La hora de todos y la fortuna con seso de Francisco de Quevedo

La hora de todos y la fortuna con seso es una de las obras satíricas más agudas, densas y magistrales de Francisco de Quevedo. Enmarcada en el insondable pesimismo y la complejidad estilística del Barroco español, esta fantasía alegórica utiliza la mitología clásica para realizar una disección implacable de la corrupción política, la hipocresía social y la decadencia moral de su época.

Argumento de La hora de todos y la fortuna con seso

La brillante historia comienza en el Monte Olimpo, donde el dios Júpiter, totalmente hastiado de las constantes y lastimeras quejas de los mortales sobre las injusticias del mundo, convoca a la diosa Fortuna. La humanidad acusa perpetuamente a Fortuna de ser ciega y de repartir inmensas riquezas y terribles desgracias sin ningún sentido de la justicia o la lógica. Júpiter, para darle una lección al mundo, decreta entonces "La hora de todos": un instante mágico y cósmico en el que Fortuna recobrará el juicio (el "seso") y, por primera vez, le dará a cada persona del planeta exactamente lo que se merece, despojándolos de todas sus apariencias.

Durante ese caótico y revelador momento, Quevedo nos pasea magistralmente por una sucesión de cuadros grotescos e hilarantes. Médicos ignorantes que en realidad asesinan a sus pacientes son despojados de su título; políticos corruptos, jueces sobornados y nobles sin escrúpulos ven cómo todas sus inmensas riquezas desaparecen súbitamente para ir a parar a las manos de los hombres verdaderamente honrados; los amantes infieles y las doncellas hipócritas quedan expuestos en la plaza pública. El mundo entero se vuelve un absoluto y aterrorizado caos, demostrando que nadie soporta vivir con la verdad al desnudo. La obra culmina enseñándonos que la justicia perfecta, paradójicamente, resulta insoportable para la humanidad, la cual prefiere mil veces seguir viviendo arrastrándose bajo las cómodas sombras de sus propias y queridas mentiras.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

La hora de todos y la fortuna con seso

Francisco de Quevedo

A DON ÁLVARO DE MONSALVE, canónigo de la Santa Iglesia de Toledo, primada de las Españas Este libro tiene parentesco con vuesa merced, por tener su origen de una palabra que le oí. A Vuesa Merced debe el nacimiento, a mí el crecer. Su comunicación es estudio para el bien atento, pues con pocas letras que pronuncia, ocasiona discursos. Tal es la genealogía déste. Doyle lo que es suyo en la sustancia, y lo que es mío en la estatura y bulto. Su título es: La hora de Todos, y la Fortuna con seso. Todos me deberán una hora por lo menos, y la Fortuna sacarla de los orates, que lo más ha vivido entre locos. El tratadillo, burla burlando, es de veras. Tiene cosas de las cosquillas, pues hace reír con enfado y desesperación. Extravagante reloj, que dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano. Bien sé que le han de leer unos para otros, y nadie para sí. Hagan lo que mandaren, y reciban unos y otros mi buena voluntad. Si no agradare lo que digo, bien se le puede perdonar a un hombre ser necio una hora, cuando hay tantos que no lo dejan de ser una hora en toda su vida. Vuesa merced, señor don Álvaro, sabe empeñarse por los amigos y desempeñarlos. Encárguese desta defensa, que no será la primera que le deberé. Guarde Dios a Vuesa Merced, como deseo. Hoy 12 de marzo de 1636. PRÓLOGO Júpiter, hecho de hieles, se desgañifaba poniendo los gritos en la tierra; porque ponerlos en el cielo, donde asiste, no era encarecimiento a propósito. Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando. Marte, don Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete, y la insignia de viñadero enristrada, echando chuzos, y a su lado, el panarra de los dioses, Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada la vista, y en la boca lagar y vendimias de retorno derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado, y todo el celebro en poder de las uvas. Por otra parte asomó con pies descabalados Saturno, el dios marimanta, comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó, hecho una sopa, Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro (que eso es tres dientes en romance), lleno de cazcarrias y devanado en ovas, y oliendo a viernes y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco de Plutón, que venía en su seguimiento; dios dado a los diablos, con una cara afeitada con hollín y pez, bien zahumado con alcrebite y pólvora, vestido de cultos tan obscuros que no le amanecía todo el buchorno del Sol, que venía en su seguimiento, con su cara de azófar y sus barbas de oropel; planeta bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro, y en engazar años y siglos, mancomunado con las cenas y los pesares para fabricar calaveras. Entró Venus haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante, empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la jeta, y el moño, que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado por la prisa. Venía tras ella la Luna, con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda, luz en cuartos, doncella de ronda, y ahorro de lanternas y candelillas. Entró con gran zurrido el dios Pan resollando, con dos grandes piaras de númenes, faunos, pelicabras y patibueyes. Hervía todo el cielo de manes y lémures, lares y penates, y otros diosecillos bahúnos. Todos se repantigaron en sillas y las diosas se rellanaron, y asestando las jetas a Júpiter con atención reverente, Marte se levantó, sonando a choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la carda, dijo: «¡Pesia tu hígado, oh grande Coime que pisas el alto claro, abre esa boca y garla, que parece que sornas!» Júpiter, que se vio salpicar de jacarandinas los oídos, y estaba, siendo verano y asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose chispas, cuando fuera mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy corpulenta, dijo: «Vusted envaine y llámenos a Mercurio». El cual, con su varita de jugador de manos y sus zancajos pajarillos y su sombrerillo hecho a horma de hongo, en un santiamén y en volandas se le puso delante. Júpiter le dijo: «Dios virote, dispárate al mundo! Tráeme aquí en un abrir y cerrar de ojos a la Fortuna asida de los arrapiezos.» Luego el chisme del Olimpo, calzándose dos cernícalos por acicates, se despareció, que ni fue visto ni oído, con tal velocidad, que verle partir y volver fue una mesma acción de la vista. Volvió hecho mozo de ciego y lazarillo adestrando a la Fortuna que con un bordón en la una mano venía tentando, y de la otra tiraba de la cuerda que servía de freno a un perrillo. Traía por chapines una bola sobre que venía de puntillas, y hecha pepita de una rueda que la cercaba como centro, encordelada de hilos, trenzas y cintas, cordeles y sogas, que con sus vueltas se tejían y destejían. Detrás venía como fregona la Ocasión, gallega de coramvobis, muy gótica de faciones, cabeza de contramoño, cholla bañada de calva de espejuelo, y en la cumbre de la frente un solo mechón en que apenas había pelo para un bigote. Era éste más resbaladizo que anguilla, culebreaba deslizándose al resuello de las palabras. Echábasele de ver en las manos que vivía de fregar y barrer y vaciar los arcaduces que la Fortuna llevaba. Todos los dioses mostraron mohína de ver a la Fortuna y algunos dieron señal de asco, cuando ella, con chillido desentonado, hablando a tiento, dijo: —Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches, no atisbo quién sois los que asistís a este acto, empero, seáis quien fuéredes, con todos hablo, y primero contigo, oh Jove, que acompañas las toses de las nubes con gargajo trisulco. Dime, ¿qué se te antojó ahora de llamarme, habiendo tantos siglos que de mí no te acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a ti y a esotro vulgo de diosecillos lo que yo puedo, y que así he jugado contigo y con ellos como con los hombres. Júpiter, muy prepotente, la respondió: —Borracha, tus locuras, tus disparates y tus maldades son tales que persuades a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, y que el cielo está vacío, y que yo soy un dios de mala muerte. Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer. La Fortuna, demudada y colérica, dijo: —Yo soy cuerda, y sé lo que hago, y en todas mis acciones ando pie con bola. Tú, que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por boca de ganso en Leda, que te derramaste en lluvia de bolsa por Dánae, que bramaste y fuiste Inde toro pater por Europa, que has hecho otras cien mil picardías y locuras, y que todos esos y esas que están contigo han sido avechuchos, urracas y grajos, cosas que no se dirán de mí. Si hay beneméritos arrinconados y virtuosos sin premios, no toda la culpa es mía: a muchos se los ofrezco que los desprecian, y de su templanza fabricáis mi culpa. Otros, por no alargar la mano a tomar lo que les doy, lo dejan pasar; otros me lo arrebatan sin dárselo yo; más son los que me hacen fuerza que los que yo hago ricos; más son los que me hurtan lo que les niego que los que tienen lo que les doy. Muchos reciben de mí lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y dicen que yo se lo quito. Muchos me acusan por mal dado en otros lo que estuviera peor en ellos. No hay dichoso sin invidia de muchos, no hay desdichado sin desprecio de todos. Esta criada me ha servido perpetuamente y no he dado paso sin ella: su nombre es la Ocasión; ¡oídla!, ¡aprended a juzgar de una fregona! ...

Moraleja de La hora de todos y la fortuna con seso

La brillante y cínica moraleja de "La hora de todos" es que la humanidad, aunque se pasa la vida entera elevando lamentos al cielo, quejándose de la injusticia y exigiendo fervientemente que cada cual reciba lo que se merece, es absolutamente incapaz y cobarde a la hora de tolerar la justicia divina y real. Quevedo nos enseña descarnadamente que todo el tejido social está cimentado sobre el autoengaño, la hipocresía y la falsa apariencia. La reflexión cautivadora del relato es cuestionarnos íntimamente: si el universo nos diera de repente un espejo para ver nuestras almas sin máscaras y nos pagara en función estricta de nuestras verdaderas acciones, ¿cuántos de nosotros resistiríamos ilesos a nuestra propia y aterradora "hora de todos"?

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Frases de La hora de todos y la fortuna con seso

  • El mundo es un miserable teatro de mentiras, donde el que mejor finge se lleva siempre las mayores alabanzas y todo el oro.
  • Quitarle la venda de los ojos a la diosa Fortuna no es hacer justicia, es desatar el mayor de los caos entre los hombres de doble cara.
  • Quejarse ruidosamente del destino es el deporte favorito de aquellos necios que jamás quieren aceptar la culpa de sus propias fechorías.
  • Cuando a los hipócritas, por fin, se les arrebata el cómodo disfraz, el espanto que causan es muchísimo peor que el del demonio mismo.
  • Innumerables médicos recetan con la ligereza de su pluma lo que la guadaña implacable de la Muerte ejecuta con gusto y sin el menor esfuerzo.
  • No existe riqueza en la tierra que logre lucir brillante y pura cuando la conciencia del dueño está completamente oxidada por el robo.
  • Los hombres, en realidad, detestan profundamente la verdad; lo que buscan con desesperación es una mentira más cómoda a la cual puedan llamar justicia.

Curiosidades de La hora de todos y la fortuna con seso

Aunque esta obra suprema de madurez fue escrita entre los turbulentos años de 1635 y 1636, el altísimo e incendiario contenido de su sátira política contra ministros, nobles y banqueros de España provocó que fuera censurada y no se publicara hasta 1650, cinco años después del fallecimiento del propio Quevedo.

El estilo vertiginoso del libro representa el auténtico pináculo del "conceptismo" quevediano: casi cada frase y párrafo está intencionalmente plagado de retorcidos juegos de palabras, dobles sentidos intelectuales, neologismos y agudezas verbales extremadamente complejas que exigen al lector una inmensa atención.

La insaciable osadía satírica de Quevedo en esta obra y en otros panfletos políticos le costaron su propia libertad: en 1639, por atreverse a decir la verdad al rey, fue arrestado y confinado miserablemente en el gélido convento de San Marcos de León durante casi cuatro años, lo que arruinó su salud definitivamente.

Sobre el autor de La hora de todos y la fortuna con seso

Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos (1580-1645) fue un escritor, poeta, teólogo y prominente político español, reconocido como una de las mentes más brillantes, agudas, complejas y literariamente feroces de la historia universal. Considerado el máximo e indiscutible representante del conceptismo, su vasta obra oscila magistralmente entre la más sublime, dolorosa y filosófica poesía amorosa (como su "Amor constante más allá de la muerte") y la sátira más despiadada, grotesca y escatológica imaginable. Quevedo fue un observador directo e implacable de la ruina y decadencia del Imperio Español en el siglo XVII, plasmando su genialidad verbal en clásicos eternos como El Buscón, Los sueños y sus inmortales sonetos.

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