El pie del diablo de Conan Doyle: Terror tóxico y la locura de Sherlock Holmes
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El pie del diablo (The Adventure of the Devil's Foot) es uno de los relatos más oscuros, macabros y asfixiantes de todo el canon de Sherlock Holmes. Arthur Conan Doyle aleja a su icónico detective de las familiares y brumosas calles de Londres para sumergirlo en el agreste e inhóspito paisaje de Cornualles, donde deberá enfrentarse a un horror invisible que desafía por completo los límites de la cordura humana.
Argumento de El pie del diablo
Buscando un necesario reposo mental por estricta prescripción médica, Sherlock Holmes y el Dr. Watson se retiran a una cabaña en la península de Cornualles. Sin embargo, su descanso se ve interrumpido abruptamente por una tragedia espeluznante e inexplicable: en la casa rural de la familia Tregennis, la hermana menor, Brenda, es hallada muerta en su silla con una expresión facial de pánico absoluto, mientras que sus dos hermanos, sentados a la misma mesa frente a ella, han enloquecido por completo, riendo a carcajadas y balbuceando en medio de la sala sin que exista rastro alguno de violencia física.
Intrigado por este misterio que la policía local atribuye a causas sobrenaturales, Holmes descubre que la causa real es un polvo exótico y letal traído de África: la raíz del "pie del diablo", una toxina capaz de inducir visiones tan aterradoras que provocan la locura instantánea o la muerte por infarto. A medida que el detective profundiza en el caso, llegando al límite de arriesgar su propia vida y la de Watson al experimentar quemando el veneno en una habitación cerrada, destapa una oscura red de codicia familiar y traición. La investigación saca a la luz una implacable venganza romántica orquestada por Leon Sterndale, el explorador y amante secreto de la difunta, obligando finalmente a Holmes a cuestionar su estricto sentido de la justicia legal y a tomar una decisión profundamente humana.
Lectura:
Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
El pie del diablo
Arthur Conan Doyle
Al relatar de vez en cuando algunas de las experiencias curiosas y los recuerdos interesantes que asocio con mi amistad íntima y prolongada con Mr. Sherlock Holmes, me he topado constantemente con las dificultades que me ha causado su aversión por la publicidad. Para su carácter austero y cínico el aplauso popular siempre ha sido aborrecible, y nada le divertía más al cerrar con éxito un caso que traspasar el mérito a algún oficial ortodoxo, y escuchar con sonrisa burlona el coro general de felicitaciones equivocadas. Ha sido en realidad esta actitud por parte de mi amigo, y no desde luego la falta de material interesante, lo que en los últimos años me ha obligado a publicar muy pocos de mis relatos. Mi participación en algunas de sus aventuras siempre ha sido un privilegio que me ha exigido discreción y reticencia.
Quedé, pues, enormemente sorprendido al recibir el martes pasado un telegrama de Holmes —nunca se ha sabido de él que escribiera cuando bastaba un telegrama— en los términos siguientes: “¿Por qué no contarles el horror de Cornualles, el más extraño caso que se me ha encomendado?” Ignoro qué resaca de su cerebro había refrescado el caso en su memoria, o qué antojo le había hecho desear que yo lo relatase; pero me apresuré, antes de que llegara otro telegrama cancelando aquél, a rebuscar las notas que me darían los detalles exactos del caso, y a exponerles el caso a mis lectores.
Fue en la primavera del año 1897, cuando en la férrea constitución de Holmes aparecieron algunos síntomas de debilitamiento frente a un trabajo duro, constante y del tipo más agotador, agravado, además, por sus propias imprudencias ocasionales. En marzo de aquel año el doctor Moore Agar, de la calle Harley, cuya dramática presentación a Holmes quizá cuente algún día, le dio órdenes terminantes al famoso detective privado de dejar a un lado todos sus casos y entregarse a un completo descanso, si quería evitar un colapso. Su estado de salud no era asunto por el que Holmes se tomase el más mínimo interés, ya que tenía una gran capacidad de abstracción mental, pero al final fue inducido, bajo la amenaza de quedar inhabilitado para el trabajo de forma permanente, a buscarse un cambio total de escena y de aires.
Así fue como a principios de primavera de aquel mismo año nos trasladamos a una casita de campo cerca de la bahía de Poldhu, en el extremo más alejado de la península de Cornualles.
Era un lugar singular, especialmente adecuado para el humor sombrío de mi paciente. Desde las ventanas de nuestra casita encalada, construida en lo alto de una colina muy verde, dominábamos todo el siniestro semicírculo de la bahía de Mounts, esa antigua trampa mortal para los veleros, con su hilera de negros acantilados y arrecifes azotados por las olas, contra los que habían hallado la muerte innumerables marineros. Con viento del norte la bahía permanece plácida y abrigada, invitando a las embarcaciones sacudidas por la tempestad a virar hacia ella en busca de descanso y protección.
Pero luego vienen el súbito remolino de viento, las ráfagas huracanadas del sudoeste, el ancla arrancada, la orilla a sotavento, y la última batalla en el rompiente espumoso. El marinero prudente está siempre alejado de ese lugar maldito.
...
Por el lado de tierra nuestros alrededores eran tan sombríos como el mar. Era aquélla una zona de páramos ondulantes, solitarios y grises, con un campanario aquí y allá para marcar el emplazamiento de algún que otro pueblo de tiempos pasados. En cualquier dirección de los páramos había vestigios de una raza ya desaparecida que no había dejado como constancia de su paso sino extraños monumentos de piedra, túmulos irregulares que contenían las cenizas incineradas de los muertos, y curiosas construcciones de tierra que apuntaban a la lucha prehistórica. El embrujo y misterio de la región, con su siniestra atmósfera de naciones olvidadas, apelaba a la imaginación de mi amigo, quien pasaba gran parte de su tiempo dando largos paseos y sumiéndose en meditaciones solitarias en los páramos. La antigua lengua de Cornualles también había atraído su atención, y recuerdo que se le metió en la cabeza la idea de que era muy similar al caldeo y constituía una derivación directa del lenguaje de los comerciantes de estaño fenicios.
Recibió un envío de libros de filología, y se disponía a consagrarse al desarrollo de su tesis cuando de repente, para pesar mío y alborozo manifiesto de él, nos encontramos, incluso en aquella tierra de sueños, sumergidos en un problema ocurrido a nuestra puerta, más intenso, más absorbente e infinitamente más misterioso que cualquiera de los que nos habían hecho salir de Londres. Nuestra vida sencilla y plácida, nuestra saludable rutina fueron interrumpidas violentamente, y nosotros nos vimos precipitados en el centro de una serie de sucesos que provocaron una excitación extrema no sólo en Cornualles, sino también en toda la parte occidental de Inglaterra. Quizá muchos de mis lectores conserven algún recuerdo de lo que se llamó entonces el “Horror de Cornualles”, aunque a la prensa de Londres no llegó más que un relato muy incompleto del asunto. Ahora, trece años después, voy a dar a conocer públicamente los auténticos detalles de aquel caso inconcebible.
Ya he dicho que unos cuantos campanarios diseminados indicaban la situación de los pueblos que salpicaban aquella parte de Cornualles. El más cercano era la aldea de Tredannick Wollas, donde las casas de unos doscientos habitantes se apiñaban en torno a una iglesia antigua y cubierta de musgo. El vicario de la parroquia, Mr. Roundhay, tenía algo de arqueólogo, y, como tal, había trabado amistad con Holmes. Era un hombre de mediana edad, atractivo y afable, con un caudal considerable de erudición local. Invitados por él, fuimos un día a tomar el té en la vicaría, conociendo asimismo a Mr. Mortimer Tregennis, un caballero independiente que había incrementado los escasos recursos del sacerdote alquilando habitaciones en su casa espaciosa y destartalada. El vicario, que era soltero, estaba encantado de haber llegado a un acuerdo de este tipo, a pesar de no tener apenas nada en común con su huésped, que era un hombre delgado, moreno, con gafas, y con un encorvamiento de espalda que daba la impresión de una auténtica deformidad física. Recuerdo que durante nuestra corta visita encontramos al vicario locuaz, y a su inquilino extrañamente reservado, con expresión triste, y entregado a la introspección; todo el tiempo permaneció sentado con la mirada perdida, aparentemente absorto en sus propios asuntos.
Esos fueron los dos hombres que entraron abruptamente en nuestra sala de estar el martes 16 de marzo, poco después de la hora del desayuno, cuando estábamos fumando juntos y preparándonos para nuestra excursión diaria por los páramos.
—Mr. Holmes —dijo el vicario, con voz agitada—, durante la noche ha ocurrido un suceso de lo más trágico y extraordinario. Es algo de verdad insólito. No podemos sino considerar como un don de la providencia que esté usted aquí en estos momentos, porque en toda Inglaterra no hay un hombre al que necesitemos más.
Clavé en el intruso vicario una mirada poco amistosa; pero Holmes se quitó la pipa de los labios y se irguió en su silla, como un viejo sabueso que oye el grito de “¡Zorro a la vista!” Señaló el sofá con el dedo, y el palpitante vicario, con su agitado compañero, se sentaron en él, uno junto al otro. Mr. Mortimer Tregennis se dominaba más que el sacerdote, pero el crispamiento de sus manos delgadas y el brillo de sus ojos oscuros delataban la emoción que compartía con éste.
—¿Hablo yo, o lo hace usted? —preguntó al vicario.
—Bueno, como parece ser que es usted quien ha hecho el descubrimiento, sea lo que fuere, y el vicario lo sabe todo de segunda mano, quizá será mejor que hable, Mr. Tregennis —dijo Holmes.
Lancé una mirada al vicario, vestido apresuradamente, a su inquilino, sentado junto a él, ataviado con toda formalidad, y me divirtió la sorpresa que había producido en sus rostros la simple deducción de Holmes.
—Quizá será mejor que diga primero unas palabras —dijo el vicario—, y entonces usted mismo juzgará si prefiere escuchar los detalles de Mr. Tregennis, o salir corriendo sin pérdida de tiempo hacia el escenario de tan misterioso suceso. Explicaré, pues, que nuestro amigo aquí presente pasó la velada de ayer en compañía de sus dos hermanos, Owen y George, y en la de su hermana, Brenda, en su casa de Tredannick Wartha, que está cerca de la vieja cruz de piedra del páramo. Les dejó poco después de las diez, jugando a cartas en torno a la mesa del comedor, de buen humor y con excelente salud. Esta mañana, como es hombre madrugador, ha salido de paseo en esa dirección antes de desayunar, siendo alcanzado por el coche del doctor Richards, quien le ha explicado que acababan de mandarle llamar urgentemente desde Tredannick Wartha. Como es natural, Mr. Mortimer Tregennis ha ido con él. Al llegar a Tredannick Wartha se ha encontrado con un estado de cosas extraordinario. Sus tres hermanos estaban sentados en torno a la mesa, tal como él los había dejado, con las cartas aún extendidas ante ellos y las velas consumidas hasta la base. La hermana estaba reclinada en su silla, muerta, con los dos hermanos sentados a cada lado, riendo, gritando y cantando, con la mente totalmente perturbada. Los tres, la mujer muerta y los dos hombres enloquecidos, tenían en el rostro una expresión de horror desaforado, una convulsión de terror que daba miedo mirarla. No había indicios de la presencia de nadie en la casa, excepto de Mrs. Porter, la vieja cocinera y ama de llaves, que ha declarado que durmió profundamente y no oyó ningún ruido durante la noche. No habían robado ni desordenado nada, y no existe ninguna explicación sobre cuál pudo ser la visión espantosa que mató de pánico a una mujer e hizo perder el juicio a dos hombres fuertes. Esta es, en dos palabras, la situación, Mr. Holmes; si puede ayudarnos a esclarecerla habrá realizado un gran trabajo.
Yo esperaba poder engatusar de algún modo a mi compañero para continuar con la vida tranquila que era el objetivo de nuestro viaje; pero una sola mirada a la expresión intensa de su rostro y a sus cejas contraídas me indicaron lo vano de mi esperanza. Estuvo un rato sentado en silencio, absorbido por el extraño drama que había venido a romper nuestra paz.
— Arthur Conan Doyle
Moraleja de El pie del diablo
La oscura moraleja de "El pie del diablo" advierte sobre la naturaleza extremadamente destructiva de la codicia material y la venganza incontrolable. Conan Doyle nos enseña que utilizar el terror psicológico como arma para destruir a otros termina, ineludiblemente, envenenando el alma y la vida del propio verdugo. La reflexión cautivadora de este magistral relato es mostrarnos que la verdadera justicia, en ciertas y extraordinarias ocasiones, no reside en los tribunales formales ni en las frías y rígidas leyes de los hombres, sino en la compasión empática frente a un dolor insoportable; permitiendo al calculador Holmes actuar, de forma excepcional, como un juez moral que absuelve a quien mató guiado por la desesperación de un amor arrebatado.
Nunca he amado, Watson, pero si lo hiciera y la mujer a la que amo tuviera un final semejante, me comportaría exactamente igual que nuestro asesino.
Un hombre que ríe a carcajadas frente al cadáver aún caliente de su hermana ha visto algo que no pertenece a la lógica de este mundo.
Me asomé a las puertas de la locura por pura curiosidad científica, y por mi arrogancia casi arrastro a mi mejor amigo a la tumba.
La ambición entre hermanos es el veneno más antiguo y mortífero que la historia humana haya conocido.
No hay superstición sobrenatural en este crimen; los verdaderos diablos caminan sobre dos piernas y exigen la herencia de sus padres.
Existen crímenes donde la justicia humana de los tribunales es completamente inútil, y solo la venganza pasional parece tener un sentido absoluto.
Pensé que mi propia mente se despedazaba irreversiblemente bajo el peso aplastante de un terror indescriptible, ciego e invisible.
Curiosidades de El pie del diablo
El veneno ficticio que da título a la obra, el "Radix pedis diaboli" (la raíz del pie del diablo), fue un brillante invento literario de Conan Doyle; sin embargo, se sospecha que el autor médico se inspiró directamente en plantas reales con propiedades alucinógenas severas, como la mandrágora o la belladona.
Este cuento es una de las poquísimas historias en las que Sherlock Holmes actúa como juez supremo y permite que un asesino confeso escape libremente, demostrando una profunda simpatía moral hacia los motivos de la venganza romántica del explorador Leon Sterndale.
La intensa escena en la que Holmes experimenta arriesgadamente con la combustión del polvo tóxico en la habitación, casi muriendo en el proceso y siendo rescatado por Watson, es considerada por los críticos como una de las muestras más reveladoras de la inquebrantable devoción y amor fraternal que unía a ambos personajes.
Sobre el autor de El pie del diablo
Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) fue un médico, novelista y prolífico escritor escocés, cuya fama universal se debe a haber creado al detective más brillante, analítico y famoso de todos los tiempos: Sherlock Holmes. Aunque escribió formidables novelas históricas y de ciencia ficción (como El mundo perdido), el inmenso y asfixiante éxito mundial de su carismático detective terminó eclipsando el resto de su obra, hasta el punto en que Doyle llegó a odiar a su propio personaje e intentó asesinarlo literariamente. Fue, además, un maestro inigualable del cuento corto, dominando géneros desde el terror macabro hasta el misterio psicológico.
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