Un viejo verde de Leopoldo Alas Clarín: Una historia de devoción silenciosa y crítica social

Un viejo verde de Leopoldo Alas Clarín es una joya narrativa que se aleja de la caricatura para adentrarse en la melancolía del amor platónico. A través de una prosa elegante y analítica, el autor nos presenta un duelo entre la vanidad social y la devoción eterna, demostrando que detrás de un apodo despectivo puede esconderse el sentimiento más noble y desinteresado.

Argumento de Un viejo verde

La trama gira en torno a la hermosísima Elisa Rojas, una mujer que disfruta coleccionando la admiración de sus múltiples pretendientes como si fueran piezas de arte únicas. Entre su "colección" destaca un hombre mayor que la ha adorado en un silencio sepulcral durante décadas, sin atreverse jamás a proponerle un amor formal por respeto a su propia situación. Elisa, aunque consciente de esta lealtad inquebrantable, lo ve como una curiosidad exótica hasta que la muerte interviene. Al visitar el cementerio, se encuentra con una urna que lleva la inscripción "Un viejo verde", descubriendo así que aquel hombre, a quien la sociedad etiquetaba con ligereza, guardaba para ella una devoción casi mística. Conmovida por la revelación de un amor tan puro, Elisa termina reconociendo la magnitud de lo que ha perdido al grabar su propia marca en la urna del fallecido.

Audiolibro Un viejo verde

Lectura:

Este relato pertenece al dominio público. Texto publicado con fines culturales y literarios.

Un viejo verde

Leopoldo Alas Clarín

Oid un cuento... ¿Qué no le queréis naturalista? ¡Oh, no! será idealista, imposible... romántico. Monasterio tendió el brazo, brilló la batuta en un rayo de luz verde, y al conjuro, surgieron como convocadas, de una lontananza ideal, las hadas invisibles de la armonía, las notas misteriosas, gnomos del aire, del bronce y de las cuerdas. Era el alma de Beethoven, ruiseñor inmortal, poesía eternamente insepulta, como larva de un héroe muerto y olvidado en el campo de batalla; era el alma de Beethoven lo que vibraba, llenando los ámbitos del Circo y llenando los espíritus de la ideal melodía, edificante y seria de su música única; como un contagio, la poesía sin palabras, el ensueño místico del arte, iba dominando a los que oían, cual si un céfiro musical, volando sobre la sala, subiendo de las butacas a los palcos y a las galerías, fuese, con su dulzura, con su perfume de sonidos, infundiendo en todos el suave adormecimiento de la vaga contemplación extática de la belleza rítmica. El sol de fiesta de Madrid penetraba disfrazado de mil colores por las altas vidrieras rojas, azules, verdes, moradas y amarillas; y como polvo de las alas de las mariposas iban los corpúsculos iluminados de aquellos haces alegres y mágicos a jugar con los matices de los graciosos tocados de las damas, sacando lustre azul, de pluma de gallo, al negro casco de la hermosa cabeza desnuda de la morena de un palco, y más abajo, en la sala, dando reflejos de aurora boreal a las flores, a la paja, a los tules de los sombreros graciosos y pintorescos que anunciaban la primavera como las margaritas de un prado. Desde un palco del centro oía la música, con más atención de la que suelen prestar las damas en casos tales, Elisa Rojas, especie de Minerva con ojos de esmeralda, frente purísima, solemne, inmaculada, con la cabeza de armoniosas curvas, que, no se sabía por qué, hablaban de inteligencia y de pasión, peinada como por un escultor en ébano. Aquellas ondas de los rizos anchos y fijos recordaban las volutas y las hojas de los chapiteles jónicos y corintios y estaban en dulce armonía con la majestad hierática del busto, de contornos y movimientos canónicos, casi simbólicos, pero sin afectación ni monotonía, con sencillez y hasta con gracia. Elisa Rojas, la de los cien adoradores, estaba enamorada del modo de amar de algunos hombres. Era coqueta como quien es coleccionista. Amaba a los escogidos entre sus amadores con la pasión de un bibliómano por los ejemplares raros y preciosos. Amaba, sobre todo, sin que nadie lo sospechara, la constancia ajena: para ella un adorador antiguo era un incunable. A su lado tenía aquella tarde en otro palco, lleno de obscuridad, todo de hombres, su biblia de Gutenberg, es decir, el ejemplar más antiguo, el amador cuyos platónicos obsequios se perdían para ella en la noche de los tiempos. Aquel señor, porque ya era un señor como de treinta y ocho a cuarenta años, la quería, sí, la quería, bien segura estaba, desde que Elisa recordaba tener malicia para pensar en tales cosas; antes de vestirse ella de largo ya la admiraba él de lejos, y tenía presente lo pálido que se había puesto la primera vez que la había visto arrastrando cola, grave y modesta al lado de su madre. Y ya había llovido desde entonces. Porque Elisa Rojas, sus amigas lo decían, ya no era niña, y si no empezaba a parecer desairada su prolongada soltería, era sólo porque constaba al mundo entero que tenía los pretendientes a patadas, a hermosísimas patadas de un pie cruel y diminuto; pues era cada día más bella y cada día más rica, gracias esto último a la prosperidad de ciertos buenos negocios de la familia. ...

Moraleja de Un viejo verde

La reflexión cautivadora de "Un viejo verde" radica en la advertencia sobre la superficialidad de los juicios sociales. Clarín nos enseña que el lenguaje a menudo traiciona la verdad del corazón; lo que el mundo tacha de "verde" o impropio, puede ser en realidad una forma de espiritualidad estética y devoción pura. La obra nos invita a mirar más allá de las etiquetas y a valorar la constancia del afecto genuino, sugiriendo que el reconocimiento tardío es una forma de tragedia compartida: solo cuando el objeto del amor se convierte en memoria, comprendemos la belleza de haber sido la "divinidad" de alguien.

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Frases de Un viejo verde

  • Elisa Rojas, la de los cien adoradores, estaba enamorada del modo de amar de algunos hombres. Era coqueta como quien es coleccionista.
  • Amaba, sobre todo, sin que nadie lo sospechara, la constancia ajena: para ella un adorador antiguo era un incunable.
  • Aquel señor la quería desde que Elisa recordaba tener malicia para pensar en tales cosas.
  • Oíd un cuento… ¿Que no le queréis naturalista? ¡Oh, no! será idealista, imposible… romántico.
  • ¡Por mí, pensó, se enterró como un pagano! Como lo que era, pues yo fui su diosa.
  • Me parece que el cuento no puede ser más romántico, más imposible…
  • Sobre el cristal de aquella urna... escribió a tientas y temblando: «Mis amores».

Curiosidades de Un viejo verde

"Un viejo verde" fue publicado originalmente el 7 de enero de 1893 en la revista Madrid Cómico, medio donde Clarín vertía gran parte de su crítica social.

El cuento es considerado un puente entre el naturalismo riguroso y una nueva etapa de espiritualismo o idealismo que Clarín exploró hacia el final de su vida.

El título utiliza un "topos" o tema común de la época, pero subvirtiendo el sentido peyorativo del término para dotarlo de una dignidad inesperada.

Sobre el autor de Un viejo verde

Leopoldo Alas "Clarín" (1852-1901) fue un escritor y periodista español, figura central del realismo y el naturalismo en España. Aunque nació en Zamora, su vida y obra están indisolublemente ligadas a Asturias, especialmente a Oviedo (la famosa "Vetusta" de su obra cumbre, La Regenta). Catedrático de Derecho y crítico literario temido por sus agudos "paliques", Clarín destacó por su capacidad para diseccionar la hipocresía burguesa y su transición hacia una literatura más introspectiva y moral en sus últimos años.

Escribió a tientas y temblando: «Mis amores».

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