Los celos con celos se curan de Tirso de Molina: Una brillante cura para la desconfianza
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Los celos con celos se curan es una deslumbrante comedia de enredos del brillante dramaturgo del Siglo de Oro español, Tirso de Molina. Esta obra teatral explora el laberinto de las pasiones humanas, demostrando con sumo ingenio y fino humor cómo el amor, cuando se contamina de sospechas injustificadas, solo puede sanarse con su propio veneno.
Argumento de Los celos con celos se curan
César, un noble milanés de gran prestigio, está profundamente enamorado de la hermosa Sirena. Sin embargo, sufre de unos celos infundados y enfermizos que amenazan con destruir por completo su relación. A pesar de la intachable lealtad y el amor incondicional que Sirena le demuestra, la mente de César está plagada de inseguridades crónicas, lo que lo lleva a rechazarla e insultarla bajo la falsa y dolorosa creencia de que ella le es infiel con otros caballeros.
Para recuperar el amor de César y curarlo definitivamente de su obsesión destructiva, Sirena, apoyada por sus fieles sirvientes, decide darle una lección magistral. Comienza a fingir que, efectivamente, tiene otros pretendientes y despierta en él unos celos reales, palpables y fundamentados. A través de un deslumbrante juego de espejos, engaños y falsas identidades, César prueba su propia medicina. Al verse a punto de perderla de verdad, se da cuenta de lo absurdo de sus antiguas sospechas, comprendiendo que los celos nacidos de la mente destruyen, pero los provocados con astucia femenina pueden reavivar y sanar el verdadero amor.
Lectura:
Esta obra pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.
Los celos con celos se curan
Tirso de Molina
Personas que hablan en ella:
CÉSAR, galán
SIRENA, dama
CARLOS, galán
DIANA
NARCISA
GASCÓN, criado
MARCO ANTONIO
ALEJANDRO
Un CORTESANO
Un ALCALDE
Dos CRIADOS
ACOMPAÑAMIENTO
ACTO PRIMERO
Salen CÉSAR, CARLOS y GASCÓN
CÉSAR: ¿Hemos de apartarnos más de la ciudad, Carlos?
CARLOS: No; que la ribera del Po, que murmurar viendo estás mientras de Milán te alejas, si en sus cristales te avisas, agravios vende entre risas a tu amistad y a mis quejas.
CÉSAR: No te entiendo.
CARLOS: No me espanto. Déjanos solos aquí, Gascón.
GASCÓN: Siempre obedecí a quien sirvo y quiero tanto y más a estas ocasiones, porque yo cuando hay envites digo quiero a los convites y descarto las cuestiones.
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CÉSAR: Ya estamos solos; procura declararte. ¿Es desafío?
CARLOS: No nos oye más que el río que no ofende aunque murmura. Deja de aumentar agravios dudando de mi fe ansí, que mis quejas contra ti sólo tienen en los labios discreta jurisdición, no en la espada, que en efeto reverencian el respeto que te debo.
CÉSAR: La ocasión con que las formas repara que me suspendes y admiras.
CARLOS: Por fabulosas mentiras las propiedades juzgara que pintó la antigüedad en la amistad verdadera, si hallarlas en ti quisiera.
CÉSAR: Pues ¿es falsa mi amistad?
CARLOS: Parécelo.
CÉSAR: Di el porqué.
CARLOS: ¿Por qué, desata esta duda, pintó a la amistad desnuda quien su Apeles sutil fue? ¿Por qué, si no es en tu mengua, su lado abierto mostró y del pecho trasladó el corazón a la lengua? ¿Por qué le vendó los ojos, dejando libres los labios?
CÉSAR: Jeroglíficos agravios me proponen tus enojos; misterioso vienes. Digo que si desnuda pintaban la amistad los que enseñaban leyes al perfeto amigo fue para darle a entender que entre los que la profesan y su lealtad interesan ningún secreto ha de haber. Porque si se difinió que era una alma en dos sujetos, afirmando los discretos que el amigo es otro yo, mal quedara satisfecho de quien sus pasiones calla el amigo que no halla en un lugar lengua y pecho. Mas yo ¿cuándo he delinquido contra estas leyes? ¿qué llaves no te ha dado el alma?
CARLOS: Sabes, César, que señor has sido de la mía de tal modo, que hasta el menor pensamiento jamás de tu amor exento, viendote dueño de todo y a mí tan perfeto amigo, ya grave, ya humilde fuese, antes que yo le entendiese se registraba contigo. ¿Qué desdenes de Vitoria —sol que adoro—, qué desvelos, ya bastardos por los celos ya hijos de la memoria, dejé de comunicar contigo, si tal vez hubo que compasivo te tuvo de tal suerte mi pesar que en recíprocos enojos tanto amor nos conformó que porque lloraba yo afeminaste tus ojos?
CÉSAR: Pendiente estoy de tus labios, confuso con tus razones. ¿Las que son obligaciones, Carlos, vuelves en agravios? Si lloras, lloro contigo; alégrame tu contento; lo mismo que sientes, siento, ¿y me llamas mal amigo? No te acabo de entender.
CARLOS: Ya sabes que la igualdad es hija de la amistad. Tu igual me veniste a hacer el día que me llamaste amigo tuyo.
...
CÉSAR: Es ansí.
CARLOS: De sangre noble nací, si la ducal heredaste. Ya sé que tan cerca están tus partes de tu ventura que para hacerla segura la corona de Milán un solo estorbo hay en medio de un sobrino que la goza tan enfermo en edad moza que diera fácil remedio a mi deseo y tu estado la muerte, si permitiera cohechos o te quisiera como yo, aunque mal pagado.
CÉSAR: ¡Oh, Carlos! ¡Cómo se entiende que interesado tu pecho amistades que me ha hecho como mercader las vende! Sácame ya del cuidado con que suspenso te escucho, que quien encarece mucho no se tiene por pagado; y pienso yo que en iguales correspondencias de amor si ejecutas acreedor de la obligación te sales de deudor, pues te he querido con tan limpia y pura fe que en ellas te perdoné aun el serme agradecido.
CARLOS: ¡Muy bien lo muestras, por Dios! Sea, y búrlate de mí; tu secreto para ti y el mío para los dos. Los amigos de importancia, que se precian de leales, en los bienes y los males van a pérdida y ganancia. Mas tú que con los ingratos quieres lograr tus intentos, avaro de pensamientos, con andar hoy tan baratos, pretendes en los desvíos con que me ocultas tu pena por gastar de hacienda ajena ser pródigo de los míos. ¿Tú triste, César, y yo de la ocasión ignorante? ¿Tú desvelado, tú amante, y yo sin saberlo? No, no busques vana salida a culpas averiguadas. De la soledad te agradas, mi amistad aborrecida; no comunicas tormentos, ni yo quiero examinarlos; ya, César, te cansa Carlos; señor de tus pensamientos has sido; yo te los dejo. Goza a solas tu cuidado; los secretos que he fiado de ti te darán consejo; no llevo ninguno tuyo que restituirte deba. Prueba otros amigos, prueba; y con aquesto concluyo amor sin comunicar, mientras dejas ofendida una amistad de por vida que ya por ti es al quitar.
Quiérese ir
CÉSAR: Aguarda, Carlos, espera, satisfaré tus engaños; ¿amistad de tantos años por ocasión tan ligera se rompe? Facilidad notable a culparte viene; mas no es mucho, también tiene sus melindres la amistad; también la asaltan recelos, que la amistad en rigor, por lo que tiene de amor, quejas forma y pide celos. Es verdad que quiero bien en parte que corresponde agradecida; ni dónde, ni cuándo, Carlos, ni a quién te he dicho, que como sigo leyes que a la amistad puso más la antigüedad que el uso, y sé que el perfeto amigo no quiere ni intenta más de lo que quiere y intenta su amigo, no juzgué a afrenta la que en la cara me das, pues en este fundamento mi amor oculto creyó que gustando desto yo estuvieras tú contento. Mas pues me llamas ingrato y a lo interesable vives, secretos das y recibes y ya es tu amistad contrato. Oye, aunque el límite pase que me puso a quien respeto, pues debiéndote un secreto que sin que yo te forzase me donaste liberal, si hago pleito de acreedores, tus deudas son anteriores y es bien pague al principal; pero advierte que no es justo que pagarte más intente de aquello que cabalmente te debo.
CARLOS: Logra tu gusto. La deuda quiero soltarte; no ofendas tu mudo amor. Mírasme como acreedor; claro está que he de enfadarte. Quédate, César, con Dios.
— Tirso de Molina
Moraleja de Los celos con celos se curan
La moraleja de esta ingeniosa comedia barroca nos enseña que la desconfianza infundada es, sin duda, el peor enemigo del amor. Tirso de Molina nos muestra que cuando dejamos que la imaginación alimente nuestros miedos y paranoias, terminamos destruyendo la paz de quienes más nos aman y lastimando nuestro propio corazón. La reflexión cautivadora de la obra es que, a menudo, el ser humano solo aprende a valorar verdaderamente lo que tiene cuando siente que está a punto de perderlo; y que el destructivo veneno de los celos, si se administra con astucia e inteligencia, puede actuar como el antídoto perfecto para curar la ceguera del orgullo y la inseguridad.
El amor que no se fía de la virtud de su dueña, más parece ofensa que verdadero cariño.
Quien busca motivos para los celos, siempre encuentra sombras temibles donde no hay cuerpos.
No hay mayor locura en el enamorado que fabricar su propio infierno de tormentos valiéndose solo de su imaginación.
Los celos son como el fuego: calientan si son pequeños, pero devoran si se les da demasiado aire.
Para curar a un celoso empedernido, no hay mejor medicina que darle motivos reales de los que preocuparse.
El que de todos sospecha sin tener pruebas, termina siendo el único verdadero traidor de su propio amor.
En la enredada guerra del amor, la astucia de una mujer enamorada es mil veces más poderosa que cualquier ejército.
Curiosidades de Los celos con celos se curan
Tirso de Molina fue uno de los dramaturgos más prolíficos del Siglo de Oro español, destacando especialmente por la enorme profundidad psicológica y audacia que otorgaba a sus personajes femeninos, muy superior a la de muchos de sus contemporáneos.
El título de la obra es en sí mismo un refrán o adagio popular de la época, reflejando el gusto del teatro barroco por utilizar la sabiduría y filosofía popular como premisa moral para sus argumentos.
En esta comedia de enredo (o palatina), Tirso utiliza magistralmente el recurso del "teatro dentro del teatro", donde los personajes actúan e inventan falsas realidades para engañar a otros, un rasgo sumamente distintivo del ingenio barroco.
Sobre el autor de Los celos con celos se curan
Tirso de Molina, seudónimo de fray Gabriel Téllez (1579-1648), fue un destacado dramaturgo, poeta y monje mercedario español. Es considerado por la crítica como uno de los tres grandes e indiscutibles pilares del teatro del Siglo de Oro, junto a Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca. Escribió cientos de comedias en las que brilló incesantemente por su agudeza cómica, su increíble riqueza lingüística y su penetración psicológica. Es universalmente famoso por haber creado el mito literario de Don Juan en su obra maestra El burlador de Sevilla y convidado de piedra.
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