De la felicidad de Séneca: El mapa estoico hacia la paz interior
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De la felicidad (cuyo título original en latín es De vita beata) es uno de los diálogos filosóficos y morales más leídos, citados e influyentes de toda la Antigüedad Clásica. Escrito por el gran pensador y estadista romano Lucio Anneo Séneca, este tratado es el manual por excelencia del estoicismo práctico, diseñado para curar la angustia del alma y guiar al hombre hacia la verdadera y duradera plenitud.
Argumento de De la felicidad
Dirigido a su hermano Galión, Séneca inicia el ensayo atacando frontalmente el mayor error que comete la humanidad en su búsqueda de la dicha: seguir ciegamente a la multitud. El filósofo advierte que la masa siempre se equivoca, pues confunde la verdadera felicidad con la acumulación desmedida de placeres fugaces, fama social y riquezas materiales. Para el estoico, todo lo que proviene del exterior es esclavo del caprichoso azar (la diosa Fortuna); hoy nos pertenece y mañana puede sernos arrebatado violentamente, dejándonos sumidos en la más absoluta miseria emocional si nuestro corazón está atado a ello.
La respuesta que Séneca propone para alcanzar una "vida feliz" no es el rechazo puritano a tener cosas, sino el cultivo de la Virtud y la Razón. La felicidad estoica consiste en lograr una paz interior inquebrantable (ataraxia), un estado mental donde el individuo disfruta de la riqueza si la tiene, pero no sufre en absoluto si la pierde. El sabio, argumenta Séneca, debe convertirse en el amo absoluto de sus propias pasiones, mirando a la muerte, al dolor y a la pobreza directamente a los ojos sin pestañear, comprendiendo que el único tesoro verdadero que nadie nos puede robar es el dominio y la libertad de nuestra propia mente.
Lectura:
Este tratado pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y educativos.
De la felicidad
Lucio Anneo Séneca
Capítulo I. La opinión común y el acierto
Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque, si ha errado el camino, si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia. Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por dónde podemos avanzar hacia ello más rápidamente, y veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuánto se adelanta cada día y cuánto nos acercamos a aquello que nos impulsa un deseo natural. Mientras erremos de acá para allá sin seguir a otro guía que los rumores y los clamores discordantes que nos llaman hacia distintos lugares, se consumirá entre errores nuestra corta vida, aunque trabajemos día y noche para mejorar nuestro espíritu. Hay que decidir, pues, a dónde nos dirigimos y por dónde, no sin ayuda de algún hombre experto que haya explorado el camino por donde avanzamos, ya que aquí la situación no es la misma que en los demás viajes; en éstos hay algún sendero, y los habitantes a quienes se pregunta no permiten extraviarse; pero aquí el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña. Nada importa, pues, más que no seguir, como ovejas, el rebaño de los que nos preceden, yendo así, no a donde hay que ir, sino a donde se va. Y ciertamente nada nos envuelve en mayores males que acomodarnos al rumor, persuadidos de que lo mejor es lo admitido por el asentimiento de muchos, tener por buenos los ejemplos numerosos y no vivir racionalmente, sino por imitación. De ahí esa aglomeración tan grande de personas que se precipitan unas sobre otras. Lo que ocurre en una gran catástrofe colectiva, cuando la gente misma se aplasta, nadie cae sin arrastrar a otro y los primeros son la perdición de los que siguen, puedes verlo suceder en toda vida; nadie yerra sólo por su cuenta, sino que es causa y autor del error ajeno. Es dañoso, pues, apegarse a los que van delante; y como todos prefieren creer que juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa. Pero ahora la gente se enfrenta con la razón, en defensa de su mal. Y sucede lo mismo que en los comicios, en los cuales los mismos que han nombrado a los pretores, se admiran de que hayan sido nombrados, cuando ha mudado el inconstante favor; aprobamos y condenamos las mismas cosas; éste es el resultado de todo juicio que se falla por el voto de la mayoría.
Capítulo II: Razón y opinión
Cuando se trata de la vida feliz, no es propio que me respondas, según la costumbre de la separación de los votos: “Esta parte parece ser la mayor”; pues por eso mismo es la peor. No marchan tan bien los asuntos humanos, que las cosas mejores agraden a los más; la prueba de lo peor es la muchedumbre. Busquemos qué es lo mejor, no lo más acostumbrado, y lo que nos ponga en posesión de una felicidad eterna, no lo que apruebe el vulgo, pésimo intérprete de la verdad. Y llamo vulgo tanto a los que visten clámide como a los que llevan coronas; pues no miro el color de los vestidos con que se adornan los cuerpos; no me fío de los ojos para conocer al hombre; tengo una luz mejor y más cierta para discernir lo verdadero y lo falso; el bien del espíritu, el espíritu lo ha de hallar. Si éste tuviera alguna vez ocasión de respirar y de entrar en sí mismo, ¡oh! Cómo se torturaría, confesaría la verdad y diría: “Todo lo que he hecho hasta ahora, preferiría que no hubiera sido hecho; cuando pienso en todo lo que he dicho, envidio a los mudos; cuanto he deseado, lo juzgo maldición de mis enemigos; todo lo que he temido, ¡justos dioses!, cuánto mejor fue que lo que he deseado. Me he enemistado con muchos y del odio he vuelto a la amistad (si es que hay alguna amistad entre los malos): aún no soy amigo de mí mismo. He hecho los mayores esfuerzos por salir de la multitud y hacerme notar por alguna cualidad: ¿qué he hecho sino ofrecerme como un blanco y mostrar a la malevolencia dónde podía morderme? ¿Ves a ésos que elogian la elocuencia, que escoltan a la riqueza, que adulan al favor, que ensalzan el poder? Todos son enemigos o, lo que es igual, pueden serlo; tantos son los admiradores como los envidiosos. ¿Por qué no buscar más bien algo bueno realmente, para sentirlo, no para mostrarlo? Esas cosas que se contemplan, ante las que se detienen las gentes, que uno señala a otro con asombro, por fuera brillan, por dentro son deplorables”.
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Capítulo III: La felicidad verdadera
Busquemos algo bueno, no en apariencia, sino sólido y duradero, y más hermoso por sus partes escondidas; descubrámoslo. No está lejos: se encontrará; sólo hace falta saber hacia dónde extender la mano; mas pasamos, como en tinieblas, al lado de las cosas, tropezando con las mismas que deseamos. Pero para no hacerte dar rodeos, pasaré por alto las opiniones de los demás, pues es cosa larga enumerarlas y refutarlas; oye la nuestra. Cuando digo la nuestra, no me apego a ninguno de los maestros estoicos: también yo tengo derecho a opinar. Por tanto, seguiré a alguno, pediré a otro que divida su tesis, tal vez después de haberlos citado a todos no rechazaré nada de lo que decidieron los anteriores, y diré: “Esto opino también”. Por lo pronto, de acuerdo en esto con todos los estoicos, me atengo a la naturaleza de las cosas; la sabiduría consiste en no apartarse de ella y formarse según su ley y su ejemplo. La vida feliz es, por tanto, la que está conforme con su naturaleza, lo cual no puede suceder más que si, primero, el alma está sana y en constante posesión de su salud; en segundo lugar, si es enérgica y ardiente, magnánima y paciente, adaptable a las circunstancias, cuidadosa sin angustia de su cuerpo y de lo que le pertenece, atenta a las demás cosas que sirven para la vida, sin admirarse de ninguna; si usa de los dones de la fortuna, sin ser esclava de ellos. Comprendes, aunque no lo añadiera, que de ello nace una constante tranquilidad y libertad, una vez alejadas las cosas que nos irritan o nos aterran; pues en lugar de los placeres y de esos goces mezquinos y frágiles, dañosos aún en el mismo desorden, nos viene una gran alegría inquebrantable y constante, y al mismo tiempo la paz y la armonía del alma, y la magnanimidad con la dulzura, pues toda ferocidad procede de debilidad.
Capítulo IV: Definiciones del sumo bien
El bien, tal como lo concebimos nosotros, puede también definirse de otras maneras, es decir, puede comprenderse en el mismo sentido, pero no en los mismos términos. Así como un mismo ejército puede extenderse en un frente más amplio o concentrarse, disponer el centro en curva, arqueando las alas, o desplegarse en línea recta, pero su fuerza y su voluntad de luchar por la misma causa son las mismas, de cualquier modo que esté ordenado; de igual manera la definición del sumo bien puede ampliarse, o bien reducirse y replegarse. Será lo mismo, por lo tanto, si digo: “El sumo bien es un alma que desprecia las cosas azarosas y se complace en la virtud”, o bien “una fuerza de ánimo invencible, con experiencia de las cosas serena en la acción, llena de humanidad y de solicitud por los que nos rodean”. Se puede también definir diciendo que el hombre feliz es aquel para quien nada es bueno ni malo, sino un alma buena o mala, que practica el bien, que se contenta con la virtud, que no se deja ni elevar ni abatir por la fortuna, que no conoce bien mayor que el que puede darse a sí mismo, para quien el verdadero placer será el desprecio de los placeres. Puedes, si gustas de disgresiones, presentar la misma cosa en uno u otro aspecto, sin alterar su significación. ¿Qué nos impide, en efecto, decir que la felicidad de la vida consiste en un alma libre, levantada, intrépida y constante, inaccesible al miedo y a la codicia, para quien el único bien sea la virtud, el único mal la vileza, y lo demás un montón de cosas sin valor, que no quitan ni añaden nada a la felicidad de la vida, ya que vienen y se van sin aumentar ni disminuir el sumo bien? A este principio así fundado tiene que seguir quiera o no, una alegría constante y un gozo profundo que viene desde lo hondo, pues se alegra de lo suyo propio y no desea bienes mayores que los privados. ¿Por qué no han de compensar bien estas cosas los movimientos mezquinos, frívolos e inconstantes de nuestro cuerpo flaco? El día que lo domine el placer, lo dominará también el dolor.
Capítulo V: La libertad del sabio
Ves, pues, qué mala y funesta servidumbre tendrá que sufrir aquél a quien poseerán alternativamente los placeres y los dolores, los dominios más caprichosos y arrebatados. Hay que encontrar, por tanto, una salida hacia la libertad. Esta libertad no la da más que la indiferencia por la fortuna; entonces nacerá ese inestimable bien, la calma del espíritu puesto en seguro y la elevación; y, desechados todos los terrores, del conocimiento de la verdad surgirá un gozo grande e inmutable, y la afabilidad y efusión del ánimo, con los cuales se deleitará, no como bienes, sino como frutos de su propio bien. Puesto que he empezado a tratar la cuestión con amplitud, puede llamarse feliz al que, gracias a la razón, ni desea ni teme; pues las piedras también carecen de temor y de tristeza, e igualmente los animales, pero no por ello dice nadie que son felices los que no tienen conciencia de la felicidad. Pon en el mismo lugar a los hombres a quienes una índole obtusa y la ignorancia de sí mismos reducen al número de los animales y de las cosas inanimadas. Ninguna diferencia hay entre éstos y aquéllos, pues éstos carecen de razón y la de aquéllos está corrompida y sólo sirve para su mal y para pervertirlos; pues nadie puede llamarse feliz fuera de la verdad. La vida feliz tiene, por tanto, su fundamento inmutable en un juicio recto y seguro. Pues el alma es pura y libre de todo mal cuando ha evitado no sólo los desgarrones, sino también los arañazos, dispuesta a mantenerse siempre donde se ha detenido y a defender su posición contra los furores y los embates de la fortuna. Pues, por lo que se refiere al placer, aún cuando se difunda por todas partes en torno nuestro y se insinúe por todas las vías y halague el ánimo con sus caricias y acumule unas tras otras para seducirnos total o parcialmente, ¿qué mortal a quien quede algún vestigio de ser hombre querría sentir su cosquilleo día y noche y abandonar el alma para consagrarse al cuerpo?
Capítulo VI: Placer y felicidad
“Pero también el alma —se dice— tendrá sus placeres”. Téngalos en buena hora, y eríjase en árbitro de la sensualidad y de los placeres, llénese de todas las cosas que suelen encantar los sentidos, después vuelva los ojos al pretérito y, al acordarse de los placeres pasados, embriáguese con los anteriores y anticipe ya los futuros, apreste sus esperanzas y, mientras el cuerpo se abandona a los festines presentes, ponga el pensamiento en los futuros; tanto más desdichado me parecerá por ello, pues tomar lo malo por lo bueno es locura. Y sin cordura nadie es feliz, ni es cuerdo aquel a quien le apetecen cosas dañosas como si fueran las mejores. Es feliz, por tanto, el que tiene un juicio recto; es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene; es feliz aquel para quien la razón es quien da valor a todas las cosas de su vida. Los mismos que dijeron que el sumo bien es el placer, ven en qué mal lugar lo habían puesto. Por eso niegan que se pueda separar el placer de la virtud, y dicen que nadie puede vivir honestamente sin gozo, ni gozosamente sin vivir también con honestidad. No veo cómo pueden conciliarse estas cosas tan diversas. ¿Por qué, decidme, no puede separarse el placer de la virtud? ¿Sin duda porque el principio de los bienes reside siempre en la virtud, y también nacen de sus raíces las cosas que amáis y apetecéis? Pero si fueran inseparables, no veríamos algunas cosas agradables pero no honestas, y otras, en cambio, virtuosísimas pero ingratas, y que se han de realizar entre dolores.
— Séneca
Moraleja de De la felicidad
La imperecedera moraleja que nos lega el maestro Séneca en "De la felicidad" es que resulta una locura absoluta hipotecar nuestra paz mental a cosas que no controlamos. Nos enseña que la tristeza, el estrés y la ansiedad modernos no nacen de nuestra falta de dinero o reconocimiento social, sino del miedo constante a no conseguirlos o a perderlos. La reflexión más cautivadora de este tratado es mostrarnos que la verdadera libertad es invulnerable: nadie puede arruinarle la vida a una persona cuya única aspiración suprema es cultivar su propio carácter, obrar con rectitud y depender única y exclusivamente de la luz de su propia Razón.
Nadie ha sido más engañado por la vida que aquel que confunde la acumulación de oro con la paz del alma.
El que persigue ávidamente el aplauso de la multitud, firma con sus propias manos el contrato de su esclavitud.
La verdadera felicidad es no necesitar de la felicidad que promete el azar para poder sonreír.
Nada hay más miserable que la vida de quien, teniéndolo todo, vive paralizado por el pavor constante a perderlo.
El sabio no es de piedra, siente el dolor y el exilio; pero a diferencia del necio, el dolor jamás logra dominar sus actos.
Es preciso aprender a contemplar cómo se incendia nuestro propio palacio sin que el fuego alcance a quemar nuestra tranquilidad interior.
La mayor venganza contra los azares crueles del destino es mirarlos a la cara y seguir caminando hacia adelante sin derramar una lágrima inútil.
Curiosidades de De la felicidad
Séneca escribió este gran tratado precisamente para defenderse de sus acérrimos críticos en Roma. Como era inmensamente rico y trabajaba para el temido emperador Nerón, muchos lo acusaban de ser un hipócrita al predicar la austeridad estoica. En el texto, Séneca responde brillantemente argumentando que el filósofo "no ama" sus riquezas, sino que simplemente prefiere tenerlas a no tenerlas, siempre y cuando no se vuelva esclavo de ellas.
El estoicismo planteado en esta obra no promete eliminar las emociones humanas, sino evitar que las "pasiones destructivas" (como el miedo a la muerte, la envidia o el odio) nublen el juicio de la razón.
A lo largo de los siglos, este ensayo ha sido considerado uno de los textos fundacionales de lo que hoy conocemos como "psicología cognitivo-conductual" y literatura de autoayuda, enseñando que no son los eventos los que nos hieren, sino la opinión que nos formamos de esos eventos.
Sobre el autor de De la felicidad
Lucio Anneo Séneca (c. 4 a. C. - 65 d. C.) fue un eminente filósofo, dramaturgo, político y orador romano de origen hispano (nacido en Córdoba). Se erigió como la máxima figura literaria del estoicismo romano durante la agitada y sangrienta época del Imperio. A pesar de haber amasado inmensas riquezas y haber alcanzado la cumbre del poder como preceptor y principal consejero del temible emperador Nerón, cayó en desgracia y fue condenado a suicidarse. Lo hizo cortándose las venas con una estoica y escalofriante calma, tal y como había predicado en sus inmortales obras, legando a la humanidad tratados imprescindibles como Cartas a Lucilio y De la brevedad de la vida.
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