho.
Os propongo, por tanto, haciendo uso de todas las libertades y licencias de una novelista, contaros la historia de los dos días que han precedido a esta conferencia; contaros cómo, abrumada por el peso del tema que habíais colocado sobre mis hombros, lo he meditado e incorporado a mi vida cotidiana. Huelga decir que cuanto voy a describir carece de existencia; Oxbridge es una invención; lo mismo Fernham; «yo» no es más que un término práctico que se refiere a alguien sin existencia real. Manarán mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo merece conservarse. Si no, la echáis entera a la papelera, naturalmente, y os olvidáis de todo esto.
...
Me hallaba yo, pues (llamadme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael o cualquier nombre que os guste, no tiene la menor importancia), sentada a orillas de un río, hará cosa de una o dos semanas, un bello día de octubre, perdida en mis pensamientos. Este collar que me habíais atado, las mujeres y la novela, la necesidad de llegar a una conclusión sobre una cuestión que levanta toda clase de prejuicios y pasiones, me hacía bajar la cabeza. A derecha e izquierda, unos arbustos de no sé qué, dorados y carmesíes, ardían con el color, hasta parecían despedir el calor del fuego. En la otra orilla, los sauces sollozaban en una lamentación perpetua, el cabello desparramado sobre los hombros. El río reflejaba lo que le placía de cielo, puente y arbusto ardiente y cuando el estudiante en su bote de remos hubo cruzado los reflejos, volviéronse a cerrar tras él, completamente, como si nunca hubiera existido. Uno hubiera podido permanecer allí sentado horas y horas, perdido en sus pensamientos. El pensamiento —para darle un nombre más noble del que merecía— había hundido su caña en el río. Oscilaba, minuto tras minuto, de aquí para allá, entre los reflejos y las hierbas, subiendo y bajando con el agua, hasta —ya conocéis el pequeño tirón— la súbita conglomeración de una idea en la punta de la caña; y luego el prudente tirar de ella y el tenderla cuidadosamente en la hierba. Pero, tendido en la hierba, qué pequeño, qué insignificante parecía este pensamiento mío; la clase de pez que un buen pescador vuelve a meter en el agua para que engorde y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. No os molestaré ahora con este pensamiento, aunque, si observáis con cuidado, quizá lo descubriréis vosotras mismas entre todo lo que voy a decir.
Pero, por pequeño que fuera, no dejaba de tener la misteriosa propiedad característica de su especie: devuelto a la mente, en seguida se volvió muy emocionante e importante; y al brincar y caer, y chispear de un lado a otro, levantaba tales remolinos y tal tumulto de ideas que era imposible permanecer sentado. Así fue cómo me encontré andando con extrema rapidez por un cuadro de hierba. Irguióse en el acto la silueta de un hombre para interceptarme el paso. Y al principio no comprendí que las gesticulaciones de un objeto de aspecto curioso, vestido de chaqué y camisa de etiqueta, iban dirigidas a mí. Su cara expresaba horror e indignación. El instinto, más que la razón, acudió en mi ayuda: era un bedel; yo era una mujer. Esto era el césped; allí estaba el sendero. Sólo los «fellows» y los «scholars» pueden pisar el césped; la grava era el lugar que me correspondía. Estos pensamientos fueron obra de un momento. Al volver yo al sendero, cayeron los brazos del bedel, su rostro recuperó su serenidad usual y, aunque el césped es más agradable al pie que la grava, el daño ocasionado no era mucho. El único cargo que pude levantar contra los «fellows» y los «scholars» de aquel colegio, fuera cual fuere, es que en su afán de proteger su césped, regularmente apisonado desde hace trescientos años, habían asustado mi pececillo.
Qué idea fue la causa de tan audaz violación de propiedad, ahora no puedo acordarme. El espíritu de la paz descendió como una nube de los cielos, porque si el espíritu de la paz mora en alguna parte es en los patios y céspedes de Oxbridge en una bella mañana de octubre. Paseando despacio por aquellos colegios, por delante de aquellas salas antiguas, la aspereza del presente parecía suavizarse, desaparecer; el cuerpo parecía contenido en un milagroso armario de cristal que no dejara penetrar ningún sonido, y la mente, liberada de todo contacto con los hechos (a menos que uno volviera a pisar el césped), se hallaba disponible para cualquier meditación que estuviera en armonía con el momento. Por una de esas cosas, me acordé de un antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge durante las vacaciones de verano y esto me hizo pensar en Charles Lamb. (San Carlos, dijo Thackeray, poniendo una carta de Lamb sobre su frente.) En efecto, de todos los muertos (os cuento mis pensamientos tal como me vinieron), Lamb es uno de los que me son más afines; alguien a quien me hubiera gustado decir: «Cuénteme, pues, ¿cómo escribió usted sus ensayos?» Porque sus ensayos son superiores aún, pese a la perfección de éstos, a los de Max Beerbohm, pensé, por ese relampagueo de la imaginación desatada, ese fulgurante estallido del genio que los marca, dejándolos defectuosos, imperfectos, pero constelados de poesía. Lamb vino a Oxbridge hará cosa de cien años. Escribió, estoy segura, un ensayo —no caigo en su nombre— sobre el manuscrito de uno de los poemas de Milton que vio aquí. Era Licidas quizás, y Lamb escribió cuánto le chocaba la idea de que una sola palabra de Licidas hubiera podido ser distinta de lo que es. Imaginar a Milton cambiando palabras de aquel poema le parecía una especie de sacrilegio. Esto me hizo tratar de recordar cuanto pude de Licidas y me entretuve haciendo conjeturas sobre qué palabras habría Milton cambiado y por qué. Se me ocurrió entonces que el mismísimo manuscrito que Lamb había mirado se encontraba sólo a unos cientos de yardas, de modo que se podían seguir los pasos de Lamb por el patio hasta la famosa biblioteca que encierra el tesoro. Además, recordé, poniendo el plan en ejecución, también es en esta famosa biblioteca donde se preserva el manuscrito del Esmond de Thackeray. Los críticos a menudo dicen que Esmond es la novela más perfecta de Thackeray. Pero la afectación del estilo, que imita el del siglo XVIII, estorba, me parece recordar; a menos que el estilo del siglo XVIII le fuera natural a Thackeray, cosa que se podría comprobar examinando el manuscrito y viendo si las alteraciones son de estilo o de sentido. Pero entonces uno tendría que decidir qué es estilo y qué es significado, cuestión que... Pero me encontraba ya ante la puerta que conduce a la biblioteca misma. Sin duda la abrí, pues instantáneamente surgió, como un ángel guardián, cortándome el paso con un revoloteo de ropajes negros en lugar de alas blancas, un caballero disgustado, plateado, amable, que en voz queda sintió comunicarme, haciéndome señal de retroceder, que no se admite a las señoras en la biblioteca más que acompañadas de un «fellow» o provistas de una carta de presentación.
Que una famosa biblioteca haya sido maldecida por una mujer es algo que deja del todo indiferente a una famosa biblioteca. Venerable y tranquila, con todos sus tesoros encerrados a salvo en su seno, duerme con satisfacción y así dormirá, si de mí depende, para siempre. Nunca volveré a despertar estos ecos, nunca solicitaré de nuevo esta hospitalidad, me juré bajando furiosa las escaleras. Me quedaba todavía una hora hasta el almuerzo. ¿Qué podía hacer? ¿Pasear por las praderas? ¿Sentarme junto al río? Era realmente una mañana de otoño preciosa; las hojas caían, rojas, lentas, hasta el suelo; ni una cosa ni otra hubiera sido un gran sacrificio. Pero alcanzó mi oído el sonido de la música. Se estaba llevando a cabo algún servicio o celebración. El órgano se quejó con magnificencia cuando crucé el umbral de la capilla. Hasta la tristeza del cristianismo sonaba en aquel aire sereno más como el recuerdo de la tristeza que como verdadera tristeza; hasta los lamentos del órgano antiguo parecían bañados de paz. No sentía deseos de entrar, aun en el supuesto de que tuviera el derecho de hacerlo, y esta vez quizá me hubiera detenido el pertiguero para exigirme la fe de bautismo o una carta de presentación del deán. Pero el exterior de estos magníficos edificios es a menudo tan hermoso como su interior. Además, ya era una diversión ver a los fieles reunirse, entrar y volver a salir, afanarse en la puerta de la capilla como abejas en la boca de una colmena. Muchos llevaban birrete y toga; otros unos trozos de piel en los hombros; algunos entraban en cochecillos de inválido; otros, aunque apenas de edad madura, parecían arrugados y aplastados en formas tan singulares como los cangrejos de mar y de río que se arrastran dificultosamente por la arena de los acuarios. Me apoyé en la pared, diciéndome que la Universidad era un santuario donde se preservaban tipos extraños que no tardarían en pasar a la Historia si se les dejaba en la acera del Strand para que lucharan por la existencia. Acudieron a mi mente viejas historias de viejos decanos y viejos profesores, pero antes de que reuniera bastante valor para silbar —solían decir que al oír un silbido un viejo catedrático echaba inmediatamente a galopar— la venerable asamblea desapareció dentro de la capilla.
Su exterior estaba intacto. Como sabéis, de noche pueden verse, iluminados y visibles desde millas y millas de distancia por encima de los montes, sus altos domos y pináculos, siempre viajando y nunca llegando a puerto, como barco en la mar. Antiguamente, supongo, también este patio, con sus lisos céspedes y sus edificios macizos, era, y lo mismo la capilla, un pantano, donde ondulaba la hierba y escarbaban los cerdos. Grupos de caballos y bueyes, pensé, debían de haber arrastrado la piedra en carretas desde lejanos condados y luego, con infinito esfuerzo, habíanse posado en orden, uno encima de otro, los bloques grises a cuya sombra me encontraba en aquel momento, y luego los pintores habían traído sus vidrieras para las ventanas y los albañiles se habían afanado durante siglos en el tejado con masilla y cemento, palas y paletas. Cada sábado, el oro y la plata debían de haber manado de un monedero de cuero y llenado sus puños antiguos, pues sin duda aquella noche no les faltaba su cerveza ni su partida de bolos. Un arroyo inacabable de oro y plata, pensé, debía de haber fluido a perpetuidad hasta aquel patio para que las piedras no dejaran de llegar ni los albañiles de trabajar; para allanar, zanjar, cavar, secar. Pero era la edad de la fe y el dinero manó con liberalidad para dar a estas piedras profundos cimientos, y cuando las piedras se hubieron erigido, siguió manando el dinero de los cofres de los reyes, las reinas y los grandes nobles para que allí pudieran cantarse himnos y se pudiera instruir a los «scholars». Se concedieron tierras, se pagaron diezmos. Y cuando terminó la edad de la fe y llegó la edad de la razón, siguieron fluyendo el oro y la plata; se crearon becas, se fundaron cátedras con recursos provistos por dotaciones; sólo que el oro y la plata no fluían ahora de los cofres del rey, sino de las arcas de los mercaderes y los fabricantes, de los bolsillos de hombres que habían hecho dinero, por ejemplo, en la industria y devolvían en sus testamentos una generosa porción para financiar más cátedras, más auxiliarías, más becas en la Universidad donde habían aprendido su oficio. De ahí salieron las bibliotecas y los laboratorios; de ahí los observatorios; el espléndido equipo de instrumentos caros y delicados que reposan en estantes de cristal en ese lugar donde hace siglos ondulaba la hierba y escarbaban los cerdos. Di la vuelta al patio y los cimientos de oro y plata me parecieron desde luego lo bastante profundos y el pavimento sólidamente colocado sobre las hierbas silvestres. Hombres con bandejas sobre la cabeza iban muy atareados de una escalera a otra. Ostentosas flores crecían en las ventanas. De las habitaciones interiores llegaba el estridente sonido del gramófono. No se podía dejar de pensar... La reflexión, fuera cual fuere, quedó interrumpida. Sonó el reloj. Era hora de dirigirse al comedor.
— Virginia Woolf
Moraleja de Una habitación propia
La imperecedera y profunda moraleja de "Una habitación propia" destroza la idea romántica de que el talento sobrevive simplemente por arte de magia. Virginia Woolf nos enseña que el "genio" es como una planta extremadamente delicada: para florecer necesita imperiosamente el abono de la libertad y el agua de la independencia económica. La reflexión cautivadora de este ensayo es que no podemos pedirle a nadie (y en particular a las mujeres, históricamente subyugadas) que nos entregue grandes obras maestras o que se descubra a sí misma, si primero no le garantizamos lo más básico: un espacio seguro, silencioso y absolutamente propio donde su alma sea la única dueña de la llave.
Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si verdaderamente va a dedicarse a escribir ficción.
La historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres es, a menudo, mucho más interesante que la historia de la emancipación en sí misma.
Es imposible que un espíritu elevado cante sus mejores canciones si está permanentemente asfixiado por el miedo a la pobreza.
Durante todos estos siglos, las mujeres han servido de espejos mágicos, poseyendo el poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural.
Cerrad vuestras bibliotecas con llave si queréis; pero no hay ninguna puerta, cerradura, ni cerrojo que podáis imponer a la absoluta libertad de mi mente.
Para escribir una obra genial, la mente debe estar incandescente y completamente libre de los mezquinos rencores y ataduras terrenales.
No hay mayor milagro ni mayor crimen oculto en la historia humana que los innumerables genios de mujeres que fueron enterrados sin escribir jamás una sola línea.
Curiosidades de Una habitación propia
El ensayo está basado en dos conferencias que Virginia Woolf impartió en octubre de 1928 en el Newnham College y el Girton College, dos colegios femeninos de la Universidad de Cambridge, dirigiéndose exclusivamente a jóvenes estudiantes.
La famosísima "Hermana de Shakespeare" que Woolf se inventa no solo sirve para denunciar el sexismo del siglo XVI, sino que se ha convertido en el símbolo académico y feminista de todos los genios silenciados a lo largo de la humanidad por falta de privilegios económicos y sociales.
Además del feminismo, la obra postula una brillante teoría literaria moderna: el concepto de la "mente andrógina". Woolf defendía que los más grandes genios de la literatura (como Shakespeare o Coleridge) poseían mentes que fusionaban de manera perfecta los rasgos tradicionalmente femeninos y masculinos, creando sin resentimientos.
Sobre el autor de Una habitación propia
Virginia Woolf (1882-1941) fue una colosal novelista, ensayista, editora y crítica británica, consagrada como una de las figuras más vanguardistas y destacadas del modernismo literario anglosajón del siglo XX y del movimiento feminista internacional. Fue la figura central del exquisito Círculo de Bloomsbury. Woolf revolucionó por completo la novela introduciendo la técnica del "flujo de conciencia", adentrándose en la psicología de los personajes en lugar de la acción lineal. Su vida estuvo atravesada por graves episodios de trastorno bipolar que la empujaron, trágicamente, al suicidio en el río Ouse. Su deslumbrante legado perdura en obras maestras como La señora Dalloway, Al faro y Orlando.
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