La flecha negra de Robert Louis Stevenson: Justicia y acero en la Guerra de las Dos Rosas
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La flecha negra es una trepidante novela de aventuras y caballería escrita por el maestro absoluto del género, Robert Louis Stevenson. Ambientada en la turbulenta y sanguinaria Inglaterra de la Guerra de las Dos Rosas, esta obra mezcla con una precisión insuperable el misterio, las batallas épicas, la más sucia intriga política y un cautivador romance de identidades ocultas.
Argumento de La flecha negra
El joven y valiente Richard "Dick" Shelton ha sido criado como el devoto pupilo de Sir Daniel Brackley, un noble sumamente corrupto y oportunista que no tiene escrúpulos en cambiar de bando político (entre las casas de Lancaster y York) siempre que esto le garantice salvar su propia vida e incrementar su riqueza. La apacible ignorancia de Dick da un vuelco aterrador cuando en la región comienzan a aparecer misteriosas y letales flechas negras. Estas armas vienen firmadas por la "Comunidad de la Flecha Negra" (una banda de implacables justicieros de los bosques, similar a Robin Hood), las cuales amenazan de muerte a Sir Daniel y a sus secuaces, acusándolos abiertamente de haber asesinado a sangre fría al padre de Dick.
Al descubrir que su propio y "amoroso" tutor es el traidor que destruyó y robó a su familia, Dick escapa hacia la espesura del bosque para unir fuerzas con los proscritos. En su peligrosa y desesperada huida, se cruza con John Matcham, un frágil muchacho que en realidad resulta ser Joanna Sedley, una rica heredera secuestrada y disfrazada para escapar de un matrimonio forzado arreglado por Sir Daniel. Juntos, Dick y Joanna enfrentarán sangrientas batallas, persecuciones en monasterios y barcos robados, llegando a cruzarse con figuras históricas reales como el ambicioso futuro rey Ricardo III, luchando desesperadamente por mantener su vida, vengar su honor y proteger su amor en un reino en ruinas.
Lectura:
Esta obra pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
La flecha negra
Robert Louis Stevenson
PRÓLOGO: John Amend-all
Cierta tarde, muy avanzada ya la primavera, se oye en hora desusada la campana del Castillo del Foso, en Tunstall. Desde las cercanías hasta los más apartados rincones, en el bosque y en los campos que se extendían a lo largo del río, comenzaron las gentes a abandonar sus tareas para correr hacia el sitio de donde procedía el toque de alarma, y en la aldea de Tunstall un grupo de pobres campesinos se preguntaba asombrado a qué se debería la llamada.
En aquella época, que era la del reinado de Enrique VI, el aspecto que presentaba la aldea de Tunstall era muy parecido al que actualmente tiene. No pasarías de unas veinte las casas, toscamente construidas con madera de roble, que se hallaban esparcidas por el extenso y verde valle que ascendía desde el río. Al pie de aquél, el camino cruzaba un puente y, subiendo por el lado opuesto, desaparecía en los linderos del bosque, hasta llegar al Castillo del Foso, desde donde continuaba hacia la abadía de Holywood. Hacia la mitad del camino se alzaba la iglesia rodeada de tejos. A ambos lados, limitando el paisaje y coronando las montañas se encontraban los verdes olmos y los verdeantes robles del bosque.
Sobre una loma inmediata al puente se erguía una cruz de piedra, a cuyo alrededor se había reunido un grupo —media docena de mujeres y un mozo alto vestido con un sayo rojizo— discutiendo acerca de lo que podía anunciar el toque de rebato. Media hora antes, un mensajero había cruzado la aldea, con tal prisa que apagó la sed con un jarro de cerveza sin desmontar siquiera del caballo, tan urgente era su mensaje. Mas ni él mismo sabía de qué se trataba; únicamente, que llevaba pliegos sellados de sir Daniel Brackley para sir Oliver Oates, el párroco encargado de cuidar del Castillo del Foso en ausencia del dueño.
Se oyó entonces el galopar de otro caballo, y al rato, saliendo de los linderos del bosque y cruzando con estrépito el puente, llegó a caballo el joven master Richard Shelton, que se hallaba bajo la tutela de sir Daniel. Él, al menos, sabría algo de lo que ocurría, por lo que, llamándole, le suplicaron que se lo explicara. El muchacho, un joven que aún no había cumplido los dieciocho años, de rostro curtido por el sol y ojos grises, con jubón de gamuza con cuello de terciopelo negro, verde capuchón sobre su cabeza y una ballesta de acero terciada a la espalda, detúvose de buena gana. Al parecer, el correo había traído importantes noticias. Era inminente la batalla. Sir Daniel había ordenado que todo hombre capaz de tensar un arco o de empuñar un hacha partiese inmediatamente hacia Kettley, bajo pena de incurrir en su enojo. Pero nada sabía Dick acerca de por quién habían de luchar ni del lugar donde se libraría la batalla. El mismo sir Oliver no tardaría en llegar y Bennet Hatch se estaba preparando en aquel momento, pues él había de acaudillar a los hombres.
—¡Esto será la ruina de esta tierra! —exclamó una mujer—. Si los barones viven en guerra constante, los campesinos tendrán que alimentarse de raíces.
—Nada de eso —dijo Dick—: el que nos siga recibirá seis peniques diarios, y los arqueros, doce.
—Eso será si viven —repuso la mujer—; pero ¿y si mueren, señor?
—Nada más honroso que morir por su señor natural.
—No será el mío —replicó el hombre del sayo—. Yo seguí a los Walsingham, y como yo, todos los de Brierley, hasta hace un par de años por la Candelaria. ¡Y ahora he de pasarme al bando de los Brackley! La ley lo hizo, y no la naturaleza. ¿Qué me importan a mí sir Daniel ni sir Oliver, que entiende más de leyes que de honradez? Yo no tengo más señor natural que el pobre rey Enrique VI, a quien Dios bendiga, ese infeliz inocente que no sabe cuál es su mano derecha ni cuál su izquierda.
—Mala lengua tenéis, amigo —dijo Dick—, si así difamáis a vuestro buen amo y a mi señor, el rey, en la misma calumnia. Pero el rey Enrique, ¡loados sean los santos!, ha recobrado el juicio y todo lo pondrá en orden pacíficamente. En cuanto a sir Daniel, muy valiente os mostráis a espaldas suyas. Pero no soy ningún chismoso, así que no hablemos más del asunto.
—Nada he dicho en vuestro agravio, master Richard —repuso el campesino—. Sois todavía un muchacho, pero cuando seáis un hombre, os encontraréis con la bolsa vacía. Y no digo más: ¡que todos los santos del cielo ayuden a los vecinos de sir Daniel y la Virgen bendita proteja a sus pupilos!
—Clipsby —dijo Richard—: lo que estáis diciendo no puedo escucharlo, sin faltar a mi honor. Sir Daniel es un amo bondadoso para mí, y mi tutor.
—¡Vamos! ¿Queréis descifrarme un acertijo? —repuso Clipsby—. ¿De qué bando es sir Daniel?
—No lo sé —murmuró Dick, enrojeciendo, pues su tutor, en los disturbios de aquella época, cambiaba continuamente de partido, y a cada uno de esos cambios acompañaba algún aumento en su fortuna.
—Claro —repuso Clipsby—; ni vos ni nadie, pues, en verdad, se acuesta siendo de los Lancaster y se levanta de los de York.
...
En aquel preciso instante, el puente retumbó bajo los cascos de un caballo. Se volvieron los del grupo y vieron llegar, a galope, a Bennet Hatch. Era éste un hombre de rostro moreno, pelo entrecano y aspecto torvo; iba armado con espada y lanza, una celada cubría su cabeza y su cuerpo una cota de cuero. Hombre de relieve en aquellos lugares, se le consideraba la mano derecha de sir Daniel, lo mismo en la paz que en la guerra, y, a la sazón, por conveniencia de su amo, ejercía el cargo de alguacil.
—¡Clipsby! —gritó—: Corre al Castillo del Foso y manda a todos los rezagados por el mismo camino. Bowyer os dará cotas y celadas. Hemos de salir antes del toque de queda. Fíjate bien: al que sea el último en llegar a la puerta, sir Daniel le dará su merecido. Conque mucho cuidado, porque ya te conozco y sé que no eres hombre en quien se pueda confiar.
Y dirigiéndose a una de las mujeres, añadió:
—Nance, ¿dónde está el viejo Appleyard? ¿En la ciudad?
—En su campo, con toda seguridad —respondió la mujer.
El grupo se dispersó, y mientras Clipsby cruzaba pausadamente el puente, Bennet y el joven Shelton cabalgaban juntos por el camino, atravesando la aldea y dejando atrás la iglesia.
—Verás cómo ese cascarrabias —dijo Bennet— se pasa el tiempo murmurando y hablando sin ton ni son de Enrique V. ¡Y todo porque estuvo en las guerras de Francia!
La casa adonde se encaminaban era la última de la aldea, y se alzaba solitaria entre unas lilas. Más allá de ella, por los tres lados, se abría la pradera, elevándose hasta las márgenes del bosque.
Hatch desmontó, colocó las riendas sobre la cerca y echó a andar por el campo, llevando a Dick junto a sí, hacia donde cavaba el viejo soldado, hundido hasta las rodillas entre sus coles, tarareando con voz cascada una cancioncilla. Todo él iba vestido de cuero excepto la capucha y la esclavina, que eran de frisa negra, anudadas con cinta escarlata. Por el color y las arrugas, dijérase que su rostro era una cáscara de nuez; pero sus viejos ojos grises eran bastante claros y límpidos todavía, y perfecta su vista. Quizá porque era sordo, quizá porque no creyese digno de un viejo arquero de Agincourt prestar atención a semejantes disturbios, el caso es que ni las ásperas notas de la campana tocando a rebato ni la proximidad de Bennet y el muchacho parecieron impresionarle, y continuó cavando mientras con débil y temblorosa vocecilla entonaba la melodía:
Si he de ser, mi señora, de vuestra propiedad
os ruego que de mí tengáis piedad.
—Nick Appleyard —dijo Hatch—: sir Oliver te saluda y te ordena que, antes de una hora, te dirijas al Castillo del Foso para encargarte del mando.
El viejo alzó la vista.
—¡Dios os guarde, señores míos! —repuso, sonriendo—. ¿Dónde va master Hatch?
—Master Hatch parte para Kettley con todos los hombres que puedan montar a caballo —contestó Bennet—. Parece que va a haber por aquellos alrededores una batalla, y mi señor espera refuerzos.
—¡Bien! —dijo Appleyard—. ¿Y qué guarnición me dejáis?
—Te dejo seis hombres escogidos y, además, sir Oliver —contestó Hatch.
—No bastan para defender la plaza —observó Appleyard—. Se necesitarán cuarenta hombres para resistir como es debido.
—¡Cómo! ¿Para que nos salieras con eso te hemos venido a buscar, viejo pícaro? —replicó Bennet—. ¿Quién sino tú es capaz de hacerlo con semejante guarnición?
—¡Sí, cuando te aprieta el zapato te acuerdas del viejo! —repuso Nick—. No hay uno de vuestros hombres capaz de sostenerse a caballo ni de manejar una pica; y en cuanto a arqueros, si el viejo Enrique V resucitase, sería capaz de ofrecerse, por un ochavo cada vez, a servir de blanco en vuestros tiros.
—¡Vamos, Nick, que todavía hay alguien que sabe disparar un arco! —exclamó Bennet.
—¡Disparar un arco! —repitió Appleyard—. ¡Sí! Pero ¿quién sería capaz de dar en el blanco? Ahí es donde hay que tener buen ojo y la cabeza en su sitio. Si no, vamos a ver, ¿a qué llamaríais vos un tiro largo de ballesta?
—¡Hombre! Largo sería a una distancia como de aquí al bosque —contestó Bennet mirando en torno suyo.
—Sí, algo largo sería —murmuró el viejo, volviéndose para mirar por encima del hombro. Después se colocó la mano sobre los ojos y permaneció con ellos fijos en la lejanía.
—¿Qué miras? —preguntó Bennet entre dientes—. ¿Acaso ves a Enrique V?
El veterano siguió mirando hacia la colina. El sol brillaba esplendoroso sobre las praderas; ramoneaban algunas ovejas blancas. Todo estaba en silencio, turbado tan sólo por el lejano tañido de la campana.
—¿Qué ocurre, Appleyard? —inquirió Dick.
—Qué ha de ocurrir... Los pájaros.
Sobre la parte superior del bosque, desde donde descendía como una lengua a través de los prados, para terminar en un par de olmos verdes, a un tiro de flecha aproximadamente del lugar donde nuestros interlocutores se hallaban, una bandada de pájaros revoloteaba de un lado a otro con evidente alarma.
—¿Qué pasa con los pájaros? —preguntó Bennet.
—¡Verdaderamente —repuso Appleyard—, hacéis bien en iros a la guerra, master Bennet! Los pájaros son buenos centinelas; en los bosques suelen ser los que primero figuran en la línea de batalla. ¡Mirad! Si éste fuera un campamento, bien pudiera haber arqueros acechando para dar con nosotros, y, sin embargo, aquí estaríais como si tal cosa.
—¡Qué dices, condenado! —gritó Hatch—. ¡Si en torno nuestro no hay más hombres que los de sir Daniel, en Kettley! Estás más seguro que en la torre de Londres, y quieres asustarnos con unos cuantos gorriones o algún pinzón.
—¡Escuchadle! —rezongó Appleyard—. ¡Cuántos bribones se dejarían cortar las orejas con tal de darse el gustazo de podernos enviar una flecha a cualquiera de nosotros! ¡San Miguel nos valga! ¡Si nos odian como si fuéramos la peste!
—Cierto es que odian a sir Daniel —repuso Hatch algo más sosegado.
—A sir Daniel y a todo el que le sirve —refunfuñó Appleyard—, y en primer término a Bennet Hatch y al viejo Nicholas, el arquero. Mirad: si allá lejos, en el extremo del bosque, hubiese un hombre forzudo y vos y yo permaneciésemos aquí a merced suya, como lo estamos, ¿a quién creéis que escogerían?
—Apuesto que a ti —repuso Hatch.
—¡Apuesto mi capote contra un cinto de cuero a que seríais vos el elegido! —exclamó el viejo arquero—. Vos fuisteis quien incendió Grimstone, Bennet, y eso no os lo perdonarán nunca, amigo mío. En cuanto a mí, pronto estaré en lugar seguro, Dios mediante, lejos de los tiros de flecha y de los cañonazos también... y de todas las ruindades de mis enemigos. Ya soy viejo y me acerco rápidamente a mi última morada, donde el lecho está dispuesto. Pero vos, Bennet, quedaréis a merced de todos los peligros, y si llegáis a mi edad sin que os hayan colgado, será porque el genuino espíritu inglés habrá muerto ya.
—Eres el viejo mastuerzo de peor genio de todo el bosque de Tunstall —replicó Hatch, enojado por aquellos amenazadores presagios—. Anda de una vez a armarte antes de que llegue sir Oliver, y déjate, por una vez en tu vida, de charlas inútiles. Si a Enrique V le hablabas tanto, tendría más llenos los oídos que el bolsillo.
Silbó en el aire una flecha como un gigantesco abejorro y vino a clavársele al viejo Appleyard entre ambos omoplatos, atravesándole de parte a parte y haciéndole caer de cabeza sobre las coles. Hatch contuvo un grito y saltó en el aire; después, agachándose cuanto pudo, corrió a refugiarse en la casa. Entretanto, sir Dick Shelton se había ocultado tras unas lilas y con el arco tenso y apoyado en el hombro apuntaba hacia el bosque.
No se movía ni una hoja. Las ovejas pacían tranquilamente y los pájaros se habían apaciguado. Pero en el suelo yacía el viejo, con una flecha de una vara de largo clavada en la espalda. Hatch continuaba protegido bajo el alero del tejado, y Dick estaba alerta, agazapado tras el árbol.
—¿Veis algo? —gritó Hatch.
—No se mueve ni una rama —contestó Dick.
—Me da vergüenza dejarle ahí tendido —dijo Bennet, adelantándose de nuevo con vacilante paso y muy pálido el rostro—. No perdáis de vista el bosque, mas ter Shelton; vigiladlo bien. ¡Los santos nos asistan! ¡Buen tiro fue éste!
Bennet alzó al viejo arquero y lo apoyó sobre su rodilla. Todavía no estaba muerto. Su rostro se contraía, abría y cerraba los ojos maquinalmente, y tenía el horrible aspecto de quien sufre un gran dolor.
—¿Me oyes, Nick? —le preguntó Hatch—. ¿Deseas algo? ¿Tienes algo que decir antes de dejar este mundo, hermano?
—¡Arráncame esta flecha y déjame morir, por la Virgen María! —susurró Appleyard—. ¡Ya se acabó para mí la vieja Inglaterra! ¡Arráncamela, arráncamela!
—Master Dick —exclamó Bennet—, acercaos y dad un buen tirón a la flecha. Lo que él quiere es morir, el pobre pecador.
Dick dejó en el suelo su ballesta y, tirando de la flecha con todas sus fuerzas, consiguió arrancarla de la herida. Brotó un chorro de sangre, intentó el viejo arquero ponerse de pie y, pronunciando el nombre de Dios, cayó muerto.
Hatch, arrodillado entre las coles, oró con fervor por el descanso de su alma. Mas, en tanto que oraba, veíase que su atención se hallaba dividida: no dejaba de mirar ni un instante de reojo hacia aquel rincón del bosque de donde partiera el certero flechazo. Terminada su oración, se alzó de nuevo, se quitó una de sus manoplas de malla y se enjugó el pálido rostro, empapado de un sudor aterrado.
—Sí —dijo—, la próxima vez me tocará a mí.
—¿Quién habrá hecho esto, Bennet? —preguntó Richard, conservando aún en su mano la flecha.
—Sólo Dios lo sabe —respondió Hatch—. Quizá andan por ahí más de cuarenta cristianos a quienes él y yo hemos arrojado de sus casas y de sus tierras, persiguiéndolos después. Él ha pagado ya su deuda, pobre viejo, y acaso no tarde yo mucho en pagar la mía. Sir Daniel tiene la mano demasiado dura.
—Extraña flecha es ésta —dijo el muchacho contemplando la que tenía en la mano.
—Sí, por cierto —exclamó Bennet—. Negra y guarnecida de plumas, también negras. Nada tiene de bonita ni de alegre, porque dicen que el negro es presagio de entierro. Y aquí se ven algunas palabras escritas. Limpiad la sangre y leedlas. ¿Qué dicen?
— Robert Louis Stevenson
Moraleja de La flecha negra
La moraleja resplandeciente de "La flecha negra" nos enseña que la verdadera nobleza y justicia rara vez se encuentran en los cómodos despachos de los poderosos o cobijadas bajo las banderas de los ejércitos oficiales. Stevenson nos demuestra, a través de la evolución ética de su protagonista, que la lealtad inquebrantable, la moralidad y el coraje suelen florecer irónicamente entre los proscritos y marginados que deciden rebelarse contra la tiranía. La reflexión cautivadora de esta novela es que, en un mundo movido íntegramente por la avaricia, las facciones y la traición continua, el mayor acto de heroísmo posible es mantener el propio corazón limpio de rencor y estar dispuesto a arriesgarlo todo para proteger la pureza del amor y la verdad.
En tiempos de guerra y traición constante, las lealtades de los nobles cambian con el viento, pero la verdad permanece inmutable.
Las flechas negras son el juramento silencioso y mortífero de aquellos que han sido despojados de la justicia por los tiranos.
Un hombre valiente jamás teme luchar contra ejércitos enteros; teme únicamente descubrir que ha estado sangrando en el bando equivocado.
No hay disfraz de muchacho, ni ropas manchadas de lodo, que puedan ocultar por mucho tiempo el inmenso brillo de unos ojos enamorados.
La justicia de los bosques es rápida, oscura y certera; a diferencia de las cortes, no entiende de títulos nobiliarios, solo de sangre injustamente derramada.
Vengarse es como beberse una copa de veneno negro y esperar pasivamente que el enemigo muera en tu lugar.
El valor aplastante en la batalla te hace ganar guerras, pero la misericordia otorgada al enemigo vencido es lo que forja a los verdaderos reyes del espíritu.
Curiosidades de La flecha negra
La novela se publicó originalmente de forma seriada en una revista juvenil en 1883. Curiosamente, Stevenson firmó estos primeros capítulos bajo el seudónimo militar de "Capitán George North".
La trama histórica está perfectamente ambientada y documentada en la Guerra de las Dos Rosas (siglo XV), un devastador conflicto civil dinástico entre las casas de Lancaster (rosa roja) y York (rosa blanca) que definiría el sangriento futuro de Inglaterra.
Stevenson, siempre meticuloso, estudió exhaustivamente el vocabulario antiguo e incluyó una gran cantidad de arcaísmos en los diálogos ingleses originales para dotar a la historia de un sabor y realismo auténticamente medieval.
Sobre el autor de La flecha negra
Robert Louis Stevenson (1850-1894) fue un eximio novelista, poeta y ensayista escocés, célebre por su inigualable destreza para entrelazar la aventura trepidante, la profundidad psicológica y el suspense oscuro. Pese a sufrir una frágil salud respiratoria, llevó una vida de incesantes viajes exóticos, estableciéndose finalmente en las islas del Pacífico Sur, en Samoa, donde los nativos lo amaban profundamente y lo apodaron Tusitala (el que cuenta historias). Su genial pluma nos ha legado joyas indispensables de la literatura como La isla del tesoro, La flecha negra, El diablo de la botella y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
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