El presidente del jurado de Charles Dickens: Un espeluznante relato de culpa y fantasmas

El presidente del jurado, también conocido ampliamente bajo el título de El juicio por asesinato (To Be Taken with a Grain of Salt), es una incursión absolutamente brillante y espeluznante de Charles Dickens en el terreno de lo sobrenatural. En este magistral relato de terror psicológico y misterio judicial, el autor explora cómo los secretos más inconfesables pueden desafiar las leyes de los vivos para reclamar justicia desde el más allá.

Argumento de El presidente del jurado

La historia está narrada en primera persona por el señor Hestham, un banquero sumamente respetable de Londres que comienza a experimentar visiones macabras. Se le aparece repetidamente el fantasma de un hombre con el rostro cadavérico. Días después, el protagonista es llamado por las autoridades para conformar un jurado en el caso de un brutal asesinato con el cargo adicional de ser nombrado presidente de dicho jurado. Al entrar al solemne y tétrico tribunal victoriano, un escalofrío le recorre la espalda: el hombre acusado del crimen es la persona que asesinó a la figura de sus recientes y espantosas visiones.

Durante los angustiosos y pesados días que dura el juicio, la tensión aumenta hasta volverse insoportable. El espíritu de la víctima comienza a materializarse continuamente en la sala, mezclándose en total silencio entre los miembros del jurado e influyendo implacablemente en sus decisiones, susurrándoles verdades al oído para evitar que el hábil y mentiroso asesino logre ser absuelto. Al cruzarse las aterrorizadas miradas del criminal en el banquillo y la de Hestham en el jurado (conscientes ambos de la presencia fantasmal que los asedia), Dickens nos entrega un magistral clímax que borra toda línea divisoria entre la cordura, la justicia de los hombres y la inapelable condena de los espíritus.

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

El presidente del jurado

Charles Dickens

Han pasado ya algunos años desde que se cometió en Inglaterra un asesinato que atrajo poderosamente la atención pública. En nuestro país se oye hablar con bastante frecuencia de asesinos que adquieren una triste celebridad. Pero yo hubiese enterrado con gusto el recuerdo de aquel hombre feroz de haber podido sepultarlo tan fácilmente como su cuerpo lo está en la prisión de Newgate. Advierto, desde luego, que omito deliberadamente hacer aquí alusión alguna a la personalidad de aquel hombre. Cuando el asesinato fue descubierto, nadie sospechó —o, mejor dicho, nadie insinuó públicamente sospecha alguna— del hombre que después fue procesado. Por la circunstancia antes expresada, los periódicos no pudieron, naturalmente, publicar en aquellos días descripciones del criminal. Es esencial que se recuerde este hecho. Al abrir, durante el desayuno, mi periódico matutino, que contenía el relato del descubrimiento del crimen, lo encontré muy interesante y lo leí con atención. Volví, incluso, a leerlo otra vez, o quizá dos. El descubrimiento había tenido lugar en un dormitorio. Cuando dejé el diario tuve la impresión, fugaz, como un relámpago, de que veía pasar ante mis ojos aquella alcoba. Semejante visión, aunque instantánea, fue clarísima, tanto que hasta pude observar, con alivio, la ausencia del cuerpo de la víctima en el lecho mortuorio. Esta curiosa sensación no se produjo en ningún lugar misterioso, sino en una de las vulgares habitaciones de Piccadilly en que me alojaba, próxima a la esquina de St. James Street. Y fue una experiencia nueva en mi vida. En aquel instante me hallaba sentado en mi butaca, y la visión fue acompañada de un estremecimiento tan fuerte, que la desplazó del lugar en que se encontraba; si bien procede advertir que las patas de la butaca terminaban en sendas ruedecillas. A continuación me acerqué a una ventana (la habitación, situada en un segundo piso, tenía dos) a fin de tranquilizarme con la visión del animado tráfago de Piccadilly. Era una luminosa mañana de otoño y la calle se extendía ante mí resplandeciente y animada. Soplaba un fuerte viento. Al asomarme, el viento acababa de levantar numerosas hojas caídas en el parque, elevándolas y formando con ellas una columna en espiral. Cuando la columna se derrumbó y las hojas se dispersaron, vi a dos hombres en el lado opuesto de la calle, caminando de oeste a este. Iban uno tras otro. El primero miraba con frecuencia hacia atrás, por encima del hombro. El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la mano derecha levantada amenazadoramente. Al principio, la singularidad de tal actitud en una avenida tan frecuentada atrajo mi atención; pero en seguida se desvió hacia otra y más notable particularidad: nadie reparaba en ellos. Ambos hombres se movían entre los demás peatones con una suavidad increíble, aun sobre aquel pavimento tan liso, y nadie, según pude observar, les rozaba, les miraba o les abría paso. Al llegar ante mi ventana los dos dirigieron su mirada hacia mí. Entonces distinguí sus rostros con toda claridad y me di cuenta de que podría reconocerlos en cualquier parte: no se crea por esto que yo aprecié conscientemente nada de extraordinario en sus rostros, excepto el detalle de que el hombre que iba en primer lugar tenía un aspecto muy abatido y que la faz de su perseguidor era del mismo tono de la cera sin refinar. Soy soltero y toda mi servidumbre se limita a un criado y su mujer. Trabajo en la filial de un banco, como jefe de un negociado, y debo agregar que desearía sinceramente que mis deberes fuesen tan leves como generalmente se supone. Lo digo porque esos deberes me retenían en la ciudad aquel otoño, a pesar de hallarme muy necesitado de reposo y de un cambio de ambiente. No es que estuviese enfermo, pero no me encontraba bien. El lector se hará cargo de mi estado si le digo que me sentía cansado, deprimido por la sensación de llevar una vida monótona y "ligeramente dispépsico". Mi médico, hombre de mucho prestigio profesional, me aseguró, a requerimiento mío, que éste era mi verdadero estado de salud en aquella época; que no padecía ninguna enfermedad, ni grave depresión, y yo cito sus palabras al pie de la letra. A medida que las circunstancias del asesinato iban intrigando gradualmente al público, yo procuraba alejarlas de mi cerebro tanto como era posible alejar un objeto del interés y comentarios generales. Supe que se había dictado un veredicto previo de asesinato con premeditación y alevosía contra el presunto criminal, y que éste había sido conducido a Newgate para que estuviese presente cuando se dictara sentencia definitiva. Me enteré, igualmente, de que el proceso quedaba aplazado para una de las próximas audiencias de la Sala Central de lo Criminal, fundándose en algún precepto de la Ley y en la necesidad de dejar tiempo al abogado para preparar la defensa. Es posible también que yo me enterase, aunque creo que no, de la fecha exacta o aproximada en que debía celebrarse la vista de la causa. Mi salón, dormitorio y tocador se encuentran en el mismo piso. La última de dichas habitaciones sólo tiene entrada por el dormitorio. Cierto que tiene también una puerta que da a la escalera, pero, en el tiempo que nos ocupa, hacía años ya que mi baño la obstruía, por tanto la habíamos inutilizado, cubriéndola de arpillera claveteada. Una noche, a hora bastante avanzada, estaba yo en mi alcoba, dando instrucciones al criado antes de acostarme; la puerta que comunicaba con el cuarto de baño que daba frente a mí, en aquel momento estaba cerrada. Mi criado daba la espalda a la puerta. Y he aquí que, de repente, vi abrirse aquella puerta y aparecer a un hombre que reconocí en el acto y que me hizo una misteriosa señal. Era el segundo de los dos que caminaba aquel día en Piccadilly, el que tenía la cara del color de la cera sin refinar. Hecho aquel signo, la figura retrocedió y cerró la puerta de nuevo. Rápidamente, me acerqué a la puerta del tocador, la abrí y miré. Yo tenía en la mano una vela encendida. No esperaba encontrar a nadie allí, y, en efecto, no encontré a nadie. Comprendiendo que mi criado estaba sorprendido, me volví hacia él y le dije: —¿Creería usted, Derrick, que a pesar de encontrarme en la plenitud de mis facultades he imaginado ver...? Al hablar, apoyé mi mano en su hombro. Con un repentino sobresalto, él exclamó: —¡Oh, Dios mío, sí! Ha visto usted a un muerto que le hacía señales. No creo que Juan Derrick, devoto y honrado servidor mío durante más de veinte años, hubiese captado la situación antes de que yo le tocase. Su reacción, cuando apoyé mi mano sobre él, fue tan súbita, que albergo la firme certeza de que la provocó aquel contacto. Pedí a Derrick que me trajese coñac, le ofrecí una copa y yo tomé otra. No le dije ni una palabra sobre lo que me había sucedido anteriormente. Me sentía seguro de no haber visto nunca aquel rostro fantasma, salvo la mañana de Piccadilly. Pasé la noche muy inquieto, aunque sintiendo cierta certidumbre, difícil de explicar, de que la aparición no volvería. Al apuntar el día caí en un pesado sueño, del que me despertó Derrick cuando entró en mi habitación con un papel en la mano. ...

Moraleja de El presidente del jurado

La perturbadora moraleja de "El presidente del jurado" gira en torno al implacable peso de la verdad y de la culpa. Dickens nos enseña magistralmente que la justicia humana es a menudo frágil, imperfecta y propensa a dejarse engañar por las falsas apariencias o por los excelentes y sofisticados trucos de un buen abogado. Sin embargo, la reflexión cautivadora de este cuento espectral es que el crimen perfecto no existe. La conciencia del asesino —y las energías kármicas o espirituales que deja tras de sí la violencia— siempre emergerán desde la más profunda oscuridad para exigir que la justicia, en la tierra o desde el más allá, termine equilibrando fatalmente la balanza.

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Frases de El presidente del jurado

  • Hay culpas tan densas y macabras que se niegan rotundamente a ser sepultadas bajo la tierra.
  • El silencio sepulcral de un fantasma resuena en la conciencia mucho más alto que todos los gritos desgarradores de la humanidad.
  • En aquel tribunal, el juez presidía a los vivos, pero era evidente que la víctima dirigía, desde las sombras, las almas de los jurados.
  • El terror más grande de un asesino no es la soga del verdugo, sino verse obligado a mirar a los ojos del ser que ha destruido.
  • Las leyes de los hombres son débiles telarañas; la ley del remordimiento y la sangre, en cambio, es indestructible.
  • Un escalofrío me recorrió la espalda cuando comprendí que el espectro no buscaba venganza, solo la fría e implacable certeza de la verdad.
  • La ceguera de la justicia tiene un límite, y ese límite lo impone siempre el aliento invisible de los que ya no están.

Curiosidades de El presidente del jurado

El cuento formó parte de las famosas y sumamente populares publicaciones especiales que Dickens lanzaba anualmente para la festividad de Navidad (Christmas numbers) en su propia revista literaria "All the Year Round".

Se cree que esta fascinante historia fue coescrita o al menos fuertemente ideada y trabajada en conjunto con su amigo Charles Allston Collins (hermano del autor de misterio Wilkie Collins), aunque siempre figuró bajo el paraguas creativo de Dickens.

A los lectores victorianos les obsesionaba y aterrorizaba el mundo del espiritismo y los casos de crímenes sin resolver, elementos que el autor mezcló a la perfección creando un estándar para el cuento clásico de "fantasmas ingleses".

Sobre el autor de El presidente del jurado

Charles Dickens (1812-1870) es universalmente reconocido como el novelista más destacado de la era victoriana y uno de los mayores narradores de la literatura mundial. Sus obras, caracterizadas por una aguda crítica social, humor satírico y personajes inolvidables, expusieron las duras condiciones de la clase trabajadora y la brutalidad del sistema industrial británico. A pesar de haber tenido una infancia marcada por la pobreza extrema y el trabajo infantil, logró forjar un legado literario monumental, entregando clásicos inmortales como Oliver Twist, Grandes Esperanzas y Cuento de Navidad.

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